Mirador 12/08/2026
Mansa es la lluvia, lenta y suave como caricia de mujer. Apenas se oye su pespunte sobre el techo de la casa del Potrero. En la cocina se alarga la tertulia tras la cena. Doña Rosa, la mujer de don Abundio, nos cuenta una más de las ocurrencias de su esposo:
–Era chiquillo de 8 años, y su mamá les dijo a él y a su hermanito menor que no cogieran las manzanas que estaban en un frutero sobre la mesa de la sala: eran para el señor cura, que llegaría de visita. “Diosito las está cuidando –les advirtió–, y los va a ver si agarran una”. Tampoco debían acercarse a la nata en la olla de la leche. Al padre le gustaba mucho; se la serviría en la merienda. Cuando la señora se retiró, Abundio le dijo a su hermanito: “Ven, vamos a chingarnos la nata. Diosito está ocupado cuidando las manzanas”.
Todos reímos, menos don Abundio. Dice entre dientes, atufado:
–Vieja habladora.
Doña Rosa figura con índice y pulgar el signo de la cruz, se lo lleva a los labios y jura.
–Por ésta.
¡Hasta mañana!...