La insoportable levedad del ser
Plácido DETONA Una parábola alrededor de esta obra inmortal del escritor checo, Milan Kundera, publicada en 1984
¿Les platico?
Ayer que cumplí años, un amigo a quien ya considero mi hermano, y un hijo tan sabio como si fuera mi padre reencarnado, fueron los únicos que se me acercaron para darme uno de esos abrazos que tanto bien me hacen y que busco con tanta fruición.
En abril de 1986 viajé a Carmel-by-the-Sea, California, cuando Clint Eastwood fue alcalde de ese pueblito de apenas 3,000 habitantes que vivían ahí en esa época.
Clint tenía 56 años. Hoy, a duras penas vive sus 96, y en estos aciagos días que he tenido, “gracias” a una “santa” que es una diabla consumada, he vuelto a leer casi de un solo tiro las 336 páginas de “La insoportable levedad del ser”.
Al terminarlo, pensé en ese legendario actor... y en otra persona a la que quiero muchísimo.
Libros como éste los devoro con apetito incontenible y ahora que lo tuve de nuevo en mis manos 30 años después, vinieron a mi cabeza dos personas: Clint y mi Tío Héctor Kalifa.
No tengo manera de contactar al actor, pero a mi Tío sí y con todo el respeto, cariño y admiración que le tengo, le dedico este artículo.
¡Arre!
”La Insoportable levedad del ser” explora la dualidad entre el peso, el compromiso y el significado de nuestras acciones, enfrentadas a la levedad, que significa vivir sin ataduras ni consecuencias trascendentales.
El libro tiene como telón de fondo, la célebre Primavera de Praga, pero podría ocurrir en cualquier ciudad.
Trata de un hombre y sus dudas existenciales respecto a la vida en pareja, que transmutan irremediablemente en conflictos sexuales y afectivos.
Noveladamente, relata escenas de la vida cotidiana que confrontan la inutilidad de la existencia, con la teoría de otro genio checo, Nietzsche, acerca de que todo lo vivido ha de repetirse eternamente. A eso, Kundera le llama “el eterno retorno”.
”El hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive solo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni enmendarla en sus vidas posteriores”.
Esta es una brutal sentencia de Kundera en su libro sobre la levedad del ser.Me ocupo ahora de Clint Eastwood, que destroza las cómodas ilusiones sobre envejecer, y se niega a endulzar la cruda realidad.
El cuerpo cambia con el tiempo.
Los huesos, los cartílagos, se vuelven menos flexibles y más frágiles.
Consecuentemente, los movimientos se hacen más lentos y la luz puede llegar a molestar los ojos.
El solo hecho de respirar requiere más esfuerzo. Y esto es solo el comienzo.
Hay mucha dureza en dicho tema, que muchos prefieren evitar y algunos usan para agraviar (insultar, es la palabra que mejor queda) a quien es más viejo que ellos... o ellas.
- La vejez no ofrece frases consoladoras como que los años de oro son de una serenidad infinita.
- La vejez es un lienzo crudo e implacable de lo que pasa cuando un ser humano se aproxima al siglo de existencia.
El cuerpo ya no se mueve; se fricciona constantemente con todo lo que toca y se va desvaneciendo poco a poco, irremediable y dolorosamente.
El cuerpo ya no coopera como antes, y cada paso requiere de toda una estrategia.Pero eso no es lo grave; el deterioro estructural del esqueleto y los músculos es solo la superficie del verdadero drama.
El peso de la vejez es emocional y psicológico.
Mientras más años cumplimos, nuestro mundo social resiente una transformación profunda y dolorosa.
Volteamos a nuestro alrededor para darnos cuenta de que la mayoría de quienes nos conocieron de joven, que formaron parte de nuestra historia, que celebraron nuestras ocurrencias y nuestra lucha por la vida, ya no están.
Las caras conocidas son cada vez menos; el teléfono deja de sonar y los días se hacen tan lentos que casi se arrastran.
El trago más amargo no es el dolor físico; es la ausencia de alguien que de verdad quiera escucharnos. De alguien que no se voltee al otro lado o ponga cara de enfado cuando preguntamos dos veces la misma cosa.
Cuando el presente se vuelve silencioso y aislado, la mente busca refugiarse en el pasado.
Cuando la fuerza se va extinguiendo, buscamos el abrazo, el arrope, la mirada dulce, una palabra, un gesto cariñoso.
Navegar entre viejos recuerdos no es señal de debilidad mental; es una búsqueda de continuidad, permanencia y presencia.
Por eso repetimos de pronto las mismas anécdotas, agregando pequeñas variantes y volviendo una y otra vez a los mismos temas.
No lo hacemos para convencer a nadie, sino solo para sentir que seguimos conectados a algo... o a alguien.
No lo hacemos para presumir o dominar la conversación. Tampoco para controlar o mandar.
No lo hacemos por narcisistas, como a menudo se nos llama con un dejo de despiadada crítica destructiva.
Lo hacemos para anclarnos a una realidad donde antes fuimos más activos, más amados y relevantes.
Nos enfrentamos al aburrimiento, al desdén, a la indiferencia que se refleja en los ojos del otro o de la otra, aunque la pareja sea apenas 15 años más joven.
Al cumplir años, somos felicitados solo por sobrevivir y cada vez que los hijos se despiden, creen que será la última vez que nos verán vivos.
La cultura actual considera a la longevidad como un trofeo.
Los más jóvenes ignoran o les vale madre la soledad aplastante que acompaña la supervivencia de los viejos.
En las redes, en los celulares, los jóvenes alaban lo rápido y lo híperconectado, cosas que suelen estar lejos de los adultos.
Querido lector, ahora que cumplí un año más de vida, no quiero envejecer y he adoptado la siguiente frase -o sentencia- como un karma: Velocidad da felicidad.
Todo lo hago velozmente, menos comer... y otras cositas...
Los viejos son las bibliotecas vivientes de nuestra existencia y están cargados de historias que dieron forma al mundo por el que hoy caminamos.
Cuando elegimos ir más despacio, dejar a un lado las distracciones y escucharlos de verdad, sucede algo mágico: Cerramos la brecha generacional.Las arrugas en los rostros no son solo señales de envejecimiento: son mapas de vidas.
Por todo esto, es un privilegio para mí, sentarme a tu lado, querido Tío Héctor, y escuchar las historias de tu viaje por esta vida. Te prometo seguir haciéndolo, pase lo que pase.
Cajón Desastre:
- Rodrigo, mi hijo mayor, toca todos los instrumentos musicales y yo, ninguno.
- Santiago, el menor, es un virtuoso de la guitarra, mientras que yo no logro arrancarle ningún acorde al instrumento.
- ¿De dónde desarrollaron esas habilidades?
- Rodrigo me acaba de develar el misterio: Cuando me acompañaban a algún pendiente, a los que querían ir conmigo los dejaba dentro del auto mientras hacía mis gestiones y les ponía un cassette de mi música favorita, para que la escucharan en tanto regresaba.
- Volvía con ellos y seguíamos escuchando la música que me gustaba, hasta que llegábamos a nuestro destino y deliberadamente conducía más despacio, para que oyeran mi música lo más posible.
- Rodrigo dice que esas fueron las clases de inducción musical que recibieron de mí.
- Y a propósito de mi cumpleaños, yo no tengo los años que cumplí este 4 de julio; esos ya se fueron, esos ya los viví. Tengo los que me quedan...
- Por lo pronto hoy, que tengan ustedes un plácido domingo.