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Opinión
/ 4 febrero 2023
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Cuando mis hermanos y yo éramos pequeños, nuestro padre –que de Dios goce y que Dios goce de él–, nos divertía con un juego que nos llenaba de asombro y regocijo. Tomaba una servilleta de papel, la doblaba de modo que pudiera sostenerse verticalmente sobre un plato y luego le prendía fuego con su encendedor. Se consumía la servilleta, pero quedaba en pie una estructura frágil que al terminar de arder se levantaba por el aire y descendía luego con lentitud de cenizas. “Brujas”, si no recuerdo mal, llamaba mi papá a aquellos ígneos papeles volanderos.

Pues bien: mi casa es una torre de papel. Si alguna vez ardiera se elevaría lo mismo hasta llegar al cielo, como en el juego de mi infancia. Bien vistas las cosas, todas las cosas que hago son prolongación de mis juegos de niño, y me divierten igual. Los libros son para mí juguetes encantadores que disfruto como de las canicas y los aros de ayer. Otros juguetes hay en esta vida, loado sea el Señor, y lo mejor que uno puede hacer con ellos es gozarlos, y ser uno mismo objeto deleitoso que alegre la vida de prójimos y prójimas.

Mi casa es una torre de papel, vuelvo a decirlo. Tantos papeles tengo que entre ellos me extravío como en profunda selva impenetrable. Cuando necesito uno jamás lo encuentro, nunca. Pasan los días –o los años– y de repente ese papel me encuentra a mí, y me dice:

-Te andaba buscando. ¿Dónde estabas?

¿Dónde estará una carta de Elena Garro que recibí hace muchos años? Si supiera dónde está –por ahí debe estar– la sacaría y con ella pondría escándalos y asombros en la vida literaria nacional. Porque esa es una carta que debe conocerse, y que sería útil para poner en su lugar algunas cosas.

Sucede que una linda muchacha de Saltillo vivía por aquellos años en Madrid. Aquellos años han de ser los finales de los sesenta o principios de los setenta. En el edificio de apartamentos donde moraba conoció a una escritora mexicana: Elena Garro. Hizo amistad con ella y mereció su confianza. Fue esa muchacha la que le dio mi dirección a Elena Garro, y entonces ella me escribió.

Por ahí, estoy seguro, debe andar su carta, metida entre las páginas de un libro o puesta en un cajón. Sé bien que no la destruí ni la extravié. Quise guardarla, pero tan bien guardada está que ni siquiera la he buscado. Algún día aparecerá. Algún día se aparecerá.

En esa carta me decía Elena Garro que estaba afrontando apuros económicos grandísimos. Me daba a entender veladamente que en ocasiones no tenía ni para cubrir las necesidades básicas de la vida. Se quejaba con amargura de Octavio Paz, que no le daba ni un centavo, y me preguntaba si los editores de los periódicos en que escribía yo se interesarían en publicar artículos suyos. No pediría gran cosa por ellos, me decía; apenas lo suficiente para poder vivir.

Respondí la carta de la escritora. En mi respuesta puse los nombres, direcciones y teléfonos de todos los periódicos en donde entonces colaboraba yo, que no eran muchos. No supe nada más de Elena Garro, ni vi después artículos de ella en esos diarios. Pero recuerdo que me causó penosa impresión saber que pasaba hambre alguien que había compartido muy de cerca la vida de aquel monstruo sagrado, Octavio Paz.

No vive ya Elena Garro. Pero vive en Saltillo la muchacha de la historia. Ella –como dicen– no me dejará mentir.

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Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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