La ciudad que imaginamos
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La medida del sentido de la ciudad es esta: en la ciudad de la memoria ¿puedes oír la risa de los niños, el agitar de las alas de las palomas y los gritos del vendedor ambulante? ¿puedes recordar el eco de tus pasos?
Juhani Pallasmaa
¿De qué color es una ciudad? La pregunta puede parecer extraña, incluso innecesaria, pero basta formularla para que algo se active en la memoria: calles, fachadas, plazas, montañas en el horizonte; también el ruido del tráfico, el olor de la tierra después de la lluvia o el eco de conversaciones cotidianas. Poco a poco la ciudad comienza a tomar forma en la mente, no solo como un espacio físico, sino como una suma de imágenes, recuerdos y experiencias. ¿Cómo imaginamos la ciudad? ¿Qué elementos la conforman en nuestra memoria: qué colores, qué olores, qué acciones cotidianas? Y, en ese ejercicio, surge una pregunta inevitable: ¿de qué color es Saltillo? He planteado esta última a muchos de mis estudiantes a lo largo de los años. Los primeros, a quienes daba clase hace tiempo, respondían casi sin dudar que Saltillo era de color café claro. Las generaciones más recientes, en cambio, han contestado algo distinto: para ellos, Saltillo es de muchos colores, como el sarape. Más allá de la tonalidad o de la colorimetría de una ciudad, la respuesta siempre ha llamado mi atención. ¿Qué quiere decir realmente? ¿Qué hay en la imagen mental que un jóven tiene de la ciudad en la que habita? ¿Cómo se asocia el color con el territorio? ¿Qué se está diciendo cuando se afirma que una ciudad tiene un color?
La palabra imagen, en términos generales, proviene de una raíz latina y suele generar una asociación directa con la imaginación o con la representación fantasiosa, tal relación surge en parte, por la cercanía fonética entre ambos términos. Sin embargo, cuando hablamos del imaginario, el concepto nos remite a la idea de representar o formar imágenes y pensamientos; a aquello que pertenece al ámbito de lo que la imagen contiene o evoca. A este concepto se le han añadido distintos calificativos que buscan precisar su campo de estudio o su manifestación: imaginario social, urbano, colectivo o individual. En el caso del imaginario social, este enfatiza la dimensión compartida de las referencias y representaciones que circulan dentro de una comunidad. Se trata de estructuras de sentido que se definen según el territorio y que enmarcan la manera en que una sociedad piensa, actúa y se reconoce a sí misma. Diversos autores han relacionado este concepto con la cosmovisión, con la identidad colectiva y con los procesos sociales que se desarrollan en un momento histórico determinado.
En pocas palabras, el imaginario está compuesto por ideas, creencias y valores que se configuran en torno a un territorio, a una actividad y a una época. El imaginario se nutre del tiempo, se forma lentamente en lo cotidiano. Pero no permanece únicamente en el plano de lo mental: también se materializa. Una de las formas más visibles en que esto ocurre es la arquitectura de las ciudades. Cuando una imagen se transforma en materia —cuando una idea se vuelve calle, muro o fachada, zaguán o patio—, la manera en que se construye revela aquello que llevamos dentro: lo que somos y lo que hemos aprendido con el paso del tiempo. Más allá de una ciudad llena de casas o edificios “bonitos”, la materialidad de su arquitectura refleja historias, costumbres, tradiciones e identidades, tanto individuales como colectivas. De esta manera, la ciudad se convierte en un lenguaje que comprendemos gracias a nuestra familiaridad con él.
El imaginario social articula la realidad, le da sentido y la ordena. Es instituyente, pero también es instituido; se forma, pero también se induce. Nunca permanece quieto. Por ello, con frecuencia, la imagen que tenemos de una ciudad —la que habita en nuestra mente o la que circula en las narrativas que se cuentan sobre ella— se confronta abruptamente con la experiencia de vivirla. Quizá por eso la ciudad a veces es café y otras veces colorida. Quizá también depende de quién la observa y de quién la describe. La experiencia de una ciudad siempre rebasa la narrativa que se cuenta sobre ella: los fenómenos sociales, las luchas colectivas, la migración, el deterioro, la demolición, la desaparición o incluso el silencio forman parte de su imagen.
La pregunta es entonces: en la ciudad —Saltillo— de tu mente, ¿puedes imaginarte enamorándote? Y, más aún, ¿en la ciudad real también?