La izquierda como identidad de género
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Hace unos días la Suprema Corte de Justicia emitió jurisprudencia que permite a una persona solicitar la corrección de su partida de nacimiento, modificándola con fecha posterior a la original; así su titular ostentaría legalmente una edad menor a la que le asignó al nacer el Registro Civil.
La nota generó interpretaciones maliciosas y a la ligera, sobre todo de medios sensacionalistas que la tomaron como el nuevo capricho de la posmodernidad, afirmando que en adelante podría cualquiera ajustar su edad legal a su antojo o conveniencia, argumentando simplemente que el cambio reflejaría mejor una ‘verdad personal’:
“¡Nací en 1957, pero veo a Dua Lipa y me dan ganas de perrear, su Señoría!”.
La verdad es un tanto distinta: Se trata de permitir modificaciones para casos muy específicos en los que se puede probar una discrepancia entre lo consignado por el Registro Civil y la realidad. La posibilidad, indicó el tribunal, no está abierta a todos: Se trata de evitar prácticas de mala fe.
Suerte con eso, pues por honestas que sean las intenciones de corregir disonancias que quizás le hacen la vida difícil a algunas personas, se abre una rendija legal para que se cuelen por allí los oportunistas -que nunca faltan- y ya con antecedente legal, los ‘posmo’ querrán también hacer de las suyas.
No me extrañaría en absoluto que, amparados en las conquistas de quienes han ganado batallas legales para el reconocimiento de alguna identidad sexual distinta a la que determinó su biología, salga alguien a reclamar “su derecho” a ser tratado oficialmente como una persona mayor o menor, según la chifladura o conveniencia que cada caso presente.
El asunto es delicado. Entiendo (o trato de entender) el sufrimiento de una persona que no se identifica con su cuerpo y me parece bien que el Estado y la sociedad ayudemos en lo posible a aminorar esta carga, ello incluye el cambio legal de sexo. Pero existen -según yo- dos instancias en las que no nos podemos permitir tal condescendencia: Una es la atención médica; nuestro doctor requiere saber inexcusablemente con qué venimos al mundo (pito o chocho, para decirlo en términos claros) y allí no vale nuestro sentir, porque quien nació mujer nunca va a desarrollar cáncer de próstata.
El otro trámite que considero debe permanecer inalterable y reflejar una verdad objetiva, completamente ajena a nuestros deseos, sentimientos o parecer, es precisamente el registro de nacimiento. La descripción de cada ser humano que ingresa a este mundo necesita ser puntual, simplemente para preservar una verdad histórica (el bebé tal, nacido de tal madre, en tal fecha, en tal lugar, presentaba características tales...). Ya si después quiere alguien cambiar su nombre, su sexo o su género (que no es lo mismo), o si desea asumirse ‘no binarie’ en el INE, en la licencia de manejo o en su acta de matrimonio, que sea lo que gusten. Pero por un asunto de certidumbre legal, necesitamos que las actas de nacimiento sean fieles a una realidad objetiva.
Es francamente muy difícil todo esto y puedo estar equivocado. Necesita discutirse, aunque por desgracia la discusión hoy se limita a sepultar en vituperios, a hacer callar y a cancelar a cualquiera que se atreva a disentir, o a lanzar el más tímido cuestionamiento hacia la corriente que se suponía era la más liberal pero se está volviendo francamente fascistoide.
Así le pasó a J.K. Rowling, la autora de Harry Potter, que ni siquiera fue invitada a la celebración por el vigésimo aniversario del lanzamiento de la saga cinematográfica basada en los libros ¡que ella escribió! ¿Por qué? Porque se atrevió a decir que existe una realidad biológica innegable y que al ignorarla se están cometiendo nuevos actos discriminatorios en contra de quienes nacieron mujeres, a quienes algunos grupos progres (en favor de los “trans”) reducen al rótulo de “personas que menstrúan”.
Bueno, pues la comunidad “trans” casi que anda buscando a la autora para quemarla, porque no parece bastarles con el respeto y el reconocimiento a sus derechos, necesitan además la más irrestricta incondicionalidad y sumisión a sus postulados, o de lo contrario uno se convierte en su enemigo.
Bienvenidex a la era del posmodernismo, una en la que no hay una verdad objetiva de la que podamos partir, sino que todo es relativo, todo está sujeto a nuestros sentimientos o a nuestra personal narrativa, lo que vuelve todas las ideas igualmente válidas (excepto las que contradicen esto). Los datos, los hechos demostrables valen lo mismo que las opiniones. La biología, la genética, la edad, todo es construcción social, lo importante es “mi sentir”.
Díganselo al individuo que fue sentenciado a cumplir una condena de varios años de prisión, no sin antes iniciar un trámite legal de cambio de sexo, mismo que le fue concedido, así que fue ingresado a un reclusorio femenil (historia real de hace un par de años, búsquela).
Ya nomás para rematar, otro igual de vivo fue el exgobernador de Coahuila, diputado plurinominal, líder de la bancada tricolor en la Cámara de Diputados, Rubén Moreira, quien amaneció un día con la plena convicción de que no era más un vividor del Revolucionario Institucional.
Sin importar sus antecedentes, todo el historial de corruptelas, toda la cauda de inmundicias que le persigue y perseguirá per ‘sécuola seculearon’, pese a su abyecta y arraigada costumbre de alinearse ante quien detenta el poder -sin mediar ideología cual ninguna- y pese a su propensión a corromperse por el dinero, un buen día hace no mucho decidió salir del closet y declarar que se identificaba mejor como un político de centro izquierda.
No importándole que lo conocemos como un agachón y sumiso ante las políticas neoliberales alentadas por los gobiernos emanados de su partido, como tampoco que figure en esa histórica foto de “el nuevo PRI” que presumió Enrique Peña Nieto a inicio de su sexenio, que concentra a lo más deshonesto de la política, el priismo más corrosivo, ruin y destructivo de toda su historia, negando toda la realidad objetiva manifestó: “...somos un partido de centro izquierda. Somos social demócratas, feministas, ambientalistas, enemigos de la discriminación, progresistas, aliados de las causas populares. Le dimos una patada al neoliberalismo que nos impusieron desde el poder”.
¡Dafoc! Ahora resulta que él y su partido son defensores de las mejores causas, la verdadera opción de la izquierda y la alternativa de cambio para la nación que han violado tumultuariamente por décadas.
Ya ve cómo hay una realidad objetiva que tomar en cuenta, lo mismo que la naturaleza de los individuos e incluso sus intenciones -y no solo su deseo-, a la hora de reconocer la identidad que un individuo reclama. Lo siento, pero Rubén Moreira está más cerca de ser mujer, de ser dromedario, de ser un vampiro-drag-esquimal- con síndrome de tourette, antes que ser persona de izquierda.