Iglesia y cantina
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Casi no hay cantinas en los pueblos de la Región Carbonífera de Coahuila. La ley prohíbe que estén cerca de las minas. Hay, sí, muchas refresquerías. Extrañas, por cierto, son esas refresquerías, pues en ellas casi no hay refrescos. Se vende cerveza -bastante-, tequila, brandy y ron. Pero refrescos hay pocos.
Tengo en la memoria varias cantinas beneméritas. Solía yo ir a “La Ópera”, en la Ciudad de México. Los sábados por la tarde se llenaba de burócratas con gusto por haber salido de la chamba y disgusto por tener que ir a su casa. Cada media hora se rifaba un pollo rostizado, entonces muy grande novedad. Todos los parroquianos participaban en la rifa, esperanzados en sacarse el pollo, pues no es lo mismo afrontar las iras de la esposa con las manos vacías que ofrecer como don propiciatorio un pollo rostizado, de modo que ella no tenía ya que preocuparse por hacer la cena. La cantina “El Porvenir”, de Tampico, se hizo famosa por su letrero de publicidad en la fachada: “Aquí se está mejor que enfrente”. Y es que enfrente está el Panteón Municipal. Un moralista anónimo pagó de su peculio otro letrero, entre admonitorio y filosófico, que hizo poner en el muro del cementerio: “Aquí están los que estuvieron enfrente”. Cosa muy rara era pasar por esa calle principal del puerto y encontrar de repente aquel inusual Memento mori.
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“La Prosperidad”, cantina de Mérida, alcanzó fama nacional en Yucatán. Su nombre ha llegado al extranjero, o sea a nosotros. Esa preclara institución recogió una veta singularísima de los yucatecos escasamente conocida allende sus fronteras. Es una veta picaresca, de sicalipsis que viene desde mediados del siglo XIX y que, por obvias razones, no ha tenido mucha difusión. Representante principal de esa escuela de goliardos, de desaforados decidores de majaderías, es el poeta popular Felipe Salazar, llamado “Pichorra”, autor de versos tabernarios que los sabidores recitan entre copa y copa de xtabentún. Esas desatentadas badomías hacen soltar el trapo de la risa a quienes los escuchan, pues dicen cosas que no son, como decía el otro, para ser decidas. Yo me sé de memoria algunos de sus versos –en YouTube se pueden encontrar-, y a veces los recito cuando es propicia la ocasión. Algunos que los oyen se sorprenden, y me preguntan cómo es posible que la misma tierra que vio nacer a Guty y Palmerín, a Médiz Bolio y Luis Rosado Vega, a Peón y López Méndez, haya podido dar la vida a un tan grandísimo bellaco literario como ese tal Pichorra, cuyos versos harían ruborizar hasta a un diputado del PT.
-Son arcanos de la creación artística -respondo yo fusilándome el título de una obra de Zweig.
Vi alguna vez la variedad artística de “La Prosperidad”. Salía una pareja de cómicos -él y ella- que entablaban diálogos de subidísimo color. La gente escuchaba aquellas cosas mientras bebía, y las celebraba con aplausos y grandes carcajadas. Creía yo estar en la primera escena del Cyrano, de Rostand, o en una de aquellas corralas españolas en que se representaban los pasos de Lope de Rueda o Juan del Encina.
Los moralistas reprueban las cantinas. Yo, que procuro no ser moralista, detestable oficio, me río un poco de esas reprobaciones y las juzgo humo de pajas. De la cantina puede decirse lo mismo que de la Iglesia dijo el apóstol Pablo: siempre perseguida, pero jamás vencida.