Niños: No siempre pueden hacer lo que quieran
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Preparar a las infancias para la vida significa enseñarles dos habilidades: escoger bien cuando pueden hacerlo y aceptar lo que no pueden elegir, tal como lo haría un adulto.
Los niños de hoy tienen más opciones que cualquier otra generación. Pueden decidir qué desean comer, cómo vestir, qué ver en la tele, a qué jugar y, en general, qué hacer e incluso, en muchos hogares, si quieren seguir o no una orden. Pero la vida diaria no va en esos términos.
Nadie elige a sus padres, a sus hermanos, a sus compañeros de trabajo, a sus profesores, el tráfico, la meteorología, las normas de una empresa ni muchas de las circunstancias que enfrenta cada día. El crecimiento es simplemente aprender a responder cuando no podemos optar.
Por ello, uno de los errores didácticos más comunes es dejar que los más pequeños piensen que siempre han de sentirse bien o que siempre deben tener el control de lo que les ocurre cuando se les plantean situaciones de decisión. Cuando repetidamente les preguntamos: “¿Qué quieres comer?”, “¿Quieres hacer tu tarea?”, “¿A dónde quieres ir?” o “¿Qué prefieres hacer?”... Las decisiones que les proponemos son sólo alternativas, así sin más, sin un verdadero control. Y cuando no contentamos esa expectativa, surge la frustración respecto a la decisión que no se obtiene, seguida del enfado, la contraposición, la oposición y a veces incluso la ansiedad.
Desde la neurociencia sabemos que aceptar algo que no se escoge requiere varias funciones ejecutivas del cerebro y, en concreto, las que desempeña la corteza prefrontal, entre las que se incluyen el control de los impulsos, la flexibilidad cognitiva, la regulación emocional y la tolerancia a la frustración. Ninguna de ellas aparece por arte de magia; todas son fruto de un entrenamiento cotidiano durante la infancia. Cada vez que un niño acepta una regla sin discutir, espera su turno, participa en una actividad que no ha escogido, pierde un juego sin hacer berrinche o realiza una tarea que considera poco agradable porque tiene que ver con una responsabilidad, su cerebro va creando conexiones neuronales de tal forma que se va reforzando el autocontrol y la adaptación. O, dicho de otra manera, el niño se está construyendo un cerebro más capaz para la vida.
Por el contrario, cuando los adultos erradican sistemáticamente cualquier tipo de incomodidad y, en ocasiones, llegan a poner en el niño la posibilidad de elegir, éste pierde la oportunidad de desarrollar resiliencia. El resultado puede ser un adolescente con una necesidad de control muy alta –que requiere para estar tranquilo– y con la frustración igualmente elevada en el momento en que la realidad no se acomoda a la vida de ilusiones.
Aceptar aquello que no elegimos no equivale a la resignación, sino a desarrollar la capacidad para adaptarse de forma inteligente a la realidad que no puede cambiarse, fortaleciendo a su vez una de las habilidades que mejor predicen el éxito en la vida académica, laboral y personal.
Las personas adultas emocionalmente saludables no son aquellas que siempre logran lo que pretenden, sino quienes saben actuar bien, aunque no se dé la situación ideal. Los padres y los educadores pueden ayudar a desarrollar esta habilidad a través de pequeñas oportunidades que les ofrecen los acontecimientos cotidianos. En ocasiones, el adulto será quien elija a qué restaurante irán; en otras, el niño se verá obligado a comer lo que se prepare en casa, participará en un juego seleccionado por otras personas o se sentará en el lugar que le toca dentro del aula. Estas pequeñas experiencias, que pueden parecer triviales, son verdaderos ejercicios de entrenamiento cerebral.
También es importante explicarles a los niños cuál es el sentido y hacia dónde conducen esos ejercicios. De alguna forma, podemos explicarles la siguiente idea: “No siempre podremos elegir en la vida, pero sí podremos elegir qué tipo de reacción mostrar ante lo que ocurre”. Este tipo de conversación aumenta la conciencia metacognitiva y les ayuda a entender que no se trata de controlar el mundo, sino de aprender a reaccionar ante él de forma inteligente.
La verdadera libertad no es poder elegir siempre, sino mantener la paz, el autocontrol y el buen juicio cuando no se ha podido elegir. Preparar a los niños y a las niñas para la vida significa enseñarles dos habilidades: escoger bien cuando pueden hacerlo y aceptar lo que no pueden elegir, tal como lo haría un adulto. Así se formarán personas que, ante un mundo que no deja de ser incierto, sabrán devolver las reacciones adecuadas con una fuerza emocional equilibrada, flexibles a la hora de pensar y con una inteligencia ejecutiva que les permita actuar con acierto en cualquier circunstancia.