Mitos en la Polis (IX): Xenía o la ‘Ley de Zeus’, pilar de la civilización
Tanto Homero como Nolan nos instruyen en civilidad: trata al otro como te gustaría que te trataran
Zeus: “cómo nos culpan los hombres sin tregua a los dioses, achacándonos todos sus males. Y son ellos mismos los que por sus propias locuras traen su exceso de penas...”.
Atenea: “...pero a mí el corazón se me parte pensando en Odiseo, infeliz, que hace tanto padece de miles trabajos, alejado de todos los suyos y preso en la isla que circundan las olas allá en la mitad del océano”.
Homero (Odisea Canto I, 32-34 y 45-50, trad. J.M. Pabón).
En la entrega pasada expuse la alegoría por medio de la cual Hesíodo representa a la justicia, las leyes, la civilidad y la gobernanza a través de Zeus, sus matrimonios y descendencia. Su primera esposa fue Metis, la sabia, y su segundo matrimonio fue con Temis, la justicia divina. A partir del poder y la voluntad suprema de ordenamiento –representado por Zeus– y de la sabiduría y la justicia que sus esposas representan, nacen las condiciones de posibilidad de toda civilización.
De la primera unión nació Atenea, diosa de la estrategia y la ciudad; con la segunda engendró a Eunomía (“el buen orden”), Dike (“la justicia humana”), Irene (“la paz”) y las Horas.
Este listado, que es una mera presentación genealógica en la “Teogonía”, Hesíodo lo aplica concretamente en su poema posterior, “Trabajos y Días”. En este, el poeta invoca a Zeus, “padre que todo lo ve y escucha”, y le solicita “restablecer las leyes divinas mediante tu justicia”.
Pero esta perspectiva de Zeus como protector de la justicia, la ley y la civilidad es anterior, ya que podemos apreciarla en el ciclo épico de Homero: “Ilíada” y “Odisea”. Sin entrar a la cuestión homérica –si Homero fue un sólo poeta o varios y si fue el mismo autor para ambos poemas–, podemos afirmar que sí existe una unidad temática en la totalidad de ambas epopeyas.
La poesía en la Antigüedad era pedagógica. En el ciclo homérico, la obediencia al respeto de las leyes –divinas y humanas–, a la sensatez, la prudencia (como conocimiento práctico) y la razón, así como a una cortesía y sociabilidad básica, son valores presentes a lo largo de sus versos. Hay consecuencias si uno quebranta estas normas.
Quien apreció esta unidad temática con agudeza fue Christopher Nolan. En su versión de “La Odisea”, Nolan insiste con maestría cinematográfica en el respeto a la “Ley de Zeus”, es decir, la xenía, un acuerdo sagrado de hospitalidad recíproca entre anfitriones y huéspedes. Esta puede resumirse en la famosa regla de oro: “trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti”. Su fundamento: un presupuesto amparado por Zeus para el funcionamiento de la sociedad y la posibilidad de que un huésped fuese una divinidad disfrazada.
“La Ilíada” es el relato de la ira de Aquiles provocada por Agamenón, quien le arrebató a Briseida, esclava por botín. Homero narra cómo la cólera ofusca al héroe, quien pierde la razón y, enajenado, se retira del conflicto. Ni siquiera las sabias palabras de su consejero Fénix lo convencen de regresar. Su insensatez termina por provocar la muerte de su querido amigo Patroclo. Esto genera un inmenso dolor y remordimiento en Aquiles, quien finalmente se arrepiente de haber cedido a la ira.
“La Odisea”, a pesar de lo que su título indica, es la travesía geográfica y espiritual de dos hombres: no solamente de Odiseo, sino también de Telémaco, su hijo. Las vivencias de cada uno están invertidas.
Odiseo, rey de Ítaca, un maduro e ingenioso guerrero, quiere regresar a su hogar después de su participación en Troya, tras diez años de extravío por el Mediterráneo. Durante su trayecto es tratado violentamente por sus distintos anfitriones, quienes prolongan su retorno. La vuelta al hogar significa para Odiseo la transformación de un glorioso héroe bélico en un sosegado y sabio padre de familia.
Telémaco, quien aún es visto como un niño que creció sin figura paterna, tiene el desafío de proteger a Ítaca y a su madre de los pretendientes que la cortejan, así como buscar noticias de su padre. Los pretendientes, que son más fuertes y codiciosos que el príncipe, no sólo buscan desposar a su madre, sino que derrochan los víveres del palacio. Su transformación es hacia la adultez.
Mientras que el perdido rey es maltratado por todo anfitrión a quien se encuentra en su viaje, Telémaco debe lidiar con unos huéspedes gorrones. Ni los anfitriones del primero ni los huéspedes del segundo terminan bien.
Tanto Homero como Nolan nos instruyen en civilidad: trata al otro como te gustaría que te trataran. Una norma social básica que muchos líderes políticos xenófobos hoy han olvidado.
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