La partitura del césped (Ópera en noventa minutos) I

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Opinión
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Hay locutores, narradores y analistas de fútbol que se esmeran en utilizar analogías relacionadas con la música para enfatizar y ensalzar el deslizamiento del balón sobre el pasto humeante. Expresiones como “(...) imponen su cadencia para minimizar el avance del oponente”, “la armonía del conjunto es evidente en todas sus líneas”, “cantamos el gol”, las líneas se superponen en modo armonioso”, “se ha incrementado el ritmo del juego”, etcétera.

Crecí escuchando y viendo las crónicas de Ángel Fernández, Fernando Marcos y Gerardo Peña Kegel, incomparables e inolvidables narradores dueños de un léxico cargado de lirismo, conceptos tácticos profundos y una lectura precisa y aguda del despliegue técnico de las oncenas disputándose la tenencia del balón. A Ángel Fernández le debemos la maravillosa frase “¡A todos los que aman y viven el fútbol...!”. Él bautizó a numerosos equipos y estadios: le puso “Las Águilas” al América, “La Máquina” al Cruz Azul, “Los de la franja” al Puebla, y nombró al Estadio Azteca como “El Coloso de Santa Úrsula”.

El escritor mexicano Juan Villoro ha llegado a reconocer en su libro Los once de la tribu (1995), que su sensibilidad hacia las palabras, la escritura y la crónica no nació precisamente de leer a grandes novelistas, sino de escuchar a Ángel Fernández por la radio y la televisión durante su infancia, e incluso como el origen de su propia educación literaria. En Dios es redondo (2006), Villoro rememora cómo las narraciones de Ángel Fernández transformaban los partidos aburridos en gestas épicas y poéticas llenas de barroquismo. En Balón dividido (2014), Juan Villoro retorna al recuerdo de Ángel Fernández evocando el ingenio y el malabarismo lingüístico con el que hacía gala en frases luminosas como “¡El juego del hombre!”, o apodos como “Superman” Marín y “Confesor” Cornero. Villoro remata reconociendo en el habla de Fernández que el fútbol era una cuestión de la imaginación y las palabras, y no solo de lo que acontecía en la cancha. De Don Fernando Marcos recuerdo su talante grave, de habla concisa y análisis puntual y meridiano. No poseía el barroquismo gongorino de Ángel Fernández, su habla era más quevediana al priorizar la agudeza de la descripción de los esquemas tácticos, el juego de palabras y la doble intención. Su habla se caracterizaba por un vocabulario impecable, una profunda intelectualidad y un hondo conocimiento de causa, gracias a su oficio de futbolista, árbitro y director técnico, antes de estar frente a los micrófonos. La apoteosis de sus crónicas era su esperada editorial en cuatro palabras, en la que mostraba su enorme capacidad de síntesis, abstracción e ingenio: resumía todo un partido, una polémica táctica, o una victoria y derrota utilizando exactamente cuatro palabras.

Recuerdo su frase más famosa: “El último minuto también tiene 60 segundos”. Pienso, sin lugar a duda, que la cumbre de la intelectualización del futbol está representada en los futbolistas argentinos César Luis Menotti y Jorge Valdano. Ambos demolieron el estereotipo del futbolista rústico, cantinflero, de lenguaje limitado y centrado en la descripción casi banal del resultado de un partido. Tanto el “Flaco” Menotti como su compatriota Valdano, elevaron el juego a la categoría de hecho cultural, artístico y filosófico. El “Flaco” Menotti fue amigo cercano de poetas, músicos de tango (como Osvaldo Pugliese), y escritores. Era un conferencista avezado, sus charlas eran cátedras donde el balón era un acicate para disertar sobre la condición humana. Jorge Valdano, por su parte, alcanzó niveles de sofisticación literaria en sus comentarios y análisis futbolísticos, tanto en la televisión como en la prensa. Es autor de varios libros donde analiza el fútbol con una prosa digna de un ensayista. Junto con Menotti, Valdano muestra al aficionado común y corriente que el fútbol no es solamente un juego de once contra once, sino una manifestación artística, un contrapunto de tácticas, un juego de imaginación y un divertimento gozoso.

CODA

“Un equipo es, ante todo, un estado de ánimo. El fútbol es una ordenación del espacio y del tiempo, pero sobre todo, es una manifestación cultural”. César Luis Menotti.

Músico, escritor, catedrático, gestor cultural y fotógrafo. Autor de Fabulaciones del sonido (Celosía, UAdeC. 2017). Es licenciado en Letras Españolas (UAdeC, 1995) y maestro en Música (Rice University, 2006). Su vasto repertorio como instrumentista de clavecín, órgano y piano abarca todos los géneros musicales escritos para estos instrumentos; se ha presentado como concertista en numerosos auditorios de México y el extranjero. Catedrático de tiempo completo en la UAdeC desde hace 30 años, donde se ha desempeñado como director de la Escuela Superior de Música, Coordinador general de la Coordinación de Difusión y Patrimonio Cultural y, actualmente, es el director del Recinto del Patrimonio Cultural Universitario. En 2017 inició el proyecto personal “Arte de la Fuga”, en el que se propone interpretar en vivo y en diversos auditorios la obra integral de Bach para el clavecín y el órgano.

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