Encuestas y banalización de la política

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Opinión
/ 9 marzo 2026

Los números muy favorables de un mandatario casi siempre son indicativos de la calidad del escrutinio público, no tanto del desempeño

Las encuestas llegaron para quedarse. Muchas cosas han pasado en medio siglo. La información en papel ha cedido ante el formato digital; los dispositivos también han cambiado; la TV es un medio para el streaming, no para la señal convencional de las empresas televisivas; la radio está en el coche o en el dispositivo móvil, medio de información, comunicación y entretenimiento masivo; una revolución tecnológica que apenas advertimos. Pero las encuestas llegaron y ahora, al menos en México, son medida del desempeño del gobierno y se utilizan hasta para definir quién debe ser candidato del partido gobernante, que, como en los viejos tiempos, presenta candidatos que prevalecen con regularidad.

Las encuestas son un negocio en todo el mundo. A pesar de su popularidad e influencia, aquí y en todos lados se equivocan en temas fundamentales; en 2016 se anticipaba la derrota de Trump ante Hillary Clinton. En México, en 2012, el consenso era el triunfo de Peña Nieto por dos dígitos y apenas superó seis puntos porcentuales. El primer ministro de Inglaterra, James Cameron, resolvió hacer el referéndum para salir de la Unión Europea bajo la premisa de que las encuestas señalaban que la permanencia ganaría, y eso llevó a la decisión más desastrosa para el bienestar de los ingleses y de la UE. Las encuestas no son precisas y menos ahora porque los encuestados desconfían de ellas y, en el caso de México, la inseguridad complicó el levantamiento presencial, telefónico o digital. La encuesta requiere de la confianza del entrevistado, que hace tiempo se perdió.

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Los números muy favorables de un mandatario casi siempre son indicativos de la calidad del escrutinio público, no tanto del desempeño. Por eso los gobernantes las promueven cuando les favorecen, se regocijan con ellas y una buena parte de la opinión pública hace el juego. En nuestro país, cada reporte de aprobación presidencial es seguido por comentarios sobre lo exitoso de quien manda, sin advertir que la renuncia al análisis crítico y al debate público, entre otras cosas, posibilitan los números favorables. Así, los mejor calificados son, casi siempre, los que gobiernan sociedades donde la libertad de expresión y la oposición son testimoniales, como sucede en México. Nadie registra que el mismo funcionario elevado a aceptación sea reprobado en los resultados de su gobierno. El 70% de los encuestados recrimina los malos resultados en seguridad o probidad.

La fascinación con las encuestas se asocia a la obsesión por la precisión que ofrece el número. La cifra no es punto de llegada, como suele suceder en la interpretación generalizada, incluso por especialistas supuestamente entendidos. El número o porcentaje es el punto de partida para descifrar y discutir qué significa. La obsesión numérica tiene mucho que ver con la pereza mental; atrás queda la imaginación sociológica a la que convocaba C. Wright Mills. El reduccionismo de la cifra es la renuncia más generalizada a la reflexión crítica. En México es necesario advertirlo, toda vez que la medida de éxito del presidente o presidenta se relaciona falsamente con los elevados números de aprobación.

Un efecto de la perezosa interpretación de los resultados de las encuestas de aprobación presidencial es la banalización de la política en un doble sentido. Por una parte, abona a la soberbia moral y al abuso de quien gobierna al asumirse ratificado en su estilo de gobernar y en las discutibles decisiones que emprende; por la otra, inhibe la reflexión crítica y el indispensable escrutinio social como fórmula para mejorar el ejercicio del poder y la contención del abuso. Banalizar conduce a venalidad y degradación en el ejercicio del poder; ceder en la valoración de la autoridad a partir del empirismo demoscópico es dejar a la sociedad en estado de indefensión.

La realidad se impone y no deja de ser una paradoja que los presidentes más populares son quienes han presentado los peores resultados. Debe preocupar la ausencia de deliberación y la incapacidad de opositores y observadores de los asuntos públicos para entender la manera autoritaria en que se produce el consenso. El balance no es favorable y abonarse a la tesis de los logros distributivos de la política social y recuperación salarial es una de las muchas derrotas de la reflexión seria y profunda sobre el estado de cosas.

Las encuestas son una invitación al debate; no es una renuncia a la reflexión crítica de la situación del país y de quienes gobiernan, como ahora sucede.

Licenciado en Derecho Facultad de Jurisprudencia UAC. Maestría y Estudios de Doctorado en Gobierno por la Universidad de Essex, Inglaterra.

Ha sido Catedrático en el ITAM; en el ITESM; en el CIDE; y en la Universidad Anáhuac.

En 1997 a 2000 titular de la Asesoría Política en la Presidencia del doctor Ernesto Zedillo.

Desde 2005 director general del Gabinete de Comunicación Estratégica

Columnista Juego de Espejos en Milenio Diario, Bloomberg-El Financiero y en SDP Noticias, Código Libre y en la Revista Peninsular. Coautor de varios textos en materia electoral y estudios históricos.

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