La aprobación de AMLO o la posibilidad de creer

Opinión
/ 6 diciembre 2021
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A tres años de su gestión presidencial, Andrés Manuel López Obrador tiene “una aprobación del 65.2 por ciento; sólo por debajo de Carlos Salinas (77 por ciento), pero encima de Fox (56 por ciento), Calderón (58 por ciento) y Peña Nieto (33 por ciento) en el mismo período de tiempo” (Mitofsky: 30-11-2021).

No sorprende saber entonces que en 30 de las 32 entidades federativas, AMLO posee un apoyo que va del 50 por ciento al 86.2 por ciento.

Una palabra resume ese apoyo mayoritario: confianza. El 60.9 por ciento de los mexicanos confía en López Obrador. Y 61.5 por ciento de ellos piensa que es el indicado para resolver los problemas del país.

¿Cómo explicar ese apoyo del 65.2 por ciento de mexicanos que traducido al padrón electoral federal alcanzaría 61 –de los 94– millones de electores?

¿Cómo hacerlo sin caer en expresiones racistas o clasistas, tan comunes entre los detractores de AMLO, para definir a sus simpatizantes?

¿Tiene sentido llamar “pobres ignorantes o estúpidos irracionales” (sic) por su opción política plasmada en apoyo a AMLO –en el rango del 62.5 por ciento al 82.9 por ciento– a esas mayorías integradas por indígenas, campesinos, informales, empleados, comerciantes, amas de casa, jubilados, profesores, estudiantes, servidores públicos?

¿Tiene sentido adoptar una posición de superioridad moral o intelectual ante ellos como si nuestra opción electoral en el pasado haya hecho alguna diferencia sustantiva para mejorar el país?

En ambos casos, no.

¿Por qué no pensar, mejor, que su elección por AMLO tiene un soporte racional más allá de su estrato de ingreso, edad o escolaridad?

Esos amloistas forman parte de un sector del país marginado por los nacionalistas posrevolucionarios (1920-1946), los desarrollistas (1946-1982) y los neoliberales (1982-2018).

Ellos –sus bisabuelos, abuelos y padres– habitaron por 98 años un México que los marginó de manera sistemática para utilizarlos como clientela electoral; forzarlos a crear una democracia ilusoria y negarles, con ello, el derecho a la esperanza de una vida –mínimamente– decente y digna.

Su destino fue ser indispensables para un sistema que los trató como basura envuelta en dorada demagogia y falsa esperanza. Por ello, su racionalidad es sencilla: apoyan a López Obrador porque les abrió la posibilidad de creer en ellos mismos como actores protagónicos de una transformación.

¿Les importan las limitaciones obvias de AMLO como gobernante, que para ellos no serían distintas a las de sus antecesores? Para nada.

¿Les fastidia el estilo populista y autoritario de AMLO que los condena a un estado predemocrático y preciudadano? Tampoco.

¿Les preocupa que la 4T no tenga rumbo o diseño modélico alguno? No.

¿Les incomoda sentirse empoderados ante aquellos que los ignoraron o humillaron a lo largo de la historia del siglo 20 y del siglo 21? Mucho menos.

¿Les inquieta arrepentirse porque afloran en ellos sus resentimientos y odios de clase (y etnicidad) ante esas personas? Al contrario.

Hoy, esos amloistas responden a ese legado del México profundo, invisible y olvidado por un modelo económico durante 98 años; reprimido y masacrado además, en ocasiones, por el Estado mexicano. Por ello, agradecen a AMLO la posibilidad de creer en ellos mismos para construir un país acorde a sus esperanzas. Con ello, el Presidente les da la posibilidad de ser visibles, por vez primera en sus vidas.

Nada menos. Nada más.

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