La Ciudad que Fluye al Revés
En el Centro de Monterrey, el aire se espesa
No amo mi ciudad. Su esplendor es un residuo de concreto y lo que corre bajo nuestros pies es el único río que no se seca. Siguiendo el rastro de Pacheco, ese que en Alta Traición admitía no amar su patria sino por unos cuantos ríos y montañas, aquí en el norte hemos cambiado el cauce por la alcantarilla.
San Pedro Garza García finge que el agua no huele. En sus lomas de mármol, el drenaje es un secreto de estado enterrado bajo el asfalto de las agencias de autos de lujo. Pero el subsuelo no conoce de clases sociales; cuando el cielo rompe en tormenta, el detritus de la opulencia baja por los pluviales hasta encontrarse con el resto de nosotros.
En el Centro de Monterrey, el aire se espesa. Caminamos con botas de obrero. Aquí, las alcantarillas son bocas que respiran el vaho de la grasa de los puestos de tacos y el rastro de una industria que se fue, pero nos dejó sus deyecciones. El agua aquí no es vida; es una amenaza que brota de las banquetas rotas de la calle Eugenio Garza Sada cada vez que el sistema de Agua y Drenaje de Monterrey recuerda su edad.
Y luego, el eco del Centro de la CDMX. Allá donde el drenaje es arqueología. Pacheco escribió sobre la ciudad que se hunde en su propio fango, una Tenochtitlán que cobra venganza a través de sus canales subterráneos.
Vemos en el Zócalo la misma herida que en la Macroplaza: un vacío monumental sostenido por tuberías que ya no aguantan el peso de nuestra historia.
Somos el residuo de lo que fuimos. Una nación que se une no por sus banderas, sino por la red de cloacas que conecta la miseria del centro con el orgullo del norte. Todo pasa, todo fluye por debajo, mientras arriba seguimos creyendo que somos otra cosa que no sea este lodo.