Firme esperanza: navegantes en un mundo en caos
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En un fragmento del poema “El primer coro de la roca”, T.S. Eliot (1888-1965) canta: “Oh mundo del estío y del otoño, ¡de muerte y nacimiento!/ El infinito ciclo de las ideas y de los actos, /infinita invención, experimento infinito,/Trae conocimiento de la movilidad, pero no de la quietud;/ Conocimiento del habla, pero no del silencio;/ Conocimiento de las palabras e ignorancia de la Palabra./Todo nuestro conocimiento nos acerca a nuestra ignorancia,/Toda nuestra ignorancia nos acerca a la muerte,/Pero la cercanía de la muerte no nos acerca a Dios./¿Dónde está la vida que hemos perdido en vivir?/¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?/ ¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información?/Los ciclos celestiales en veinte siglos/Nos apartan de Dios y nos aproximan al polvo.
Navegantes
Lo anterior me hizo pensar que, si bien el mundo se encuentra en caos, existen personas que han sabido abrir sus corazones a la vida al decidir permanecer siempre prestos al servicio de las más excelsas causas, personas que se aproximan a Dios; personas semejantes a los inmensos, antiguos y poderosos galeones, que empezaron a navegar a principios del siglo XVI, que desplegaban sus múltiples e inmensas velas para recibir el impulso del aire que alimentaba la fuerza para irrumpir entre el arrogante e incierto oleaje y así llegar a sus destinos.
Por fortuna, aún hay seres humanos repletos del coraje, determinación para hacer suyo el torrente de energía que los colma de potencia y capacidad para arribar a su último puerto con los brazos totalmente extendidos, como una máxima expresión de haber cumplido con su personalísima misión de vida. Con su excepcional vocación.
Estas personas, de infinitas latitudes, representan el antídoto del actual caos, son los profetas de la esperanza que abren caminos hacia la fraternidad, el dialogo y los encuentros. Son las personas-galeones.
Estos seres humanos saben que a la existencia se arriba con las velas plegadas. Que es una personal responsabilidad desplegarlas para volver a nacer, para vivir hondamente, significativamente.
Son seres humanos que advierten que el trayecto de la vida es sinuoso, vertiginoso, peligroso, incierto y misterioso y que, al término de su travesía, del peregrinaje, sus velas se volverán a plegar en lo finito, en lo temporal, pero jamás en lo eterno.
Estas personas saben de su libertad para elegir la ruta de navegación que ha de consumar el fin último de sus jornadas; por eso, no se dejan hipnotizar por la fantasía del materialismo, ni tampoco por las fatuas ilusiones que el mundo les ofrece en charola de plata.
Drogas
Una de las múltiples paradojas que nos ofrece el mundo actual, existe una en extremo peligrosa: el hecho de que, a las personas, por un lado, la conciencia nos llama hacia el servicio y la generosidad, pero, a la par, se nos educa para resguardar nuestro tiempo, conocimientos, habilidades y propiedades a favor de nosotros mismos, a encerrarlas en el hermetismo del egoísmo y así, paulatinamente, nos convertimos en extraños entre nuestros hermanos.
Es decir, la generosidad ha sido casi totalmente sometida por un aterrador egoísmo y un desmedido materialismo; incluso nos ha secuestrado el tiempo para mirarnos los unos a otros y sencillamente sonreírnos. Es también evidente que nuestro navegar frecuentemente es narcotizado por las drogas más atroces de este tiempo: la soberbia y la vanidad.
Contabilidad
La desgarradora competencia, aunada al concepto de la productividad material, han provocado que, en el trabajo y en las actividades que emprendemos cotidianamente, surja la inclinación de evitar aquello que nos permitiría ser personas más humanas, ya que, consciente o inconscientemente, evitamos comprometernos con tareas que guardan trascendencia social y el despliegue del amor humano. Es hoy común que nuestra voluntad sea secuestrada —o comprada— por una lógica soberbia que se inclina hacia el individualismo en lugar de buscar la ruta hacia la generosidad compartida.
El materialismo y utilitarismo triunfantes provocan que la mayoría de los humanos tengamos miedo a extender las velas para vivir en plenitud, generando que la existencia se ancle, o pierda el rumbo en los mares de la indiferencia, la apatía y el temor.
No pretendo dejar la idea de que el ser humano no tenga el derecho, mediante el trabajo decente, de hacer para sí mismo, de aspirar, de adquirir bienes materiales para su mejor vivir. Nada de eso. Pero admito que, para crecer internamente y consumar la misión de vida hay que aprender a dar y compartir. Quizá, de la forma de bien ser de las personas-galeones podemos recoger las lecciones que ilustren que no todo en la vida deba oler y saber a “contabilidad”.
Cuatro lecciones
Estas personas enseñan: primero, aun cuando sabemos que somos pequeñísimos, también somos únicos e irrepetibles que representamos, individualmente, un proyecto divino, que depende de cada quien descubrirlo y agotarlo. Segundo, que es crucial mantener el espíritu desplegado —como las velas de los antiguos galeones— para desarrollar actitudes de generosidad, fraternidad y respeto. Tercero, como navegantes todos requerimos aprender a aprovechar cada momento que tenemos para servir, donar alegría y ser productivos desde nuestras propias trincheras, pero siempre bajo un enfoque humano. Cuarto, que la generosidad es un compromiso individual con nuestras propias existencias, pues implica comprender que todos los dones que tenemos nos fueron dados, como la vida, gratuitamente y, por tanto, hay que devolver sus frutos también gratuitamente.
Entonces...
La persona que decide abrir su espíritu reconoce que su tiempo es limitado —sabe de la fragilidad humana y de la brevedad de la vida— y que los mares por los cuales navega son, en muchas ocasiones, inciertos y peligrosos —sabe de su indigencia e impotencia—, pero también intuye que puede y debe tomar provisiones para salir triunfante de las tormentas manteniendo el timón con esperanza, decisión y humildad; sabe que aun cuando la vida es corta, es suficientemente larga si se ocupa el tiempo para colmar el propósito de la travesía.
Arriar las velas
Así, como las aves extienden sus alas para surcar el horizonte, las personas que han decidido descubrir y emprender el sentido y rumbo de sus existencias, conocen sus objetivos, reconocen que su oportunidad de personas-galeones se encuentra en lo que hacen por y para los demás (sobre todo por los más vulnerables), pues tienen una lógica contundente: entre más se da, más se recibe y más llenan su ser; que entre menos se busca en lo temporal, más se encuentra en lo eterno.
Estas personas saben que es el amor el que impide que sus velas se desgarren al ceder a la apatía, a la impotencia o a ese arrogante desánimo que busca arriar las velas, o hacer caer en la desgracia del naufragio.
Reconocer
Estos seres humanos han aprendido a reconocer que es mucho lo que por delante se debe emprender y rehacer, pero en lugar de quedarse con los brazos cruzados son los primeros en poner manos a la obra, en tareas específicas, puntuales, pues como buenos navegantes reconocen los vientos favorables, las oportunidades y los riesgos que se deben asumir cuando se quiere llegar a los puertos, a la tierra. Ellos emprenden, en lugar de criticar y quejarse. Creen en Dios, pero también en las personas.
Todos podemos reconocer a seres humanos que navegan con las velas desplegadas: son niños, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, pobres y ricos, estudiantes y profesionistas, sanos y enfermos. Ellos conviven entre nosotros y se les descubre por sus testimonios de vida. Gracias a estas personas de espíritu sosiego, pero también indomable, el mundo aún es habitable.
Todos tenemos la capacidad de reconocer a estas personas, pero mejor sería que siguiéramos sus ejemplos de vida, que aprendiéramos a existir con las velas desplegadas, profundamente llanas, generosas para recibir el impulso del aire y así otorgar propulsión al personalísimo rumbo de nuestras particulares existencias, tal como navegaban con valentía y decisión, entre los implacables y misteriosos mares, los antiguos galeones.
Entonces, si actuamos, habremos comprendido que en este mundo ya no somos extranjeros solitarios ni tampoco personas desamparadas. Entonces, tomaremos conciencia; encontraremos la vida, al vivir la vida; al navegar con el alma desplegada, para acercaremos a Dios, con la firme esperanza que, creyendo en Él, cuando inevitablemente lleguemos a ser polvo, también seremos eternos.
cgutierrez@tec.mx
Programa Emprendedor
Tec de Monterrey
Campus Saltillo