La depresión en la literatura
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Anna Ajmátova escribió el siguiente poema: “Unos van por un sendero recto / otros caminan en círculo, / añoran el regreso a la casa paterna / y esperan a la amiga de otros tiempos. / Mi camino, en cambio, no es recto ni curvo / Llevo conmigo el infortunio, / voy hacia nunca, hacia ninguna parte, / como un tren sobre el abismo”. La imagen poética me condujo, en un principio, a varias reflexiones. Desde el lenguaje y la metáfora, la autora nos comparte un sentimiento de desolación pura, una angustia expresada desde la claridad. La literatura abre las posibilidades de nombrar aquello que pareciera imposible, ya sea oscuro o luminoso. En el caso del dolor, nos permite adentrarnos en sus infinitos registros. Uno de los más inquietantes es el de la enfermedad mental. Además, parece tener una presencia extraña e insistente en la poesía.
La semana pasada, el 13 de enero para ser más precisos, se conmemoró el Día Mundial de la Lucha contra la Depresión. A través de la historia, ésta ha tenido muchos nombres: melancolía, enfermedad del alma, acedia, manía. Hasta el siglo pasado en las actas de defunción aún existía el término “morir de tristeza”. El escritor William Styron explica que desde 1303 ya se usaba el concepto de “melancholia” en la poesía y que fue el psiquiatra Adolf Meyer quien acuñó la palabra “depresión”. La batalla resulta más terrible si ni siquiera sabemos cómo se llama el enemigo, qué rostro tiene. Los cuentos antiguos, como Rumpelstilskin, nos recuerdan el poder que ganamos al saber el nombre de las cosas. A veces pienso en el sufrimiento de la gente del pasado. Si ahora los tratamientos son difíciles, antes, como cuenta Michel Foucault, los enfermos tenían el destino del destierro. Los subían a todos a una barca, “la barca de los locos”, y los lanzaban a su suerte. A navegar, como Ajmátova, sobre el abismo.
Susan Sontag, en el libro “La enfermedad y sus metáforas”, dice que algunas enfermedades se mitifican y se vuelven simbólicas, como la tuberculosis, el cáncer y el sida. Para la autora norteamericana, la depresión “es la melancolía sin sus encantos, sin su animación y sus rachas”. La pérdida de la razón, de la voluntad y del dominio de sí mismos aparece con una connotación social negativa. Se vuelve un tabú, un elemento condenatorio con mecanismos que casi nadie comprende. El poeta suizo Robert Walser, en sus últimos años de vida, fue internado en un sanatorio. Su diagnóstico era poco claro. En un poema lacónico y fuerte escribió: “Con las manos cansadas, / con las piernas cansadas, / a tientas por el mundo, / me río de que giren / las paredes, / mas miento, / porque estoy llorando”. Walser salió a dar un paseo por el jardín del sanatorio en Navidad. Lo encontraron tirado en la nieve, como si hubiera salido a morirse.
Los testimonios en la literatura son incontables. En lo personal, “La campana de cristal”, novela de Sylvia Plath, me impactó muchísimo. Prometí no volver a leerla jamás. Aquí la autora cuenta, a través del personaje de Esther Greenwood, su propia lucha con las crisis nerviosas, los intentos de suicidio y las terapias de electroshock. Plath se quitó la vida poco tiempo después de la publicación de su libro. Están los poemas de Anne Sexton, el cuento “El tapiz amarillo” de Charlotte Perkins sobre la depresión posparto (cuando aún no existía el término), libros como “Suave es la noche” de Fitzgerald o los poemas de Manuel Acuña, poeta nacido en nuestra ciudad. Si viajamos más atrás encontramos los lamentos de Job, ante el sinsentido de la vida; escuchamos al rey Gilgamesh, en el poema más antiguo del mundo, destrozado por la muerte de su amigo y angustiado porque él también morirá algún día; Eneas, el gran héroe troyano, al ver su familia muerta por la guerra siente que todas las cosas tienen lágrimas y que la muerte toca su alma. Cinco siglos antes de Cristo, Hipócrates ya sabía que esto se trataba de una enfermedad peligrosa y terrible. En el siglo XX, William Styron llamó “Esa visible oscuridad” a sus memorias sobre la depresión. En la literatura, en la poesía, la oscuridad ha mostrado sus rostros.