La diplomacia de medias de seda de Rubio
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La traición consigo mismo es absoluta
Por Stephen Holmes, Project Syndicate
BERLÍN- Napoleón se burló de su ministro de Asuntos Exteriores, el príncipe Talleyrand, diciéndole “de la merde dans un bas de soie” (mierda en una media de seda). Esa frase me vino a la mente al ver al ministro de Asuntos Exteriores de Donald Trump, el secretario de Estado norteamericano Marco Rubio, pronunciar su discurso en la Conferencia de Seguridad de Múnich de este año.
El año pasado, el vicepresidente estadounidense, JD Vance, voló a Múnich para reprender a los líderes europeos en su cara, atacando las políticas de inmigración de la Unión Europea, las regulaciones sobre el discurso de odio y los esfuerzos por mantener a la extrema derecha fuera del poder. Rubio es Vance con medias de seda. Transmitió prácticamente el mismo mensaje, esta vez envuelto en gasas diplomáticas.
En 2016, Rubio calificó a Trump de “estafador”, al que no se le podían confiar los códigos nucleares. Ahora Rubio es el principal diplomático de Trump -y acaba de presidir, sin protestar, la expiración del último acuerdo que limitaba las armas nucleares rusas y estadounidenses.
La traición de Rubio consigo mismo ha sido tan absoluta que equivale a una calificación profesional. En el Washington de Trump, haber tenido alguna vez principios y haberlos descartado públicamente es una prueba más confiable de servilismo que directamente no haber tenido principios.
En Múnich, Rubio saturó su discurso con palabras tranquilizadoras. Estados Unidos y Europa “son el uno para el otro”. Sus destinos están “entrelazados”. Estados Unidos quiere una “alianza revitalizada” y una “Europa fuerte”. Pero lo que mantiene unido a Occidente, según él, no son las instituciones compartidas, ni el compromiso común con el estado de derecho, ni la arquitectura de tratados y cooperación multilateral de la posguerra. Es “la historia compartida, la fe cristiana, la cultura, el patrimonio, el idioma, la ascendencia y los sacrificios que nuestros antepasados hicieron juntos”.
Las palabras clave aquí son “fe cristiana” y “ascendencia”. Rubio definió el vínculo transatlántico no como una alianza política, sino como un linaje civilizatorio -un parentesco arraigado en la religión y la consanguinidad-. “Siempre seremos hijos de Europa”, afirmó, una formulación que presenta la relación no como un contrato entre soberanos iguales, sino como un vínculo familiar -heredado, no elegido, con una lealtad que se deriva de la biología, no de principios y objetivos compartidos.
Este no es el lenguaje de la OTAN. Es el lenguaje del “choque de civilizaciones” del difunto Samuel Huntington -la idea de que Occidente no se define por lo que cree, sino por lo que es; no por sus principios, sino por sus linajes y su fe-. Es una fórmula que construye un muro imaginario alrededor de la Europa cristiana y su diáspora y deja afuera a los ciudadanos musulmanes de Europa, a las tradiciones seculares de la República Francesa y a las realidades multiconfesionales de la vida europea moderna.
La promesa de Rubio de un futuro “tan orgulloso, tan soberano y tan vital como el pasado de nuestra civilización” delata sus intenciones. El futuro que describe no es una visión de algo que se va a construir. Es el pasado proyectado hacia el futuro -la nostalgia disfrazada de objetivo.
Así las cosas, lo que se escondía bajo la seda era la misma letanía que Vance pronunció el año pasado, ahora expresada con mejores modales: Europa ha externalizado su soberanía a instituciones multilaterales. Europa es cautiva de un “culto al clima” que empobrece a sus ciudadanos. La inmigración masiva amenaza con “borrar la civilización”.
Por supuesto, el término “borrar la civilización” no es una descripción neutral del cambio demográfico. Es el vocabulario de la extrema derecha europea, obsesionada con el “gran reemplazo” de los blancos. En Múnich, Rubio otorgó la legitimidad del gobierno más poderoso del mundo a una narrativa que enmarca la inmigración no como un reto político que hay que gestionar, sino como una amenaza existencial para la supervivencia de la civilización occidental -un encuadre que la sitúa más allá del alcance del compromiso o la restricción democrática.
El refinamiento de Rubio hizo que la frase fuera más peligrosa, no menos: expresada en el lenguaje de la preocupación compartida por el futuro de Europa, sonaba casi solícita, como si la administración Trump simplemente estuviera tratando de salvar a sus amigos de un peligro que eran demasiado educados para nombrar. Pero el efecto es reducir el espacio para la cooperación pragmática en materia de asilo, movilidad laboral e integración -el trabajo real que deben realizar los gobiernos europeos- y, al mismo tiempo, darles a los partidos nacionalistas europeos un respaldo que difícilmente podrían haber imaginado antes de Trump.
El uso casual que hace Rubio de la expresión despectiva “culto al clima” también merece atención -no por lo que dice sobre la política climática, sino por lo que revela sobre la vacuidad de las referencias de Rubio al futuro glorioso que su jefe afirma estar construyendo-. La política climática es, por definición, una inversión en el futuro -quizá la más trascendental que cualquier generación puede hacer-. Calificarla de culto, descartar los esfuerzos de mitigación climática como un delirio religioso, es una forma espectacular de decir que no vale la pena invertir en la habitabilidad futura del planeta.
Asimismo, la agenda de Rubio contaba una historia diferente a la de su retórica. El viernes, el día antes de su discurso, se saltó la reunión del Formato de Berlín sobre Ucrania -un encuentro en el que participaron el presidente de Ucrania, Volodymyr Zelensky, el presidente francés, Emmanuel Macron, el canciller alemán, Friedrich Merz, y los jefes de la Comisión Europea, el Consejo Europeo y la OTAN-. Después de su discurso, voló a Bratislava y Budapest para visitar a Robert Fico, de Eslovaquia, y a Viktor Orbán, de Hungría -los dos líderes más favorables a Rusia de la UE, a quienes Trump ha cortejado como aliados ideológicos y recientemente ha recibido en Mar-a-Lago.
Así pues, mientras Rubio le dijo a su audiencia en Múnich que Estados Unidos quiere una “Europa fuerte”, respalda públicamente a líderes que han hecho carrera atacando las instituciones europeas desde adentro, vetando la acción colectiva y cultivando vínculos con el presidente ruso, Vladimir Putin. Cuando se lo presionó para que diera una definición sobre Ucrania en la entrevista posterior al discurso, Rubio dejó escapar una formulación reveladora: Estados Unidos quiere un acuerdo con el que Ucrania pueda “convivir” y que Rusia pueda “aceptar”. La asimetría es la clave. Se espera que Ucrania aguante; se espera que Rusia quede satisfecha.
Rubio no voló de Múnich a Bratislava y Budapest para fortalecer la alianza transatlántica. Fue para mostrar cuál es la Europa prefiere Estados Unidos: no una Europa de defensa colectiva y soberanía compartida, sino una Europa de gobiernos que desafían a la UE, cortejan a Kremlin y llaman a esto soberanía.
Rusia y China estuvieron ausentes del discurso de Rubio. Los enemigos que identificó no fueron las grandes potencias autoritarias, sino la inmigración, la política climática y el multilateralismo que ha gobernado la alianza occidental desde 1945.
Wang Yi, ministro de Asuntos Exteriores de China, aprovechó con satisfacción esta oportunidad para argumentar que “ciertos países” que socavan la cooperación multilateral y reviven la mentalidad de la Guerra Fría son los principales responsables de la disfunción global actual -una reprimenda que habría sido más difícil de pronunciar si Rubio no hubiera descartado el orden institucional de la posguerra desde el mismo escenario.
Rubio no es Talleyrand. Mientras que Talleyrand servía a los intereses de Francia al tiempo que remodelaba el equilibrio de poder en Europa, Rubio sirve a un presidente que confunde la demolición con la fuerza y la nostalgia con la renovación. La media de seda suavizó el tono y halagó a la audiencia. Pero debajo de ella se escondía el mismo mensaje que Vance transmitió sin tapujos el año pasado -que Europa solo es útil si se somete, que la civilización occidental se define por la exclusión y que un futuro común solo es posible si se garantiza que nunca lo habrá. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Stephen Holmes, profesor de Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad de Nueva York y miembro Richard Holbrooke de la American Academy en Berlín, es coautor (junto con Ivan Krastev) de The Light that Failed: A Reckoning (Penguin Books, 2019).