Los espacios del teatro: lo sagrado, lo profano y lo social en el edificio teatral.
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¿Tiene el teatro un espacio asignado? Podríamos decir que no tiene un espacio, y sin embargo tiene muchos espacios. Es cierto que el teatro se puede hacer en cualquier lugar, pero el acto espectatorial tiende a dotar ese “cualquier espacio” de una energía diferente a los ojos del público, lo cual, a final de cuentas, acaba volviéndolo un espacio especial.
Actualmente se considera que es la mirada del público la que define el espacio del teatro. Y si hago hincapié en la relativa “novedad” del asunto es porque en épocas anteriores otros factores culturales o sociales fueron los que determinaron el lugar para hacer teatro. Esto dota al tema de una serie de complejidades que quizás no consideremos cuando vamos a ver una obra. Después de todo, vamos a ver al artista no a la arquitectura del edificio.
Y, sin embargo, esa arquitectura en la que casi no pensamos como espectadores acaba teniendo gran importancia en la recepción de la obra. Algunas obras pierden su encanto en grandes espacios, mientras que en otras es difícil percibir la totalidad de la propuesta si miramos muy de cerca. Ciertamente no es lo mismo la pieza construida para mirarse desde múltiples ángulos y la que se piensa para un espectador con mirada frontal. Es de fundamental importancia, por ejemplo, para las curadurías de festivales y muestras pensar los espacios idóneos para cada obra, a riesgo de acabar haciendo un deservicio para el artista.
Pensar en el edificio de teatro es pensar en el teatro de esa época y en su función social. Los rituales de la antigüedad son los antecedentes de lo que es el teatro hoy; en esos primeros días, los espacios sagrados y de reunión eran los que albergaban al mismo. El teatro griego es tal vez uno de los primeros vestigios de arquitectura “especializada” para las artes escénicas en el sentido de que no se trataba de un templo per-se, sin embargo, su función era aún la del ritual, pues se sabe que lo que evolucionó para ser la Tragedia eran ritos dedicados al dios Dionisos. Por ello, en estos teatros todavía se conserva un espacio llamado thymele que hace la función de altar.
Los romanos, como en muchas cosas, imitaron a los griegos en su arquitectura para los teatros, y aunque es común pensar en el teatro tipo arena, la verdad es que los teatros romanos mantuvieron la misma estructura semicircular para sus auditorios, dejando la arena para otros eventos un poco menos “culturales”. De cualquier forma, en la época romana es que se comienza a desacralizar el teatro, cuyas obras ya no tratan solamente de los dioses, sino del hombre. Desaparece cualquier rastro de altar y es sustituido por elementos ornamentales y un foso de orquesta.
A la llegada de la Edad Media el teatro no sólo pierde su sacralidad sino también su espacio. El teatro profano se convierte en teatros itinerantes realizados en plazas y espacios públicos, mientras que la iglesia adopta sus propias manifestaciones escénicas en forma de procesiones y representaciones en los altares de las iglesias. El abandono del espacio especializado en favor del espacio público tiene el mismo objetivo en ambos bandos: la atracción – y en ocasiones adoctrinamiento – del público.
La explosión de propuestas arquitectónicas en cuanto a edificios teatrales se refiere se dio durante el Renacimiento. Surge el teatro isabelino en Inglaterra y los corrales de comedia en España, y poco después, las clases sociales altas reclaman un espacio en el que se les pueda ofrecer su distinguido lugar. El teatro a la italiana, el diseño de edificio teatral más conocido hoy en día, estaba hecho para ver y ser visto. De lo sagrado pasamos a lo profano y del escuchar el habla de los dioses al acto de performar la clase social de pertenencia, pronto, el teatro fue asociado con el elitismo.
Además de la obra, asistimos a la representación del lugar de cada quien en la sociedad. El arte o el edificio que alberga el arte; es difícil precisar cual influenció al otro. Más allá de las muchas revoluciones sociales que vinieron, casi tres siglos hicieron falta para que alguien se atreviera a cuestionar la estructura hegemónica de la arquitectura teatral con un ambicioso proyecto, un teatro total.