La pelea por los votos de la elección intermedia estadounidense
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Todo indica una vez más que la campaña para las elecciones intermedias sacará lo peor de ambos partidos
Por Reed Galen, Project Syndicate.
WASHINGTON- Las guerras de rediseño de distritos electorales en los Estados Unidos ya superan las fantasías más alocadas del Partido Republicano. Legislaturas de estado cautivas y poderes judiciales sumisos han convertido lo que comenzó como un intento del Partido Republicano de mitigar pérdidas en las elecciones intermedias en un choque existencial sobre el significado de la representación política.
El “gerrymandering” (la práctica de diseñar distritos legislativos para beneficiar a un partido) es una de las prácticas más antiguas de la república estadounidense. Debe su nombre a uno de los «padres fundadores» de los Estados Unidos y luego quinto vicepresidente, Elbridge Gerry. En 1812, siendo gobernador de Massachusetts, Gerry impulsó una ley que rediseñaba los distritos senatoriales para otorgar una representación exagerada al Partido Demócrata‑Republicano (antecesor del Partido Demócrata actual). Uno de los distritos se parecía a una salamandra (salamander), y eso sirvió de inspiración al periódico que acuñó el término.
En las últimas décadas, el gerrymandering ha sido en gran medida exclusividad de los republicanos. Durante la presidencia de Barack Obama, el Partido Republicano acumuló casi mil escaños en legislaturas de estados; eso convirtió órganos disputados en supermayorías conservadoras que cambiaron el carácter de los gobiernos de estado. Los demócratas también han hecho gerrymandering (presuntamente en nombre de la «justicia»), pero en general no han prestado mucha atención a las elecciones legislativas de los estados, en la convicción de que la Casa Blanca y el Congreso son los resortes de poder más importantes.
En un nivel más fundamental, los demócratas siempre subestimaron lo que estaban dispuestos a hacer sus oponentes republicanos por el poder. Este error se ha vuelto más patente desde que hace un decenio el presidente Donald Trump tomó el control del Partido Republicano: desde ese momento, conseguir el poder, consolidarlo y expandirlo ha sido el único tema en la agenda del partido.
El año pasado, después de que varios estados bajo gobierno republicano intentaron o consiguieron aprobar nuevos trazados de distritos legislativos para aumentar la ventaja electoral del Partido Republicano antes de las elecciones intermedias de noviembre, los demócratas decidieron combatir el fuego con fuego. En una rara muestra de partidismo en estado puro, California aprobó mediante referéndum popular la Ley de Respuesta a la Manipulación Electoral, que eliminó casi todos los escaños republicanos de la delegación californiana al Congreso.
Pero en esta lid, una vez más los demócratas no ven ni el bosque ni los árboles. Para empezar, no todas las incursiones demócratas en el gerrymandering dieron los resultados deseados. Cuando Virginia plebiscitó una enmienda constitucional que aseguraría al Partido Demócrata diez de los once escaños del estado en la Cámara de Representantes, la Corte Suprema del estado anuló la medida por motivos técnicos, con lo que se mantiene la división original de la delegación (seis más cinco).
Luego el poder judicial dio a los demócratas un golpe peor. Los cuestionamientos al gerrymandering suelen citar la Ley de Derechos Electorales (1965), pensada para proteger el derecho al voto de la ciudadanía. Pero la Corte Suprema de los Estados Unidos lleva diez años desvirtuándola; y el mes pasado, su mayoría conservadora le dio el golpe de gracia con la anulación en la práctica de su sección segunda, que prohíbe la discriminación racial en las prácticas o procedimientos electorales.
A pocos minutos del anuncio de la sentencia, ya había varios estados republicanos desmantelando distritos de mayoría negra. El gobernador republicano de Luisiana, Jeff Landry, incluso llegó a suspender por orden ejecutiva las primarias para el Congreso del estado (que ya estaban en marcha) para poder rediseñar los distritos.
Negar los derechos electorales de ciudadanos que ya habían votado fue una medida inédita y sin ninguna justificación. Landry se limitó a emitir el decreto (con vagas alusiones a «proteger la seguridad de los votantes, la participación y la integridad del proceso») y los funcionarios electorales locales lo acataron; esto resalta la vulnerabilidad de los procesos electorales en Estados Unidos, que son distribuidos y carecen de fondos y personal suficientes.
Todo indica una vez más que la campaña para las elecciones intermedias sacará lo peor de ambos partidos. Según Ballotpedia, alrededor del 10 % de los 435 escaños de la Cámara de Representantes son «terreno disputado». Es un tema bipartidario e intencional, ya que ambos partidos presentan a los votantes argumentos débiles. Los republicanos quieren hacerles creer que con Trump, el mundo es más seguro, la economía es más sólida y los estadounidenses están mejor. Los demócratas otra vez están centrando su campaña en lo procedimental, con promesas de cambiar las reglas de juego mediante reformas y leyes.
Pero los demócratas podrían hacer las cosas mejor. Trump tiene un alto nivel de rechazo (una de cuyas razones es la guerra en Irán, que agravó una crisis de costo de vida), y esto da a los demócratas una ventaja electoral enorme entre los votantes independientes. Pero el partido todavía no es capaz de articular una visión coherente para los estadounidenses de clase media y trabajadora.
Para colmo de males, en los últimos dieciocho meses los demócratas han mostrado una y otra vez falta de voluntad o capacidad para actuar como un verdadero partido opositor. Es así que incluso declaraciones audaces (como la reciente afirmación del líder de la minoría en la Cámara de Representantes, Hakeem Jeffries, de que “vamos a ganar en noviembre” y luego “aplastaremos” a los “extremistas de ultraderecha”) carecen de credibilidad. (Demócratas, el que mucho promete...). Si a esto se le suma la derrota judicial en Virginia y la destrucción de la Ley del Derecho al Voto, se entiende por qué los donantes y activistas demócratas están otra vez desanimados.
Por supuesto, los republicanos tampoco ofrecen un mensaje convincente a las clases media y trabajadora de Estados Unidos. A falta de un programa atractivo basado en una visión coherente y constructiva para el país, lo único que les queda a ambos partidos es apelar a tácticas. Esa es la triste lección de las guerras de rediseño de distritos. Como de costumbre, los votantes estadounidenses solo tienen dos opciones: malo o peor. Elijan lo que elijan en noviembre, los problemas más acuciantes de Estados Unidos seguirán sin resolverse. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Reed Galen es cofundador de The Lincoln Project, presidente de JoinTheUnion.us (una coalición dedicada a defender la democracia estadounidense y derrotar a candidatos autoritarios) y fundador del Civic Forum.