Esos 15 minutos

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Opinión
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Todos, filósofos o no, tenemos 15 minutos de pendejez cada día. Algunos, como yo, tenemos más

Tenía razón Boecio: la filosofía nos sirve de consolación. Leo por estos días un libro de Fernando Savater que se llama “El Contenido de la Felicidad”. En él narra el filósofo español un sucedido, cuya lectura me trajo gran consuelo.

Relata Savater que cierto día, en la estación ferroviaria de Madrid, lo abordó un joven de buena presencia con aspecto de marroquí. Se dirigió a él en correctísimo castellano y le dijo que hacía horas le habían robado su cartera. Mostró el acta de la denuncia que había levantado, y mostró también un telegrama de Cartier, la famosa joyería, de la cual era empleado en París. Se le necesitaba urgentemente en esa ciudad, pero a causa del robo no tenía dinero para comprar el boleto del viaje, y temía que le cerraran la oficina de pasajes. Ya había pedido fondos por telegrama, pero tardarían en llegar. Le pidió a Savater la cantidad necesaria y le ofreció en garantía el reloj que llevaba en la muñeca. Le pagaría la suma esa misma tarde, prometió, para lo cual le pidió su dirección, que anotó. El filósofo le entregó de buen grado la suma requerida –15 mil pesetas–, y ni siquiera aceptó el reloj. “Me ha salvado usted la vida”, le dijo el joven. Y se despidió con un cálido apretón de manos.

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De sobra está decir que nadie llegó esa tarde. El filósofo hizo un súbito descubrimiento: había sido estafado.

Su relato me sirvió de gran consuelo, porque hace varios años fui víctima de una estafa igual. Estaba en mi cuarto del Hotel “Sicomoro”, en Chihuahua. Sonó el teléfono, y una empleada de la recepción me informó con tono apurado que estaba ahí un señor que deseaba hablar conmigo. Le pedí a la chica que lo pusiera en el teléfono, pero ella me respondió que el señor estaba muy alterado, que insistía en verme en persona.

Bajé de mala gana y me encontré con un hombre bien vestido. Me explicó que era de Saltillo, hermano de un conocido médico con el cual, en efecto, le hallé cierto parecido. Había ido a Chihuahua, me contó, a fin de comprar nuez para una pequeña industria de elaboración de dulces que tenía. Al regresar se volcó el automóvil en que iban. Su señora estaba en el hospital, me contó con lágrimas en los ojos; se le había acabado ya el dinero. Necesitaba una cierta cantidad para ir a Saltillo a vender algunas cosas y tener dinero para regresar por su esposa. Me proporcionó la dirección de su casa, por la calle de Salazar, y me pidió mi domicilio. Ahí me devolvería el préstamo. Le di inmediatamente el dinero que pedía, y hasta añadí otra suma con la mejor buena voluntad. Él, llorando sin embozo, casi me besaba la mano.

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Naturalmente, jamás lo volví a ver. Pasó un mes y fui a la calle de Salazar. El número que me dio no existía.

Todos, filósofos o no, tenemos 15 minutos de pendejez cada día. Algunos, como yo, tenemos más. Bendito sea Dios, que a nadie deja de su mano. Si no fuera por nosotros los pendejos, ¿de qué vivirían los cabrones?

Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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