La pobreza y el poder
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Un indiscreto le preguntó a don Artemio de Valle Arizpe: “¿Cuántos años tiene?”. Respondió el escritor saltillense: “Perdone que no se lo diga. No me gusta hablar de mis enemigos”. Yo no oculto mi edad: 88 años. Por ellos doy gracias al Misterio, pues los he vivido plenamente, gozosamente, ávidamente. He sido feliz, y he procurado dar felicidad a los demás. Busqué hacer mía la máxima propuesta por San Agustín, gran pecador, gran santo: “Ama, y haz lo que quieras”. Espero llegar a los 90 años, no importa que me haga viejo. Digo todo esto por la señorita Himenia, célibe. Una amiga suya le contó: “Estoy cumpliendo 39 años”. Declaró Himenia: “Yo también”. “Sí –acotó la amiga–, pero yo los estoy cumpliendo por primera vez”... Capronio, sujeto desconsiderado, sale cada día con una nueva desconsideración. Su esposa le comentó ayer: “Dice el autor de este libro que antiguamente, en algunas regiones de la India, la esposa de un difunto era arrojada viva a la hoguera donde ardía el cadáver de su marido, para que lo acompañara eternamente”. “¡Qué barbaridad! –exclamó Capronio, consternado–. ¡Pobre hombre!”... La triste verdad es que López Obrador compró a los pobres de México. “Bienaventurados los pobres...”. Si esa frase alude a la pobreza material, es demagogia. Demagogia divina, quizá, pero demagogia al fin y al cabo. El pobre no está bendecido: está jodido. Quien vive al día, el que no tiene para amanecer mañana, se vuelve mercadería fácil para que se apropie de ella aquel que puede darle una limosna mensual de mil 500 pesos. Fue lo que hizo AMLO con intención aviesa; es lo que hace que Morena siga en el poder. En tiempos de la dominación priista los pobres eran súbditos del Estado a través de líderes, tanto obreros como campesinos, entregados al gobierno. Ahora son mascotas de un embaucador y su partido; carne para acarreos y elecciones, dócil clientela de señor feudal. Donde hay pobreza hay ignorancia, y donde hay ignorancia no puede haber democracia verdadera. Sé bien que estas palabras no son para ser inscritas en bronce eterno o mármol duradero, y ni siquiera en plastilina verde. Son efímeras, fugaces, pasajeras. Se les puede aplicar sin desacato la sentencia de don Cipriano Briones Puebla, mi sabio jefe de redacción en “El Sol del Norte”, antiguo periódico de mi ciudad, Saltillo: “Las verdades y las mentiras periodísticas duran 24 horas”. Desde un sitial un poco más elevado postulaba Churchill: “No hay nada más viejo que el periódico de ayer”. Incluso así, las palabras que he dicho sobre la pobreza, aunque sean pobres, son verdaderas. Espero que la verdad no las haga ser menos interesantes... El cuento que cierra hoy el telón de esta columna, si bien puede ser tachado de impudente, posee cierto sabor medieval, como los que narraban los goliardos o los que relató Boccaccio en su Decamerón. Las personas afectadas por escrúpulos de moralina deben abstenerse de leerlo. En su lugar pueden pedir a otra persona que se los lea... Un grupo de antiguos monjes iban por el campo, y un azar venturoso, o desdichado, según las cosas se vean desde el punto de vista profano o religioso, los llevó a pasar cerca de un arroyuelo de claras y refrescantes linfas donde se estaban bañando varias jóvenes mujeres de alabastrinos y torneados cuerpos que las aguas alcanzaban a cubrir sólo hasta un poco más arriba de los pies. Sin poder apartar los ojos de esas hermosuras –la carne es débil; la carne es poderosa– el abad de los monjes les dijo: “Confesémoslo, hermanos. Si los sagrados hábitos que vestimos fueran de bronce, ¡qué de campanadas se estarían oyendo ahora!”. (No le entendí)... FIN.