‘Misericordia’, de Pérez Galdós, a las puertas de Catedral

COMPARTIR
A las afueras de la Catedral de Saltillo es común encontrar personas sentadas en los escalones pidiendo monedas; algunas en el mismo atrio y otras cercanas a la iglesia: bajo los arcos de la Independencia.
Algunas llegan desde temprano. Veo a uno de ellos a los ojos: trae el derecho con una conjuntivitis que le hace cerrar el párpado. Otro, permanece en el atrio sentado sobre un viejo bote de pintura.
TE PUEDE INTERESAR: La mágica enseñanza desde el pizarrón
Con el primero, una mujer entabla una conversación: “¿Cómo está?, ¿cómo amaneció?”. El hombre, de unos 70 años, levanta la mirada y dice con una voz quebrada: “Aquí, tristeando, tristeando”. Ella emite un compasivo “Oh”. Y se sienta con él en el escalón de la iglesia.
Se les verá conversar.
Este hombre ha llegado a ocupar el que dejara meses atrás otro en iguales condiciones de la vista: ambos con escasa visión, y completan un panorama que no se ha transformado en su esencia desde siempre. Al cobijo de la iglesia, mantienen sus manos extendidas y la mirada puesta en el suelo, gobernada por una eterna tristeza que los trasciende a ellos y se trasciende en el tiempo.
TE PUEDE INTERESAR: El poder de las palabras y su trascendencia
Al leer el libro “Misericordia”, de Benito Pérez Galdós, escrita a finales del siglo 19, conmueve que sus líneas tengan tanto que ver con la actualidad que nos circunda, y que sean sus palabras las que sigan resonando a través de décadas y décadas, y cruzando océanos.
“Pude ver”, dice el autor, “de cerca la pobreza honrada y los más desolados episodios del dolor y la abnegación en las capitales populosas...”. Pérez Galdós nos muestra un mundo cargado de dolor en donde la compasión y la misericordia, elementos sustanciales espirituales, constituirán la historia.
Observó, caminó, visitó los sitios de los barrios populosos de Madrid, donde encontró la miseria, el dolor, la angustia por no conseguir dinero para comer, para vestir, para vivir dignamente.
Sus personajes esenciales, Benina, quien asciende a la cumbre de la misericordia por su elevada espiritualidad y compasión; así como Almudena, el ciego que intentará protegerla, y al final será quien resulte protegido por ella, nos conducen por un mundo que no es posible imaginar hasta entrar en él; en donde la ausencia de todo tipo de servicios y de una vida “normal” vuelve a algunos de una madera noble, digna y grande.
TE PUEDE INTERESAR: Coahuila: 70% de diabéticos desarrollarán daño visual, con riesgo de ceguera
Del pordiosero ciego Almudena, expresó Pérez Galdós, “por su facha y lenguaje parecía de estirpe agarena (...) Le llevé conmigo por las calles céntricas de Madrid, con escala en varias tabernas donde le invité a confortar su desmayado cuerpo con libaciones contrarias a las leyes de su raza. De este modo adquirí este tipo interesantísimo, que los lectores de ‘Misericordia’ han encontrado tan real. Toda la verdad del pintoresco Mordejai es obra de él mismo, pues poca parte tuve yo en la descripción de esta figura”.
La figura de un ser tan noble, tan dolorosamente real, tan de suyo compasivo y bueno, caído en la desgracia de la ceguera, y con una pobreza dolorosa. Es la fiel y buena Benina que no lo deja, como tampoco a sus patronas que de la burguesía cayeron en una inopia que les resultaba atemorizante.
Misericordia es la que llevará sellada Benina en el centro del corazón. Y es Misericordia, también con mayúsculas, quien por la mañana se detiene y pregunta al hombre de Catedral, en Saltillo, cómo es que amaneció hoy. Y se sienta a escucharlo.