Los tiempos de Dios
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Aquel 5 de mayo, mientras en todo el país se celebraba un aniversario más de la Batalla de Puebla, una mujer emprendía su propia lucha en una cama de hospital para dar a luz a un bebé ochomesino. Esa heroica mujer se llama María de la Luz y es mi madre, y aquel bebé que muy apenas logró que se moviera la aguja de la báscula, soy yo.
Se creía entonces que un niño prematuro enfrentaría durante su vida un sinfín de problemas de salud, sin embargo, mis papás nunca tuvieron cuidados especiales hacia mí, salvo en aquella ocasión que me puse amarillo, o con excepción también del licuado diario de plátano con leche, cerelag y un huevo crudo que mi mamá me preparaba todos los días con tal de apoyarme en la esperanza de abandonar los primeros lugares de la fila en el colegio, donde nos formábamos por orden de estatura.
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Mi infancia pasó entre juegos de futbol sobre la calle de Distrito Federal; caídas en bicicleta; excursiones inimaginables como aquella vez que junto con un grupo de amigos scout perseguimos la huella de los búfalos en el Jagüey de Ferniza; entre guerras perdidas y otras ganadas utilizando la más sofisticada arma del momento: el famoso y peligroso tirabolijas.
Mientras algunos compañeros presumían de sus vacaciones en Washington, Disney, o en Puerto Vallarta, yo presumía de mis vacaciones en el Potrero de Ábrego. Ahí aprendí muchas cosas de mis papás. Se quedaron tatuadas en mi corazón aquellas noches en que nos entreteníamos viendo la lumbre de la fogata; o cuando antes de dormir mi papá nos contaba una historia, una leyenda o un cuento, según nuestra elección, con susto incluido. Invariablemente la que más se asustaba era mi madre, o al menos fingía hacerlo para hacernos reír más. Aprendí que cuando hay amor, poco basta para ser felices: ya sea armar un rompecabezas, jugar a la lotería o ayudar como catador oficial en la elaborada elaboración de la deliciosa cajeta de membrillo y de perón. Sin embargo, la mayor enseñanza es que en el rancho aprendí a ser libre. Juegos interminables con los niños del Potrero que rondaban mi edad eran sólo interrumpidos por la hora de la comida y de la cena.
Muchas bendiciones he recibido de Dios. En primer lugar, tengo unos padres que cualquiera envidiaría. Durante toda mi vida siempre han estado al pendiente de que tuviéramos lo mejor. Me dieron educación, me brindaron sus cuidados, me apoyaron en momentos difíciles y en proyectos alocados, y, sobre todo, me dieron un amor tan grande que me hace estar seguro de que mejores padres no pudo haberme mandado Dios. Mi padre siempre me ha dado un ejemplo de trabajo, honestidad y entrega; mi madre, de cariño y sencillez; ambos, de un inmenso amor a su familia y al prójimo. Dios me bendijo también con unos hermanos maravillosos y con amigos incondicionales. El mayor regalo de Dios es cada uno de mis cuatro hijos, pues en ellos descubrí que es donde debo poner en práctica el ejemplo de amor infinito que siempre me han tenido mis padres.
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Muchos afirman que los tiempos de Dios son perfectos, y en parte creo que tienen razón. Por diversas circunstancias que no vale la pena mencionar, sin saberlo me estaba alejando de mis padres. Hace más de dos años Dios me puso en el camino que me llevó de vuelta a ellos, a su cariño, a su ejemplo de amor y a su apoyo siempre incondicional.
Doy gracias a Dios porque hoy que mi madre está en el Cielo, no sufro como muchos el remordimiento de no haberle demostrado y expresado mi amor y mi gratitud. Aunque es imposible dejar de extrañarla y dejar de llorar por su ausencia, sé que su partida ha dejado en mi corazón una huella de amor puro y una luz que ha de resplandecer por siempre en mi alma.
aquientrenosvanguardia@gmail.com