La visa: pasaporte al calabozo de Mickey Mouse
La efectividad del visado actual es nula; la desesperanza, absoluta
Viajar a los Estados Unidos de América solía venderse como el pináculo del éxito aspiracional. Hoy, ese pedazo de plástico pegado al pasaporte sirve principalmente para pagar una tasa consular exorbitante y ensayar sonrisas sumisas ante oficiales migratorios con complejo de semidioses. Quien les escribe, cronista por desgracia y observador de las miserias humanas por vocación, ha perdido la poca fe remanente en ese trámite burocrático. La efectividad del visado actual es nula; la desesperanza, absoluta. Da igual planear un viaje de turismo, buscar placer o intentar una cobertura periodística en el país autoproclamado faro de la libertad, aunque ostente el récord mundial en cuestionamientos sobre respeto a los derechos humanos.
Desde el advenimiento de Donald Trump, la lógica fronteriza sufrió una mutación irreversible. Visitar Disneyland o surtirse en Home Depot representan exactamente el mismo nivel de peligro mortal. Usted puede caminar felizmente portando su visa vigente, sus ahorros legales, su itinerario hotelero impecable. Nada importa. Una redada fortuita, un perfilamiento racial fortuito, un mal humor del agente de turno bastan para terminar hacinado en los galpones de detención del ICE. Aquellos centros de confinamiento temporal guardan sutiles similitudes arquitectónicas y morales con los campos de concentración del siglo pasado. Allí, el debido proceso es una leyenda urbana.
Resulta hilarante observar las filas interminables afuera de las embajadas. Cientos de personas implorando el privilegio de ser auscultadas hasta las entrañas. Como periodista, pretender ejercer el oficio allá equivale a colgarse un blanco en la espalda. Investigar, documentar o simplemente preguntar incomoda a una potencia obsesionada con muros reales e imaginarios. La tarjeta de entrada promete un sueño, pero entrega paranoia.
¿Por qué insistir en mendigar el acceso a un territorio donde nos consideran criminales en potencia? Propongo una alternativa saludable: miremos hacia horizontes más civilizados. Vayamos a Japón, exploremos Corea, recorramos Europa. Aquellos lares resplandecen hermosos, desbordan cultura ancestral, ofrecen transporte eficiente y, detalle crucial, nadie nos corretea con armas largas ni nos encierra en jaulas térmicas por el simple pecado de existir con otro acento. Disneyland tiene réplicas mejores; Home Depot no supera el encanto de los mercados asiáticos. Dejemos la visa estadounidense guardada en el cajón de las ilusiones rotas. Vivir sin miedo a la deportación arbitraria constituye el verdadero lujo contemporáneo.