La falacia de la zona de amortiguación de Israel

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Opinión
/ 9 abril 2026

En Gaza y el sur del Líbano, el mundo entero está viendo cómo Israel se apropia deliberadamente de grandes extensiones de territorio por la fuerza

Por Daoud Kuttab, Project Syndicate.

JERUSALÉN- Las zonas de amortiguación territoriales rara vez, por no decir nunca, proporcionan la paz y la seguridad que prometen sus defensores. Tras el colapso de la Unión Soviética, Ucrania se consideraba un cordón neutral entre Rusia y la OTAN. En cambio, se convirtió en una zona de disputas geopolíticas cada vez más encarnizadas, seguidas de una guerra abierta.

El primer ministro francés Georges Clemenceau cometió el mismo error al suponer que los nuevos Estados independientes de Europa Central y Oriental servirían de amortiguador frente a la invasión de la Rusia bolchevique. En cambio, fueron los primeros objetivos de Hitler y acabaron formando parte del Pacto de Varsovia tras su derrota.

En una era en la que los misiles balísticos, los drones y otros proyectiles pueden alcanzar objetivos estratégicos lejanos con una precisión cada vez mayor, la idea de una zona de amortiguación protectora no solo es errónea, sino que es una tontería.

Sin embargo, el ministro de Defensa israelí, Israel Katz, insiste en que las Fuerzas de Defensa de Israel deben ocupar una gran parte del sur del Líbano para proteger a los “residentes desplazados” que viven en el norte de Israel. Recientemente se jactó de que las tropas israelíes habían destruido cinco puentes sobre el río Litani, a unos 30 kilómetros (19 millas) de la frontera entre el Líbano e Israel, creando así una zona de amortiguación que se mantendrá “hasta que el norte de Israel [esté] a salvo”. Pero es poco probable que esta ocupación, una violación evidente del derecho internacional, logre sus objetivos declarados. En todo caso, dejará a los israelíes, especialmente a los soldados israelíes, más vulnerables.

Tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial, la comunidad internacional acordó que ningún país tiene permiso para arrebatar tierras a otros por la fuerza. La «inadmisibilidad de la adquisición de territorio mediante la guerra» ocupa un lugar destacado en el preámbulo de la Resolución 242 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que exigía la “retirada de las fuerzas armadas israelíes de los territorios ocupados en [junio de 1967]”. Sin embargo, en Gaza y el sur del Líbano, el mundo entero está viendo cómo Israel se apropia deliberadamente de grandes extensiones de territorio por la fuerza.

En Gaza, una de las zonas más densamente pobladas del mundo, el ejército israelí ocupa, según informes, más del 50 % del territorio. En el Líbano, Israel mantiene una ocupación indefinida de aproximadamente 850-1060 kilómetros cuadrados, casi el 10 % del territorio total del país. Y en Cisjordania, Israel lleva mucho tiempo insistiendo en que debe conservar el valle del Jordán al oeste del río como zona de amortiguación en cualquier acuerdo de paz.

Pero con los misiles y drones iraníes llegando a Tel Aviv, Beit Shemesh, Haifa y Dimona, y con los drones ucranianos llegando hasta lo más profundo de Rusia, la justificación de tales exigencias se ha derrumbado. Además, al presionar para ocupar aún más territorio, Israel corre el riesgo de convertir a la población civil local en objetivos en primera línea. Algunos críticos advierten incluso de una dinámica en la que los civiles servirían, en la práctica, como escudos humanos, lo que supondría entonces una bonanza política y mediática para los hasbaristas (propagandistas) israelíes. Al mismo tiempo, al ocupar el sur del Líbano, los propios soldados israelíes estarán más cerca de los combatientes de Hezbolá y, por lo tanto, correrán un mayor peligro.

Como ha demostrado el politólogo Dominic Tierney, el poder militar por sí solo rara vez gana guerras, porque los conflictos modernos son luchas políticas, sociales e ideológicas, no meras batallas tácticas. “Aunque un ejército dominante puede ganar batallas, asegurar el terreno y destruir fuerzas convencionales”, explica, “a menudo no logra crear una paz duradera ni alcanzar los objetivos políticos, lo que se conoce como “ganar la guerra”, porque no puede resolver problemas subyacentes como la falta de legitimidad, la insurgencia o la inestabilidad política profundamente arraigada”.

Lejos de reconocer estas limitaciones, Israel ya ha declarado que prohibirá el regreso de los ciudadanos libaneses que huyeron antes de que comenzara su última invasión terrestre. Esta política no es nada nueva. Desde 1948, Israel ha negado el derecho al retorno a unos 750 000 palestinos y sus descendientes, a pesar de las numerosas resoluciones de la ONU que le instan a ofrecer esta opción.

En lugar de apoderarse de más territorio donde siempre habrá oponentes, la estrategia más sensata es buscar un acuerdo político. Ya existen soluciones tanto para Gaza como para el Líbano, pero los políticos israelíes, especialmente el primer ministro Benjamin Netanyahu y su Gobierno, parecen más interesados en preservar el statu quo que en lograr avances reales.

Como señaló hace mucho tiempo el antiguo estratega chino Sun Tzu, dañar al enemigo o simplemente tomar territorio no constituye necesariamente una victoria. Por el contrario, un enemigo desplazado puede regresar con una determinación aún mayor, o el coste de mantener el nuevo territorio puede resultar insostenible. En un entorno competitivo y hostil, un enemigo en retirada puede reagruparse, adaptar sus tácticas, adquirir nuevas tecnologías y, finalmente, contraatacar. La lucha nunca termina realmente.

Pero no hace falta recurrir a la sabiduría antigua para comprender que los países deberían aspirar a resolver las tensiones subyacentes en lugar de intentar crear zonas de amortiguación. Mantener el control de un territorio no borra a la otra parte. Los oponentes de Hezbolá dentro del Líbano y los líderes palestinos que se oponen a Hamás se han ofrecido a cooperar con Israel, pero este se ha negado rotundamente. Sus líderes actuales parecen creer que el conflicto y la ocupación perpetuos sirven mejor a sus intereses que las concesiones políticas impopulares que la paz requeriría.

Pero la paz es la única opción sostenible. La seguridad en Gaza y el Líbano no puede lograrse mediante zonas de amortiguación, sino únicamente a través de un acuerdo político que aborde las necesidades humanitarias y las causas profundas del conflicto. Eso requiere respeto por el derecho internacional, rendición de cuentas por las acciones que afectan a la población civil de todas las partes y una disposición genuina a negociar. La alternativa son ciclos interminables de violencia. Copyright: Project Syndicate, 2026.

Daoud Kuttab, exprofesor de periodismo en la Universidad de Princeton, es autor de State of Palestine NOW.

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