En búsqueda de mandarines. Vivimos tiempos oscuros
El miedo ha sido la medida de control de las poblaciones en cualquier sistema sociopolítico
Para Armando Castilla
Recordemos Roma, recordemos el medioevo, recordemos cualquier tiempo, recordemos incluso el mañana, porque así viene empaquetado. Las venganzas y sus estrategias permiten problematizar realidades, también recordar novelas, caídas de imperios milenarios o reinados de una noche.
Si bien se dice que “la venganza es un plato que se sirve frío” –frase atribuida inicialmente al novelista y general francés Pierre Choderlos de Laclos–, este plato en realidad conduce a más que a un desfile de viandas frías colocadas frente al adversario; lo que ocurre es que coloca, frente a la ciudadanía que observa, un recordatorio que resulta en un hondo miedo: ¿Es, de nuevo, la justicia un artefacto que opera sólo para el poder? ¿Se encuentra en manos de pasiones irrefrenables que se pronuncian contra acciones que se salen del sistema aceitado?
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Al parecer el poder, en general, opera atendiendo exaltaciones y busca controlar estableciendo un clima de miedo, pues dice otro autor, el filósofo político italiano Nicolás Maquiavelo, que “...el temor es miedo al castigo que no se pierde nunca”. Así, el miedo ha sido la medida de control de las poblaciones en cualquier sistema sociopolítico.
Los resultados de esta forma de operar son conocidos también históricamente: actitudes ladinas, corruptelas, actos de traición, personajes que mueven hilos tras el escenario para no ser señalados y todo lo que de aquí se desprende.
Leyendo de nuevo el “Tao Te King” –considerado lectura obligada entre los gobernantes de la China antigua– recupero algunas líneas de la versión traducida del chino al inglés por Stephen Mitchell y traducida al español por Jorge Viñes Roig: “si un país es gobernado con tolerancia, / la gente está confortable y es honesta. / Si un país es gobernado con represión, / la gente se deprime y es ladina”.
Hoy nos urgen, también, como siempre, como en el ayer y como en el mañana, mandarines, emulando a un grupo que accedía a la función pública a través de un exhaustivo sistema de exámenes que abordaban conocimientos de los clásicos (obras históricas, tratados filosóficos, literatura, conocimientos de agricultura, matemáticas, astronomía y otras disciplinas propias de la época).
Los mandarines florecieron durante la dinastía Tang hasta la Qing, es decir, desde el año 618 hasta 1912. Si establecemos un paralelismo con los aspirantes a cargos públicos, ello incluiría lo generado en la llamada historia universal, así como lo conceptualizado en América Latina y en nuestro país. Es decir, se buscaría que quienes aplicaran para ser presidentes, gobernadores, magistrados, burócratas y/o funcionarios, accedieran a conocimientos situados que les permitieran establecer juicios de valor provistos de encuadres diversos y amplísimos, seguramente muy distintos al espíritu de revancha que sólo prolonga los hechos de sangre, sean estos metafóricos o reales.
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Hoy observamos de nueva cuenta que la tendencia es la intimidación, o bien, con multas hacendarias, sembrado de pruebas o también torciendo algunos pocos renglones de algún expediente para que la justicia siga siendo percibida en el sentido negativo.
Sí, en una muestra tomada de nuestro propio país, se sabe que sólo el 19 por ciento de la ciudadanía considera que las resoluciones del Poder Judicial de la Federación son justas. El restante 81 por ciento las percibe siempre injustas y justas sólo algunas veces. El 78 por ciento percibe que hay corrupción y, en general, el 62 por ciento de la ciudadanía le da una calificación de 5 o menos, es decir, reprobatoria.
El vocablo mandarín proviene del malayo mantari, alternado por la asociación del latín mandare, que significa “mandar”, y está asociado con el sánscrito mantrin, que refiere a consejero y a mantra, que significa “pensamiento”.