¿Era Xi Jinping una figura inevitable?
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El compromiso de Xi Jinping con el totalitarismo es inconfundible. Para él, la autoridad centralizada y la disciplina ideológica son los cimientos de la grandeza de China
Por Steve Tsang, Project Syndicate.
LONDRES- Los preparativos de la cumbre de dos días del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, con su homólogo chino, Xi Jinping, reflejaban la idea predominante en su administración de que China puede ser tratada como otra potencia emergente dispuesta a negociar acuerdos pragmáticos con la actual potencia hegemónica mundial.
Pero la China de Xi representa algo completamente distinto: un país casi totalitario con una estrategia clara y ambiciosa para superar a Estados Unidos y remodelar el orden mundial. Guiada por el «sueño chino» de Xi de rejuvenecimiento nacional, la República Popular no busca simplemente crear un mundo bipolar ni ocupar el lugar de Estados Unidos. Tampoco aspira a heredar las cargas y obligaciones que acompañaban a la primacía estadounidense.
En cambio, como argumentamos Olivia Cheung y yo en nuestro próximo libro China’s Global Strategy Under Xi Jinping, China busca la preeminencia global en sus propios términos, remodelando el orden internacional de manera que refleje su propio sistema político, sus valores y sus intereses. Si bien China reconoce la importancia de su relación bilateral con Estados Unidos, su estrategia global no se centra en ella. Más bien, se guía por el pensamiento de Xi Jinping y se aplica bajo la dirección del Partido Comunista de China (PCC).
La naturaleza del sistema político chino, y la forma en que se fusiona con la ideología estatal, configura profundamente su enfoque de los asuntos internacionales. Si China fuera simplemente otra potencia autoritaria con ambiciones regionales expansivas, podría inclinarse a unirse a la América de Trump para dividir el mundo en esferas de influencia. Pero su política exterior no es reactiva; ante todo, está impulsada por la búsqueda del dominio totalitario.
Para Estados Unidos, esto significa que la competencia con China no puede entenderse únicamente a través del prisma tradicional de la política de grandes potencias. Para interactuar con China de manera eficaz, los responsables políticos estadounidenses deben reconocer que las ambiciones geopolíticas de Xi son inseparables de su proyecto totalitario más amplio.
Dos importantes libros recientes de destacados académicos residentes en Estados Unidos ofrecen una comprensión más profunda de las fuerzas ideológicas e institucionales que configuran el auge de China. Ambos sostienen que el gradual retorno de China al totalitarismo no es un accidente histórico provocado por el ascenso al poder de Xi, sino más bien una característica estructural del sistema político chino que tiene implicaciones de gran alcance más allá de la propia China.
En Institutional Genes: Origins of China’s Institutions and Totalitarianism, Chenggang Xu, de la Universidad de Stanford, recurre a la historia china, rusa y occidental para explicar por qué China sigue atrapada en patrones institucionales que reproducen el régimen totalitario. La obra de Minxin Pei, The Broken China Dream: How Reform Revived Totalitarianism, se centra más específicamente en la era posmaoísta, rastreando las raíces de la trayectoria cada vez más autoritaria de China hasta el enfoque de Deng Xiaoping de “reforma y apertura”.
Aunque Xu y Pei abordan la cuestión desde ángulos diferentes, llegan a conclusiones sorprendentemente similares. Mientras que Xu sostiene que el retorno de China al totalitarismo estaba escrito en el ADN del régimen, Pei sostiene que el factor decisivo fue la decisión de Deng de preservar el Estado leninista de partido único al tiempo que se llevaba a cabo la reforma económica. Al mantener el monopolio político del PCCh, sostiene Pei, Deng bloqueó la democratización y sentó las bases para la eventual aparición de un hombre fuerte como Xi.
¿ES LA CHINA DE XI VERDADERAMENTE TOTALITARIA?
En el centro de ambos libros se encuentra una pregunta fundamental: ¿qué es exactamente el totalitarismo? Xu lo define como «un tipo extremo de autocracia moderna caracterizada por el control total de la sociedad a través de un partido totalitario» que se apoya en «la ideología, la policía secreta, las fuerzas armadas, los medios de comunicación y las organizaciones (incluidas las empresas) de toda la sociedad» para dominar los recursos y la vida social. Esto lo distingue del autoritarismo, que no depende de una ideología que lo abarque todo ni busca un control estricto sobre la sociedad y la economía.
Como señala Xu, el totalitarismo moderno surgió a raíz de la Revolución Bolchevique de 1917. En su opinión, el totalitarismo comunista se arraigó en China no solo por el apoyo soviético al incipiente PCCh y a Mao, sino también porque las propias tradiciones institucionales de China hicieron que la sociedad china fuera más receptiva a él.
Pero no estoy convencido de que la China contemporánea merezca la etiqueta de “totalitaria”. Mientras que Xu la clasifica inequívocamente como tal, Pei adopta una visión más matizada, argumentando que Xi ha acercado a China más al totalitarismo que al autoritarismo. Yo describiría, en cambio, a la China actual como un país que aspira al totalitarismo, aunque aún no haya llegado a ese punto.
Sin duda, la agenda de Xi de «un país, una ideología, un pueblo, un partido y un líder, fundamental para su “Sueño Chino de rejuvenecimiento nacional”, deja pocas dudas sobre sus intenciones. Pero el proyecto sigue incompleto. A pesar del enorme aparato estatal del PCCh, de los sofisticados sistemas de vigilancia digital y de la obligación de que los ciudadanos chinos estudien el «Pensamiento de Xi Jinping», el régimen no ejerce un control total sobre la economía, ni ha eliminado la libertad individual fuera del ámbito político.
El acceso a la información es un buen ejemplo de ello. Puede que China no tenga un Internet libre y abierto, pero la vasta intranet construida por el PCCh sigue ofreciendo a los ciudadanos una notable libertad para navegar, comprar, comunicarse y consumir entretenimiento en línea. En la China de Mao no existía nada comparable.
Xu es más pesimista que Pei. Si el totalitarismo está arraigado en los genes institucionales de China, como él sostiene, la democratización requeriría sustituir esos patrones profundamente arraigados por otros prodemocráticos, una perspectiva que roza la fantasía.
Las conclusiones de Pei son más condicionales. Su análisis implica que desmantelar la estructura política leninista de China podría abrir un camino hacia la democratización, por arduo que sea. Sin embargo, el propio Pei considera que tal cambio es extremadamente improbable.
Aunque Xu y Pei tienen razón al afirmar que las perspectivas a corto plazo para la libertad y los derechos en China siguen siendo sombrías, no todo está perdido. De hecho, el valor de sus libros no radica en presentar el futuro de China como algo predeterminado, sino en ofrecer más motivos para un optimismo cauteloso de lo que los propios autores reconocen.
UNA INTERPRETACIÓN ERRÓNEA DE LA ERA DE LAS REFORMAS EN CHINA
El hilo conductor de ambos libros es la resistencia del sistema político leninista de China, que se ha mantenido en pie desde 1949. Como señalan ambos, la insistencia de Deng en defender los “cuatro principios fundamentales”, el camino socialista, la dictadura democrática popular, el liderazgo del PCCh y la supremacía ideológica del marxismo-leninismo y el pensamiento de Mao Zedong, garantizó la supervivencia del marco institucional necesario para la eventual restauración del régimen totalitario.
Al inicio de la era de las reformas, China se parecía mucho más a la actual Corea del Norte que a la potencia próspera, industrializada y tecnológicamente avanzada que es hoy. Desde cualquier punto de vista, China ha demostrado ser más exitosa que sus homólogas comunistas totalitarias, construyendo una economía más dinámica, innovadora y eficiente de lo que la Unión Soviética jamás logró, todo ello sin dejar de ser esencialmente leninista.
Gran parte de los estudios sobre China se han centrado, comprensiblemente, en las transformaciones radicales desencadenadas por cuatro décadas de rápido crecimiento económico. Pero este énfasis ha ocultado lo poco que ha cambiado el sistema político en sí mismo durante el mismo período.
En este sentido, Xu y Pei cuestionan implícitamente las interpretaciones anteriores de la evolución política de China. En su libro de 2010 China’s New Confucianism: Politics and Everyday Life in a Changing Society, por ejemplo, el teórico político Daniel A. Bell sugirió que el PCCh había cambiado hasta tal punto que bien podría llamarse el Partido Confuciano de China. Los análisis de Xu y Pei son difíciles de conciliar con interpretaciones de este tipo.
El hecho de que China se entienda mejor como totalitaria, casi totalitaria o meramente autoritaria tiene profundas implicaciones para los gobiernos democráticos que compiten estratégicamente con ella, así como para las empresas, las universidades y las instituciones no gubernamentales. Para comprender a China, es esencial centrarse en las estructuras políticas que sustentan el régimen, más que en cómo pueda parecer el régimen en un momento concreto de la historia.
Consideremos la integración de China en la economía global. Si los gobiernos democráticos hubieran reconocido que la «reforma y apertura» de Deng no estaba diseñada para desmantelar el sistema leninista de China, sino para fortalecerlo y modernizarlo, ¿habrían seguido asumiendo que la adhesión de China a la Organización Mundial del Comercio la empujaría hacia el liberalismo de estilo occidental? ¿Y habrían trabajado tan duro para facilitar la modernización económica de China, permitiéndole así convertirse en una potencia mundial capaz de desafiar y, potencialmente, eclipsar su propio modelo democrático-capitalista?
El concepto de «genes institucionales» de Xu explica por qué la transformación económica de China no ha dado lugar a una liberalización política. En lugar de limitarse a revivir el tipo de argumento civilizacional que a menudo sustenta las afirmaciones sobre el excepcionalismo chino, sostiene que la democratización depende en última instancia de los «mecanismos fundamentales y estables de incentivos y restricciones que configuran el comportamiento de los actores clave en las principales interacciones sociales». Aunque estos genes institucionales son heredados, Xu reconoce que pueden evolucionar, mutar o ser sustituidos.
Xu remonta los genes institucionales de China a su legado marxista-leninista y a su historia mucho más larga de dominio imperial centralizado, dos tradiciones que considera que se refuerzan mutuamente. Identifica tres características especialmente importantes heredadas de la China dinástica: un sistema administrativo centralizado y jerárquico; una burocracia basada en exámenes que supervisa un Estado a escala continental; y la concentración de la propiedad de la tierra.
Según Xu, estos arreglos institucionales fomentaron una cultura política hostil al constitucionalismo y la democracia. El aparato estatal centralizado, la adopción del confucianismo como una forma de ideología estatal premoderna que moldeó el pensamiento de los funcionarios del Gobierno y la ausencia de derechos de propiedad contribuyeron a prevenir los desafíos a la autoridad imperial, ya fueran de las élites aristocráticas o de los movimientos populares.
China, argumenta Xu, no es la única que posee genes institucionales propicios para el régimen totalitario. Rusia también desarrolló tradiciones institucionales que, aunque distintas de las de China, resultaron ser un terreno igualmente fértil para la dictadura comunista.
Si el amplio argumento histórico de Xu acaba demostrando su tesis es algo que está abierto a debate. Pero plantea una pregunta que no puede descartarse fácilmente: ¿pueden algunas sociedades quedar atrapadas en el totalitarismo debido a estructuras institucionales y tradiciones políticas profundamente arraigadas? No es necesario aceptar su teoría de los genes institucionales para reconocer el papel fundamental que han desempeñado las estructuras políticas de China en la configuración de su trayectoria posmaoísta.
Pei llega a una conclusión similar sin recurrir a la genética institucional. En su lugar, ofrece una acusación contundente contra el legado de Deng. A través de un meticuloso análisis década a década de la era posmaoísta, narra la extraordinaria transformación económica y social de China, al tiempo que demuestra cómo su sistema político, respaldado por los cuatro principios fundamentales de Deng, se ha mantenido fundamentalmente sin cambios.
El argumento de Pei es, en muchos sentidos, más convincente desde el punto de vista empírico. Al limitarse a la era posmaoísta, puede basarse en un conjunto de pruebas más específico, al tiempo que evita las controversias inherentes al estudio histórico panorámico de Xu, que abarca civilizaciones y milenios. Su tesis central —que la supervivencia del sistema leninista descartó cualquier posibilidad de democratización— hace que el gobierno autoritario de Xi parezca casi inevitable en retrospectiva, lo que refuerza el argumento de que China sigue atrapada en una trampa totalitaria.
EL CAMINO DE XI HACA EL PODER
El análisis de Pei, en particular su interpretación del crucial XVII Congreso del PCCh de 2007, que elevó a Xi como heredero natural de Hu Jintao antes de la transición de liderazgo de 2012, es formidable. Aun así, puede que sobreestime hasta qué punto el sistema leninista facilitó las ambiciones totalitarias de Xi. Mi propia valoración de la trayectoria a largo plazo de China es menos pesimista.
En 2007, escribe Pei, cuando Xi se perfiló como sucesor de Hu, el propio Hu prefería a su protegido Li Keqiang, pero su facción de la Liga Juvenil Comunista perdió frente a la facción de Shanghái encabezada por el predecesor de Hu, Jiang Zemin. Xi acabó imponiéndose porque la facción de Jiang carecía de un candidato fuerte propio y prefirió respaldarlo antes que permitir que la Liga Juvenil dominara el liderazgo durante otra década. Una vez en el poder, aprovechó la alarma generalizada dentro de la dirección del PCCh por la corrupción y la decadencia institucional para superar en estrategia y neutralizar a ambas facciones.
Pei también señala que Xi no era el único líder de alto rango que impulsaba el totalitarismo. La otra figura destacada era Bo Xilai, el miembro del Politburó que supervisaba Chongqing antes de su expulsión y detención en 2012. Según Pei, el amplio apoyo entre los líderes del PCCh al “modelo de Chongqing” de Bo, que concentraba el poder económico en manos de los líderes regionales y las empresas estatales, reveló lo receptivo que era el sistema leninista a un resurgimiento de la política totalitaria.
Lo que resulta menos convincente es la sugerencia de Pei de que el ascenso de Xi reflejaba la lógica estructural del sistema leninista más que una maniobra política contingente. Como el propio Pei reconoce, Jiang y la facción de Shanghái respaldaron a Xi precisamente porque carecía de una base faccional sólida y ascendió en el sistema sin levantar sospechas. A diferencia de Bo, cuya extravagante política neomaoísta inquietó a gran parte de la dirección del partido, Xi ocultó cuidadosamente sus ambiciones y preferencias ideológicas antes de llegar al poder. En otras palabras, la facción de Jiang apoyó a Xi no porque quisieran un retorno al totalitarismo, sino porque creían que podían controlarlo.
El consenso de la élite que primero marginó a Bo y más tarde provocó su caída sugiere además que la cúpula del PCCh no quería ver a China volver al totalitarismo. El resurgimiento por parte de Bo de prácticas asociadas a la Revolución Cultural provocó un gran malestar ,y probablemente temor, entre muchos de sus compañeros, razón por la cual finalmente se volvieron en su contra. Xi, por el contrario, jugó una partida mucho más disciplinada y calculada. Por esa razón, el sistema leninista por sí solo no puede explicar por completo su ascenso.
Si bien la decisión de Deng de preservar el orden leninista creó sin duda las condiciones institucionales que hicieron posible la aparición de un nuevo hombre fuerte, no hizo inevitable el ascenso de alguien como Xi. Por lo tanto, su ascenso se entiende mejor como el resultado de las maniobras de la élite, más que como un resultado predeterminado del sistema político chino.
Además, el rechazo de los líderes del partido hacia las tendencias totalitarias de Bo parece haber perdurado. A pesar de su renuencia a desafiar abiertamente a Xi, muchos dentro de la élite política parecen incómodos con la dirección en la que está llevando a China. El ministro de Asuntos Exteriores, Wang Yi, por ejemplo, inicialmente parecía inquieto ante el impulso de Xi a la diplomacia de los «guerreros lobos» antes de acabar alineándose con él. Si Xi tuviera que presidir una crisis nacional prolongada, está lejos de estar claro cuántos le seguirían siendo leales.
Nada de esto sugiere que Deng deba ser absuelto. Si no hubiera preservado el sistema leninista, a Xi le habría resultado mucho más difícil, si no imposible, comenzar a restaurar el totalitarismo en los cinco años siguientes a su llegada al poder. Aun así, no debe confundirse la posibilidad con la inevitabilidad. Esa distinción puede parecer sutil, pero sugiere que el futuro de China está lejos de estar predeterminado.
LA ARRIESGADA APUESTA DE XI
El compromiso de Xi con el totalitarismo es inconfundible. Para él, la autoridad centralizada y la disciplina ideológica son los cimientos de la grandeza de China. La grandeza nacional, por supuesto, también puede entenderse de manera muy diferente: no como la concentración del poder en manos del Estado, sino como la capacidad de los ciudadanos de estar protegidos por la ley, desarrollar libremente sus talentos y prosperar sin temor a la represión y la discriminación.
Sin embargo, incluso según los propios criterios de Xi, no está nada claro que el totalitarismo pueda traer prosperidad a largo plazo. En este punto, el escepticismo de Xu parece bien fundado. Su análisis de la historia moderna sugiere que los sistemas totalitarios comunistas sucumben sistemáticamente a la mala gestión económica, la rigidez política y la pérdida de dinamismo. Como señala, ningún Estado totalitario comunista ha logrado escapar de la trampa del ingreso medio.
Queda por ver si China será una excepción. El totalitarismo puede lograr resultados impresionantes a corto plazo, especialmente en lo que se refiere a la movilización de recursos, la construcción de infraestructuras y el impulso de industrias estratégicas. Pero el control centralizado y la rigidez ideológica tienden a distorsionar la toma de decisiones económicas, a reprimir el espíritu emprendedor y la innovación nacional, y a generar desconfianza en el extranjero. Cuanto más empuje Xi a China por la senda totalitaria, más pronunciados serán probablemente estos problemas.
La propia historia de China desde 1949 ilustra claramente este punto. Bajo el mandato de Mao, el régimen totalitario provocó repetidos desastres económicos, el más catastrófico de ellos durante el Gran Salto Adelante, que causó una de las hambrunas más mortíferas de la historia de la humanidad, con un número estimado de 30 millones de muertos entre 1959 y 1961. Al final de la era de Mao, China se encontraba entre los países más pobres del mundo, en marcado contraste con la rápida industrialización de Taiwán bajo el mandato de Chiang Kai-shek.
Las reformas de Deng tuvieron éxito en gran medida porque el PCCh se alejó de las formas más extremas de totalitarismo. China se abrió al comercio exterior, la inversión, la tecnología y la experiencia en gestión, convenciendo a gran parte del mundo exterior de que avanzaba hacia un sistema más pragmático y menos ideológico.
Bajo el liderazgo colectivo, China experimentó décadas de crecimiento extraordinario, con la ayuda significativa del capital y la experiencia de la diáspora china. El fin de esa era de expansión vertiginosa coincidió con el ascenso al poder de Xi y su renovado impulso hacia el totalitarismo.
Por supuesto, la desaceleración económica de China no puede atribuirse únicamente a Xi. Las presiones estructurales asociadas a la trampa del ingreso medio, como el aumento de los costes laborales y el declive demográfico, han desempeñado un papel significativo. Pero el estilo de gobierno de Xi ha agravado claramente estos problemas. En particular, su sustitución del liderazgo colectivo por un gobierno autoritario ha aumentado tanto la frecuencia como la magnitud de los principales errores políticos, desde la escalada de la guerra comercial con EE. UU. durante el primer mandato de Trump hasta el abandono abrupto de la política de “COVID cero”, que provocó un aumento masivo de las muertes entre una población insuficientemente vacunada.
Al mismo tiempo, el enfoque cada vez más agresivo de Xi ha llevado a muchos socios externos a replantearse la cooperación económica y tecnológica con China. El cambio en el estado de ánimo de la población ha sido igualmente significativo. Durante gran parte de la era de las reformas, la mayoría de los chinos creían que sus vidas seguirían mejorando, pero esa confianza se ha debilitado bajo el mandato de Xi. En lugar de participar con entusiasmo en su proyecto de rejuvenecimiento nacional, muchos jóvenes han optado por abandonar por completo la cultura laboral hipercompetitiva de China, abrazando el espíritu del tangping (“acostarse”).
Es cierto que la restauración del control centralizado por parte de Xi ha aumentado significativamente la capacidad del PCCh para dirigir el desarrollo en sectores estratégicos, en particular las tecnologías avanzadas. Pero estos logros tienen un coste considerable. Al abandonar el pragmatismo que definió la era de las reformas en favor del totalitarismo, Xi corre el riesgo de socavar los cimientos mismos del milagro económico que hizo posible el auge de China, debilitando así su capacidad para alcanzar el «sueño chino».
Además, Xi ha colocado una bomba de relojería política al erigirse, de hecho, en líder vitalicio. Al desmantelar las normas de sucesión ordenada establecidas tras Mao, ha aumentado la probabilidad de que su eventual salida desencadene una intensa lucha de poder que podría marcar el futuro de China. Como señala Pei, las perspectivas de democratización siguen siendo sombrías. Pero incluso un retroceso parcial del totalitarismo sería mejor para China y para el mundo.
Por ahora, sin embargo, la dirección de China bajo el mandato de Xi parece fijada. Que pueda finalmente hacer realidad su “sueño chino” dependerá no solo de la competencia de su liderazgo, sino también de cómo responda el resto del mundo a un régimen que se define cada vez más en oposición al mundo democrático.
Aquí es donde los libros de Pei y Xu resultan especialmente valiosos. Cualquiera que esté interesado en China se beneficiará enormemente de las ideas de Pei y de su análisis lúcido y bien estructurado de la evolución del país tras Mao. Los responsables políticos, en particular, pueden obtener una comprensión mucho más clara del país con el que tratan. La ambiciosa y extensa obra de Xu también merece una atención seria, aunque, con más de 700 páginas, es probable que la lean principalmente especialistas académicos.
Juntos, Pei y Xu aportan una visión indispensable sobre la naturaleza de la China de Xi. Al obligar a los lectores a mirar más allá de las suposiciones tranquilizadoras que han moldeado durante mucho tiempo las políticas occidentales y a enfrentarse a las fuerzas estructurales más profundas que impulsan el sistema político chino, ponen al descubierto lo que está en juego con el retorno de China al totalitarismo. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Chenggang Xu, Institutional Genes: Origins of China’s Institutions and Totalitarianism(Cambridge University Press, 2025).
Minxin Pei, El sueño chino roto: cómo la reforma revivió el totalitarismo (Princeton University Press, 2025).
Steve Tsang es director del Instituto de Estudios Chinos (SOAS) de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de la Universidad de Londres. Es autor de The Political Thought of Xi Jinping (Oxford University Press, 2024) y coautor del próximo libro China’s Global Strategy Under Xi Jinping (Oxford University Press, 2026).