México: Buscar la soberanía energética
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La política mexicana, en un largo periodo histórico, ha preferido depender del capital extranjero para el desarrollo tecnológico en la exploración y explotación del petróleo, y ha gustado de exportar el petróleo crudo, importándolo ya refinado, lo que mantiene la grave dependencia del extranjero
Si bien el neoliberalismo mexicano se ha empeñado en decir que conviene depender de empresas extranjeras para el manejo óptimo del territorio con sus recursos, como el petróleo y el gas natural, hoy vemos con preocupación la guerra que se libra y que ha traído en la montaña rusa los precios de este bien fósil y sus derivados. Nuestro país tiene una alta dependencia de la adquisición de gas natural: actualmente, México importa el 75 por ciento del que consume.
Se considera que, con el bloqueo del estrecho de Ormuz, por donde transitaba el 20 por ciento del suministro petrolero global, la tendencia en el precio de los barriles seguirá en incremento. En febrero pasado alcanzó los 120 dólares el barril y se avizoran picos hacia los 150 o 200 dólares. Es por ello que los países con este “oro negro” están interesados en acumularlo, comprarlo o producirlo lo más que se pueda, debido, entre otros factores, a la absurda lógica de los señores de la guerra que andan en el robo y el despropósito de la “conquista” o “salvamento” de otros países, cuando quieren el petróleo que allí se resguarda.
Curiosamente, hoy contar con una refinería nacional en México incide también en el incremento en la generación de fuentes de energía renovables adicionales, o bien, de otro tipo de energías que, en su mezcla, abonen a liberar la presión sobre el planeta, tan contaminado por la forma de uso del petróleo y sus derivados, entre otros elementos de alta incidencia –como la industria de la construcción, por ejemplo–.
Afortunadamente, el petróleo representa actualmente ya sólo el 3.7 por ciento del PIB en nuestro país y se registran migraciones hacia las energías renovables. Sin embargo, como bien lo señalara Paulina Gómora Figueroa, jefa de la División de Ingeniería en Ciencias de la Tierra de la Facultad de Ingeniería de la UNAM, el uso de los hidrocarburos se extenderá tres décadas más en lo que se realiza esta migración, y aun así los hidrocarburos se usarán entre un 50 y 65 por ciento. Este escenario no es positivo para un planeta humano cada vez más dañado ambientalmente.
Por otro lado, bien se sabe que el capital privado, tanto nacional como extranjero, busca la generación de rentas y el valor económico por encima de la soberanía energética y, lo que es delicadísimo, prefiere las ganancias por encima de la sostenibilidad ambiental. Si se busca cambiar la lógica en las lentísimas siguientes tres décadas, sumemos a este imaginario que sólo imperará el criterio económico; sería un desastre todavía mayor.
Sin embargo, es importante recordar que la política mexicana, en un largo periodo histórico, ha preferido depender del capital extranjero para el desarrollo tecnológico en la exploración y explotación del petróleo, y ha gustado de exportar el petróleo crudo, importándolo ya refinado en forma de gasolina o diésel, lo que mantiene la grave dependencia del extranjero. Este recurso nacional ha sido, en general, una mercancía para empresas que en nada se interesan por la autonomía de una nación.
En este contexto de guerra, México ha elevado un poco su reflexión sobre la soberanía: ahora se procesan casi 1.3 millones de barriles en las refinerías nacionales (sigue siendo poco), cuando antes se procesaban únicamente 600 mil barriles, así lo expresó la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, quien especificó que importamos “el 75 por ciento del gas” que consumimos como país. Y la soberanía energética, o su búsqueda, significa también menos injerencia extranjera y un respiro apenas en las delicadas finanzas nacionales.
El vocablo petróleo proviene del latín petroleum, neologismo formado a partir de las raíces latinas “petra”, que significa piedra o roca, y “oleum”, que significa aceite. Este aceite de piedra ha lubricado las economías mundiales con su característica inflamable e incendiaria que –ayer, hoy y mañana también– inflaman los ánimos avaros de naciones “colonialistas”, como Estados Unidos de América.