Lo que los padres debemos saber sobre el TDAH
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Durante años, se consideró un simple fenómeno conductual o una cuestión de comportamiento. Sin embargo, investigaciones en neurociencia de las últimas décadas han modificado esta apreciación
El Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) es uno de los desórdenes del neurodesarrollo más prevalentes en la infancia y se sitúa entre las principales causas de problemas escolares, conductuales y sociales. En los últimos años ha crecido de manera notable el número de niños diagnosticados, tanto en el ámbito internacional como en México, lo que ha intensificado el interés por su etiología y sus implicaciones educativas.
En México, diversos estudios sugieren que entre el 5 y el 12 por ciento de los niños y adolescentes muestran síntomas compatibles con el TDAH, lo que puede implicar a millones de escolares. Buena parte de este incremento responde al desarrollo de metodologías y criterios de diagnóstico enfocados en el conocimiento y la detección temprana del trastorno. No obstante, persiste la preocupación por factores ambientales contemporáneos que podrían estar impactando negativamente la atención y las funciones ejecutivas, como por ejemplo la exposición a las pantallas, la disminución del juego libre, la inactividad física y la reducción de experiencias que permiten el fortalecimiento del autocontrol y de la autorregulación.
Durante años, el TDAH se consideró un simple fenómeno conductual o una cuestión de comportamiento. Sin embargo, investigaciones en neurociencia de las últimas décadas han modificado esta apreciación. Hoy sabemos que está asociado a diferencias en el desarrollo y el funcionamiento de determinadas áreas cerebrales relacionadas con la atención, el autocontrol y la regulación de la conducta.
Estudios basados en neuroimagen revelan que regiones del cerebro, como la corteza prefrontal, los ganglios basales y otras áreas relacionadas con las funciones ejecutivas, tienden a madurar más lentamente en muchos niños con TDAH; incluso algunas investigaciones indican que puede haber un déficit de aproximadamente tres años en el desarrollo cerebral. Este hallazgo explica por qué muchos padres y educadores los describen como menos maduros para su edad o incapaces de actuar de manera congruente conforme a lo que saben que deberían hacer.
Las nuevas evidencias también muestran que los niños con TDAH presentan diferencias en la actividad cerebral: en situaciones de concentración sostenida, sus patrones de activación resultan menos eficaces y no alcanzan la rapidez adecuada. Es como si la actividad cerebral fuera tan lenta que le costara alcanzar el nivel de activación requerido para mantener la atención durante sesiones largas, repetitivas o con muy poca motivación.
Otro descubrimiento fundamental se relaciona con los neurotransmisores, sobre todo con la dopamina y la norepinefrina. Estas sustancias químicas son las que dan cuenta de la motivación, el interés, la recompensa y la capacidad para mantener el esfuerzo. Cuando estos sistemas no funcionan con la eficiencia debida, los niños suelen optar por actividades muy estimulantes que ofrecen recompensas inmediatas, mientras que las tareas escolares ordinarias, que requieren un esfuerzo sostenido, resultan particularmente difíciles.
Quizás el hallazgo más importante es que el problema esencial del TDAH no es la atención. En la actualidad, muchos especialistas coinciden en que se trata, fundamentalmente, de un trastorno de las funciones ejecutivas, que incluye el control inhibitorio, la memoria de trabajo, la planificación, la organización, la gestión del tiempo, la regulación de las emociones y la capacidad para perseverar ante las tareas difíciles. En otras palabras, el menor no sólo enfrenta la distracción, sino dificultades para iniciar actividades, frenar impulsos, retener instrucciones, organizar materiales o tolerar la frustración.
Estas evidencias son de gran importancia para los padres: saber que su hijo no actúa así por pereza, desinterés o maldad permite entender y, por lo tanto, sustituir, por ejemplo, un castigo inadecuado por estrategias de entrenamiento. No obstante, esto no significa que se deba sobreprotegerlo, porque resolverle los problemas y evitar cualquier esfuerzo puede impedir que desarrolle las habilidades ejecutivas que requiere reforzar. Lo recomendable es ayudar adecuadamente mientras el niño aprende a organizarse, a esperar, a controlar sus emociones y a asumir responsabilidades que se ajusten a su edad.
Para los docentes, las evidencias muestran que comprender no es suficiente, sino que debe ir acompañado de un entrenamiento en un formato organizado. Los estudiantes con TDAH se benefician bastante de instrucciones claras, apoyos visuales, tareas divididas en pasos y de un feedback constante para reforzar el autocontrol. El objetivo nunca debe ser reducir la exigencia, sino guiar al estudiante para que desarrolle progresivamente su propia autonomía.
La buena noticia es que el encéfalo se transforma en gran medida durante la infancia. Cuando los padres y los maestros trabajan juntos para ayudar a un niño a reforzar sus funciones ejecutivas mediante experiencias de esfuerzo, responsabilidad, autorregulación y perseverancia, muchos niños logran grandes avances.
Estas nuevas evidencias nos muestran que el TDAH no es una cuestión categórica, sino que hay que entenderlo como algo que requiere comprensión, intervención temprana y entrenamiento neuroconductual si queremos que cada niño se desarrolle al máximo.