Fe de errotas

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Opinión
/ 16 marzo 2026

El Santo Niño de Atocha es venerado en Plateros, cerca de Fresnillo, Zacatecas. La pequeña imagen es muy milagrienta, si me es permitido usar esa expresión de pueblo. Niño andariego es el zacatecano, y además travieso, pues por las noches se sale sin permiso del templo y echa a caminar por todos los rumbos comarcanos. Tan es así que acaba el año con los guarachitos desgastados y es menester mandarle hacer un nuevo par.

Lo que yo no sabía es que muchas señoras en trance de dar a luz ponen a sus criaturas bajo el amparo de la pequeña imagen. Si el bebé nace con bien, y la parturienta sale sin daño de su apuro, esas piadosas madres pagan la manda haciendo bautizar a su niño con el nombre de Manuel, o Manuela, si es niña. Y es que el nombre del andarín de Atocha es Emmanuel. Así que ya sabemos: si nos presentan en Zacatecas a un Manuel, o a una Manuelita, a lo mejor es fruto –entre otras cosas– de la devoción que suscita el taumaturgo infante de Atocha.

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Hasta los incrédulos creen en el Niñito. Hace años hubo sequía larga en Zacatecas. El entonces gobernador, Ricardo Monreal, hizo una peregrinación a Plateros y de rodillas le pidió al Santo Niño el milagro de la lluvia. Tuvieron que traerle un paraguas al señor Monreal, pues cuando todavía estaba rezándole al Niñito cayó un aguacero de esos que le mojan a uno hasta el píloro. Y eso que don Ricardo era en ese tiempo militante del PRD, partido de izquierda, y los izquierdistas no tienen por costumbre recurrir a potencias celestiales para el trámite de sus asuntos. En fin, en nuestro país se juntan con frecuencia el altar y el trono.

Posdata: Carlos Manuel Valdés, historiador local, se ocupó de mí en un artículo reciente. En él afirma que un jurado formado por gente conocedora y artistas aprobó un proyecto de estatua para la plaza de la Nueva Tlaxcala, “mas el cronista de la ciudad se opuso, y presionó al gobernador Berrueto para que se realizara algo heroico”. Valdés hace muy mal servicio a los integrantes de ese jurado, y al dicho gobernador (su apellido es Mendoza Berrueto), cuando los presenta tan faltos de carácter y entereza que una sola persona, el cronista, fue capaz de anular el criterio de todos ellos para imponer el suyo. Continúa el articulista diciendo que el presidente del jurado –que por cierto no era quien él dice– se sintió muy ofendido por el cambio. Tampoco lo favorece mucho, pues habría tolerado la ofensa cuando bien pudo darla a conocer, ya que escribía en periódicos. La verdad es que el proyecto fue corregido con el consenso de todos los que formábamos aquel jurado, y en igual modo se aprobó el nuevo monumento. En él se ve al tlaxcalteca de tamaño heroico, porque no era propio que el escultor lo representara como el mismo Valdés describe a los tlaxcaltecas: “chaparros”. El artista que hace una estatua procura enaltecer a su modelo. Debo decir que en el nuevo proyecto no aparecía la niña que figura en el grupo. Se colocó a propuesta mía, pues señalé que en el monumento debía tener presencia la mujer. Valdés fincó su artículo, según él mismo cuenta, en lo que le dijo alguien. No investigó, no corroboró tal dicho con la persona a quien esa única versión se refería. Debió haberlo hecho. Gustosamente habría contribuido yo a dar veracidad a su relato. Esa indebida omisión habla muy mal del profesionalismo de un historiador, y peor aún de su calidad humana. FIN.

Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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