Mientras la diplomacia climática se estanca, la economía avanza a toda velocidad
COMPARTIR
Los riesgos climáticos y naturales se están materializando a un ritmo mayor que el que pueden responder los sistemas políticos destinados a gestionarlos
Por Julie McCarthy, Project Syndicate.
NUEVA YORK- La última Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático terminó en un punto muerto político. La COP30 celebrada en Belém no produjo ningún acuerdo para eliminar gradualmente los combustibles fósiles, ningún plan vinculante para detener la deforestación y ningún aumento significativo del apoyo a los países que ya se están ahogando -a veces literalmente- en pérdidas climáticas y ecológicas. Para una cumbre celebrada en la selva tropical más grande del mundo, el simbolismo fue brutal.
Pero la verdadera historia no fue la parálisis política en la mesa de negociaciones. Fue la señal inequívoca de que la economía del cambio climático ya ha avanzado. Para ver los avances que realmente importan, podemos fijarnos en los balances de las empresas, las calificaciones crediticias soberanas, las cadenas de suministro y la valoración de los riesgos. Estos muestran que la transición hacia la neutralidad en carbono se está produciendo a pesar de la disfunción política que rodea a la cuestión.
Cuando se trata de abordar los principales riesgos globales, la política suele fallar hasta que las cuentas económicas dan resultados. En el caso del cambio climático y la pérdida de naturaleza, los mercados, las aseguradoras, los prestamistas y las agencias de calificación ahora están forzando las transiciones que los gobiernos han venido posponiendo. Las calificaciones crediticias soberanas se están revisando para reflejar la exposición a los riesgos climáticos y naturales. Los mercados de seguros están colapsando en las regiones de alto riesgo, dejando a hogares, empresas y municipios enteros sin cobertura. Los costos de financiamiento están aumentando para los países que enfrentan sequías, inundaciones y deforestación, lo que reduce su margen fiscal y acelera la fuga de capitales. Estos mecanismos están logrando lo que los políticos no harán: hacer que la inacción resulte más cara que la acción.
En las economías principales, la transición energética ya no es teórica. Alemania generó alrededor del 63% de su electricidad a partir de energías renovables en 2024. India alcanzó aproximadamente el 46%. En Estados Unidos, más del 90% de la nueva capacidad energética añadida en 2024 provino de energías renovables -principalmente la energía solar-. En Brasil, anfitrión de la COP de este año, el 88% de la electricidad es renovable. A nivel global, la energía eólica terrestre y la energía solar son ahora entre el 40% y el 50% más baratas que las opciones más económicas de combustibles fósiles.
Mientras tanto, el mercado global de automóviles está evolucionando rápidamente. Más de la mitad de los vehículos nuevos vendidos en China son enchufables. En Noruega, casi el 90% de los autos nuevos vendidos en 2024 eran totalmente eléctricos. Los combustibles fósiles siguen dominando el sistema actual, pero están decididamente ausentes del futuro que se está construyendo. La economía de la energía limpia ya ha ganado, y las ventajas de estas industrias se están ampliando. El efecto acumulativo es inconfundible. La ventaja en términos de costos de los sistemas bajos en carbono hoy es estructural, no cíclica.
Incluso la reaparición de las cuestiones comerciales en la COP30 -donde las economías emergentes, incluida China, se opusieron a las medidas comerciales unilaterales relacionadas con el clima- apunta, en última instancia, a la misma conclusión. Las reglas que se están reescribiendo a través de los mercados, las cadenas de suministro y las normas terminan inevitablemente en la agenda de la diplomacia basada en el consenso.
Asimismo, la transición económica no se limita a la energía. La bioeconomía global -los sectores económicos que utilizan recursos biológicos renovables para materiales, energía, productos químicos y agricultura- tiene un valor actual de unos 4 billones de dólares y se prevé que crezca hasta alcanzar unos 30 billones de dólares para 2050, lo que supone aproximadamente el 30 % del PIB global. La naturaleza se está convirtiendo en una forma de infraestructura estratégica que les ofrece a los países una vía hacia la descarbonización, la competitividad y la resiliencia. El futuro está en los recursos biológicos renovables, no en el agotamiento insostenible.
En este sentido, el énfasis de la COP30 en la inclusión de los pueblos indígenas y las comunidades locales no fue relevante por su simbolismo, sino porque los mercados ahora reconocen que la gestión tradicional sustenta los ecosistemas cada vez más frágiles -bosques, cuencas hidrográficas, suelos- de los que dependen nuestras economías. Así como los mercados energéticos están reconfigurando las curvas de costos, los sectores que dependen de la naturaleza están tomando medidas para hacer frente a su exposición económica a riesgos como la alteración de las precipitaciones, la pérdida de suelo, el colapso de la pesca y la erosión costera.
Estas respuestas están transformando los mercados con la misma fuerza que las fluctuaciones en los precios de la energía. Las pérdidas por desastres se están agravando tan rápidamente que las aseguradoras se están retirando de regiones y líneas de productos enteras. El estrés térmico está reduciendo la productividad desde el sur de Asia hasta el Golfo de México. Desde Brasil hasta Indonesia, la deforestación está desestabilizando los patrones de precipitaciones. La agricultura, la pesca, el turismo y el transporte marítimo están absorbiendo pérdidas cada vez mayores provocadas por el clima y la naturaleza, lo que provoca picos en los precios de los alimentos y volatilidad económica.
Independientemente del estancamiento político, el cambio climático y la degradación ecológica están generando un impulso económico innegable. A medida que las energías renovables se expandan, los combustibles fósiles se volverán aún menos competitivos. A medida que se degraden los ecosistemas, aumentará la carga fiscal. Los bancos centrales, los prestamistas soberanos, las agencias de calificación y los inversores privados ya han comenzado a calcular los costos de las pérdidas de cosechas provocadas por la sequía, la inundación de infraestructuras, la erosión costera, el colapso de la pesca y otros riesgos. En muchos países, el cambio climático está aumentando los costos de los préstamos, incrementando la deuda y reduciendo los puntos de crecimiento esperado.
En algún momento, la presión financiera será tan aguda que lo que antes era una elección política se convertirá en una inevitabilidad económica. El lanzamiento por parte de Brasil del Bioeconomy Challenge -una iniciativa de tres años de duración en la que participan múltiples socios para “traducir los principios de alto nivel de la bioeconomía del G20 en resultados reales”- refuerza este cambio. Esto indica que la transición se está configurando cada vez más a través de la estrategia económica en lugar del consenso multilateral.
Este patrón no es nuevo. Las superpotencias de la Guerra Fría no se retiraron de la carrera armamentística nuclear porque fuera moralmente correcto, sino porque los costos eran insostenibles y los riesgos, demasiado altos. El apartheid no terminó solo por el debate político, sino porque los intereses empresariales decidieron que el sistema ya no era sostenible. Cuando la economía cambia, la política, llegado el caso, termina cambiando.
Por supuesto, el fracaso político de la COP30 duele. Pero también pone de relieve una verdad más profunda: los riesgos climáticos y naturales se están materializando a un ritmo mayor que el que pueden responder los sistemas políticos destinados a gestionarlos. Los líderes actuales pueden retrasar los compromisos sobre los combustibles fósiles y los bosques, pero no pueden negociar con las sequías, las cosechas destruidas, las ciudades inundadas ni con los inversores y los bancos centrales, cada vez más capaces de calcular los riesgos.
Incluso el electorado se adelanta a las políticas actuales. Los ciudadanos exigen medidas no por una cuestión de ideología, sino porque los riesgos económicos -desde el calor extremo hasta el aumento de los costos de los seguros- afectan cada vez más sus vidas. El costo de ignorar estas fuerzas será mucho mayor que el de actuar ahora. Para gobiernos, inversores e instituciones multilaterales, la tarea por delante es clara: alinearse con la economía del mundo real o ser superados por ella. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Julie McCarthy es CEO de NatureFinance.