Entre santa y santo... (II)

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Opinión
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¡Qué tremenda rivalidad había entre aquellos dos pueblos tan pequeños! Amaneo el Alto y Amaneo el Bajo tenían de continuo pleitos graves por causa de sus santos patrones. Los alteños glorificaban a San Próforo, y decían pestes de Santa Dulia, la patrona de los abajeños. Éstos ponían a la santa virgen al mismo nivel de la Virgen, y llenaban de maldiciones a San Próforo. Eso era fuente constante de pendencias. Si la sangre no llegaba al río era sólo porque no había ningún río por ahí. Pero menudeaban las pedreas, los encuentros a palos, las trompadas, como cuando las dos procesiones se toparon en el puente y hubo descalabrados y tundidos. Las guerras menos santas, ya se sabe, son las guerras santas.

Los curas de los dos pueblos, apremiados por el señor obispo, buscaron la manera de poner fin a aquel grave conflicto. Una idea brillante se les ocurrió: casarían a los dos santitos. El matrimonio de Santa Dulia con San Próforo seguramente haría terminar el pleito, y los dos pueblos podrían vivir por fin en paz.

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El párroco de Amaneo el Alto fue el primero en plantear a sus feligreses la cuestión. Les expuso la idea de la boda, y les preguntó su opinión sobre el asunto. La cofradía de San Próforo se reunió en sesión plenaria, y ahí deliberaron los cofrades. No les pareció mal el proyecto. El santo era ya señor de edad, consideraron, y de seguro no le saldría otra oportunidad como ésa. Además Santa Dulia era muchacha de buen ver. ¡Aquellos ojos suyos, tan azules; aquellas redondeces que bajo la túnica se adivinaban! Así, dieron su consentimiento al desposorio. Ipso facto el padre nombró una comisión para que fuera al pueblo vecino a pedir la mano de la doncella para San Proforito.

Faltaba lo más difícil, sin embargo. Antes de proceder a esa petición el señor cura de Amaneo el Bajo tenía que obtener el visto bueno de sus fieles. Los juntó en el salón de actos de la parroquia, y les manifestó la idea de casar a Santa Dulia con San Próforo. Aquel matrimonio sería muy ventajoso, declaró. El santo era señor de buenas costumbres, respetable, y si bien era cierto que estaba ya algo entrado en años eso era prenda de formalidad. Además, a juzgar por sus vestidos, era hombre de posibles –el san sin el son no vale nada–, y eso ayudaría a dar mayor lucimiento a la fiesta de Santa Dulia que, como muy bien sabían ellos, cada año costaba más, sobre todo en el renglón de las flores , la música y la pólvora.

Los abajeños oyeron en silencio las argumentaciones de su párroco. No olvidaban los fieros combates que habían tenido con los devotos de San Prócoro, a quienes juzgaban infieles o paganos. Nadie habló. Las palabras del cura fueron recibidas por un silencio tan denso que se podía partir con un cuchillo. Y ahí había varios.

–Necesito que me den su respuesta ahora mismo –los conminó el párroco–. Mañana van a venir los de Amaneo el Alto a pedirnos la mano de nuestra patrona celestial para San Próforo.

Los feligreses se miraron unos a otros. Finalmente, haciéndose intérprete de la voluntad de todos, uno de ellos le pidió al cura que los dejara solos a fin de discutir más libremente el caso. Al término de la deliberación le llevarían su respuesta.

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El sacerdote accedió. Se fue a la casa parroquial a esperar el resultado de aquel solemne cónclave. Pasó una hora; pasaron dos y tres. Cerca de la medianoche, cuando el padre desesperaba ya, llegó la comisión encargada de darle la contestación. Preguntó el párroco:

–¿Qué pensaron, hijos, acerca del matrimonio de Santa Dulia Virgen con San Próforo Mártir?

–Señor cura –respondió solemnemente el portavoz de la feligresía–. Con el mayor respeto, hemos determinado que preferimos ver a la santita metida a puta que casada con ese cabrón.

Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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