¿Han ganado los terroristas?
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Lamentablemente, los estadounidenses dimos la respuesta exacta que querían los terroristas; de hecho, es probable que hayamos superado sus expectativas y logrado al hacerlo que el mundo sea mucho peor para nosotros y para el resto
Por Timothy Snyder, Project Syndicate.
JÁRKOV- El 11 de septiembre de 2001, cuando di mi tercera clase como profesor de historia de Europa del Este en Yale, tuve bien claro cuál debía ser el tema: la provocación. Los servicios secretos del imperio ruso (y después los soviéticos) habían perfeccionado el arte de convencer a sus adversarios de que hicieran lo que ellos querían haciéndoles creer que lo hacían por motivos propios. Cuando ocurre algo terrible, como aquel día, la cuestión no es el sufrimiento causado (aunque sin duda es algo deseado por los perpetradores). La cuestión es poner al atacado en un estado de ánimo que lo lleve a hacer algo que lo perjudicará todavía más.
La historia está llena de actos terroristas. Lo que realmente importa, dije entonces a mis alumnos, es lo que uno hace después. Cosas terribles sucederán siempre; es imposible evitarlas todas. Pero tu libertad empieza por tu respuesta.
Lamentablemente, los estadounidenses dimos la respuesta exacta que querían los terroristas; de hecho, es probable que hayamos superado sus expectativas y logrado al hacerlo que el mundo sea mucho peor para nosotros y para el resto.
La respuesta obvia al 11S era liberarnos de los combustibles fósiles. Sin nuestra dependencia del petróleo, jamás nos habríamos enredado en Medio Oriente. Financiando fuentes de energía limpia, podíamos frenar el calentamiento global, evitar nuevas guerras en Medio Oriente e impedir el auge de la oligarquía gaspetrolera del presidente ruso Vladímir Putin.
No es lo que terminó ocurriendo. El presidente George Bush (hijo), vástago incompetente de una familia petrolera, no tenía ningún interés en reforzar la búsqueda de energía segura. Dijo que los terroristas nos atacaron porque «odian nuestras libertades». A continuación, nuestro propio gobierno actuó para limitarlas. Se creó un nuevo Departamento de Seguridad Nacional (Department of Homeland Security) bajo cuya autoridad se unificó una mezcolanza de organismos (incluida la administración de fronteras) cuyas competencias pasaron a considerarse temas de seguridad. Eso sentó las bases para una política interna que divide a las personas que viven en Estados Unidos en “legales” e “ilegales” (nosotros y ellos) y construye campos de concentración.
Más peligrosa aún era la idea de “patria” (homeland), un término que hace pensar en la fascinación nazi por la Heimat. En aquel momento fue un título exótico para un departamento gubernamental, más bien ajeno al inglés que se habla en Estados Unidos y a sus tradiciones institucionales. Pero desde entonces la palabra se ha normalizado en un sentido esencialmente fascista. Durante la presidencia de Donald Trump se considera que las principales amenazas son internas, procedentes de gente que en realidad está fuera de lugar en este país. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, trata a las fuerzas armadas como un escenario de guerras culturales: hombres contra mujeres, blancos contra negros. La tarea futura de los soldados es la «defensa de la patria». Las fuerzas armadas han de convertirse en la milicia personal de un gobernante; una fuerza de choque contra la oposición a Trump.
Por supuesto, una de las principales causas del ascenso de Trump fue la invasión estadounidense de Irak en 2003 (una guerra por elección que constituyó la peor respuesta de política exterior posible al 11S). La guerra dejó a los estadounidenses traumatizados y vulnerables ante un candidato que explotó el tema para hacerse con el poder (y lo usó para iniciar más guerras y hacernos vulnerables a más terrorismo). También afianzó una economía política dominada por el gasto militar y la deuda. En vez de dar respuesta a la desigualdad económica, la inmovilidad social y la inseguridad familiar, Estados Unidos malgastó sangre (sobre todo ajena) y dinero en guerras vanas.
Como pueblo, hemos seguido un guion que bien podrían haber escrito los terroristas. Peor aún, nuestros gobernantes electos se convirtieron en sus coautores. La administración Bush inventó los vínculos entre Irak y los terroristas del 11S; el resultado fue que los estadounidenses terminaron desconfiando de su gobierno, lo que a su vez facilitó el ascenso de alguien como Trump. Y estos pretextos inventados sentaron las bases para la violación del precepto más básico del derecho internacional: la prohibición de guerras de agresión no provocadas.
Con eso, la era de renacimiento democrático (1989‑91) que siguió a la Guerra Fría llegó a su fin. En preparación para la invasión de Irak, los estadounidenses afirmaron que así como la liberación había sido posible en Europa del Este, también lo era en Medio Oriente. Pero por supuesto, la situación era muy diferente; una cosa es derrocar una dictadura desde dentro y otra muy distinta hacerlo por invasión extranjera. Y mientras que los líderes poscomunistas europeos tenían ideas sobre lo que vendría después, los estadounidenses en Irak no tenían ninguna; dieron por sentado que el mero hecho de destruir un régimen malo pondría en su lugar otro mejor.
Sería un error afirmar que la invasión de Irak liderada por Estados Unidos fue lo que llevó a Rusia a invadir Ucrania más de diez años después, en 2014. Pero es indudable que la guerra estadounidense le allanó el camino a Putin, quien infirió que las grandes potencias pueden invadir otros países apelando a mentiras descabelladas.
Una de las razones por las que en 2013 y a principios de 2014 advertí de que Rusia podía invadir Ucrania y apoderarse de Crimea fue la propaganda surrealista que se estaba difundiendo en los medios de comunicación rusos. Igual que la propaganda estadounidense en 2002 y principios de 2003, no tenía ningún sentido. Los estadounidenses afirmaban que el combate al terrorismo exigía derrocar a un régimen que (más allá de ser horrible) reprimía al islamismo responsable del 11S. Los rusos llevaron el disparate a otro nivel: los ucranianos eran todos gais, nazis y judíos. El Estado ucraniano no existía, pero oprimía a los rusos. Rusia (un régimen autoritario) iba a llevar la democracia a Ucrania (que ya era un régimen democrático).
Poco después del comienzo de la invasión, participé en un debate público en Praga. Los ánimos estaban caldeados. Una persona que llevaba una camiseta con un eslogan fascista ruso tomó el micrófono y preguntó por qué Rusia debía acatar las reglas, si los estadounidenses no lo habían hecho en Irak en 2003. (Respondí que las reglas son reglas: la invasión estadounidense había sido ilegal, pero la suma de dos errores no equivale a un acierto). La pregunta era ejemplo de un modo de pensar surgido de la lógica interna de un régimen oligárquico; pero Estados Unidos lo había facilitado: la verdad no existe, el bien y el mal no existen, las reglas no existen.
A fines de 2021 y principios de 2022, mientras Rusia preparaba su segunda invasión a Ucrania, todavía se sentían los efectos de Irak. Dos decenios antes, Estados Unidos había mentido sobre las razones para invadir Irak. Ahora estaba diciendo la verdad sobre los planes rusos de invadir Ucrania. Pero en general, nadie le creyó, aunque los hechos estaban a la vista de todos. Las mentiras que dijeron los estadounidenses en 2002 hicieron más fácil dudar de ellos en 2022. Por eso cuando llegó la gran guerra (como la llaman los ucranianos), todos estaban menos preparados de lo que podrían haber estado.
Tras la provocación de 2001, Estados Unidos respondió como querían los terroristas y contribuyó a crear un mundo donde el terrorismo es tan normal que ya ni sabemos cuándo usar esa palabra. Putin y Trump la emplean para definir a sus enemigos, aunque ellos mismos son terroristas de Estado. Trump normalizó el terrorismo cuando intentó quedarse en el poder por la fuerza en enero de 2021. Y la guerra criminal de agresión de Putin en Ucrania incluye violaciones, secuestros de niños y matanzas de activistas en los territorios ocupados. Pero el acto terrorista más obvio es el lanzamiento diario de drones y misiles contra la población civil ucraniana.
Escribo esto desde un refugio subterráneo en Járkov, donde las sirenas antiaéreas están sonando por tercera vez esta noche. Los ucranianos derriban la mayoría de los drones, pero los misiles caen, explotan y matan, porque los estadounidenses han decidido negarles los misiles Patriot. Esto es en parte un reflejo de solidaridad entre terroristas: los emisarios de Trump acababan de estar en Moscú elogiando los “objetivos” de Putin. También es un efecto secundario de la malhadada guerra electiva de Trump contra Irán. Estados Unidos malgastó en Medio Oriente munición que podía salvar vidas en Ucrania. La guerra de Trump contra Irán hace posible la guerra de Putin contra Ucrania.
Y sin embargo, la guerra de Trump es muy impopular (y nadie duda de que está perdida). Tal vez la continúa (ya cerca incluso de las elecciones legislativas intermedias en Estados Unidos) porque espera que el régimen iraní le haga el favor de atacar dentro de Estados Unidos. Entonces podrá tratar de suspender las elecciones o desplegar más tropas estadounidenses en más ciudades del país y quedarse en el poder para siempre.
Eso es un modo de querer que ganen los terroristas: librar una gran guerra en Medio Oriente, agotar las defensas propias y esperar lo peor. Tal vez Irán muerda el anzuelo y lance una acción asesina, o tal vez Trump se limite a afirmar que lo ha hecho. En vista de todas las provocaciones, mentiras y actos terroristas desde el 11S, sería una tontería no tomarse en serio esta posibilidad. Y si se materializa, la respuesta será la misma que en 2001: tu libertad empieza con tu respuesta. Por encima de todo, no hagas lo que el terrorista quiere que hagas.
Aquí donde estoy, en las horas oscuras de la madrugada, recuerdo a los ucranianos que vi anoche, reunidos bajo tierra para un acto público, sonriendo, bebiendo vino y hablando de ideas; no haciendo lo que quieren los terroristas, no cediendo, no siguiéndoles el juego, sino pensando por sí mismos en el futuro. Eso es lo que deben hacer hoy los estadounidenses, en este terrible aniversario. No te dejes provocar; no entres en el mundo mental del terrorista; piensa por ti mismo. Sólo así podremos esperar que el próximo cuarto de siglo sea mejor que el anterior. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Timothy Snyder, primer titular de la cátedra de Historia Europea Moderna en la Escuela Munk de Asuntos Internacionales y Políticas Públicas de la Universidad de Toronto y miembro permanente del Instituto de Ciencias Humanas en Viena, tiene publicados veinte libros en carácter de autor o editor.