Mala Espina
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Pocas cosas son capaces de tensar los ánimos como las filas, hay esperas amén de inciertas que pueden hacer estallar al más sereno de la comunidad cuando el tamaño del descontento es equivalente a su longitud.
Estas neurosis demandan que uno busque la manera de arreglárselas para pasar la menor cantidad de tiempo posible en esos ajetreos. Así he aprendido conductas de orden monacal que pasan por una planificación minuciosa de los pendientes o llegar a barrer a cada sitio en el cual sé que se formará una serpiente humana.
Lo mismo en la tierra como en el cielo, en el tráfico, el supermercado o los más abstrusos trámites burocráticos. No es casualidad que los eventos y las épocas donde la afluencia de personas se dispara, dicen los puntillosos “exponencialmente”, derive en neurosis colectivas que transitan de los gritos a los sombrerazos.
No obstante, hay listas de espera que, en franca contraposición a su naturaleza, no desquician a sus malquerientes. Así ocurre con la acumulación de lecturas, cuya prolongación pareciera inacabable por momentos.
La seducción con que llegan es variopinta: temática, frases sueltas, el nombre del autor o su portada. Apilarlos con la esperanza de hincarles el diente en alguno momento como guiño a la esperanza de que aún quedan grandes historias en las cuales adentrarse.
Aunque algún orden hay en ese personal universo de universos, las prioridades son cambiantes y están en función de la regalada gana. Con esta patente de corso, brinqué olimpiacamente a los próximos de la lista y abrí Mala Espina (Alfaguara, 2026) de Xavier Velasco.
Xavier es un tipo que sabe contar historias, y al estilo de Bob Dylan, sabe esconderse detrás de su desfile y pactar con el lector eso que Samuel Coleridge llamó la suspensión de la incredulidad, es decir, un acuerdo tácito entre escritor y lector en donde todo es posible.
Como el más hábil de los titiriteros, embala a su público y, a partir de ahí, nos vamos en bajada durante diecisiete días frenéticos en los cuales daremos cuenta del atolladero que emerge cuando un muerto, sin más, cae del cielo. Tal cual.
A pesar del odioso lugar común, algunas veces sí se aprende en cabeza ajena. Huir de aquello que nos atemoriza y de lo que nos molesta no es garantía para librarse de la carga, sino traerla de remolque como un pendiente más que espera por ser atendido.
Dunia Montoro, analista de inteligencia y protagonista de esta historia, debe resolver un drama interno donde confluyen ex amores, chamanes, juniors, detectives, policías y otros miembros de una selecta fauna, en donde todos se entrelazan bajo la aguja del fraude y la ilusión.
La novela, como las más sinceras cartas de amor, le apuesta todo a la elocuencia. La de los personajes que entre sus páginas habitan y cobran vida cuando reconocemos su identidad a través de elementos que van conformando una personalidad única e intransferible como huella dactilar.
En la literatura eso ocurre con palabras que se convierten en imágenes, sonidos y todo aquello que nos rodea. No se la pierda.