No estábamos hechos para vivir así: exhaustos por el clima, la IA y la política
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Definitivamente no fuimos diseñados para lidiar con todo esto: ni nuestros cuerpos, ni nuestro sistema nervioso, ni nuestro cerebro
Por Bill McKibben. The New York Times.
Los psicólogos han afirmado que la biología evolutiva deja a los seres humanos mal equipados para lidiar con problemas gigantescos y de avance lento. Pero, de repente, vivimos en un momento en el que los problemas se aceleran y se acumulan.
La crisis climática ahora consiste en muros de agua que arrasan los ríos de Nepal y borran pueblos enteros en un abrir y cerrar de ojos, y en incendios forestales que arrasan con vecindarios de California en cuestión de horas. Y nos enfrentamos al nacimiento y crecimiento descomunal de una nueva tecnología, la inteligencia artificial, que, según algunos de sus propios creadores, tiene bastantes probabilidades de matarnos a todos en un futuro cercano. Tenemos que sentarnos a escuchar a hombres que valen sumas inconcebibles especular sobre si nuestra especie sobrevivirá a las salidas a bolsa de sus empresas.
Definitivamente no fuimos diseñados para lidiar con todo esto: ni nuestros cuerpos, ni nuestro sistema nervioso, ni nuestro cerebro. Entre todos los demás peligros que representan estos avances, simplemente nos están agotando. A muchos de nosotros nos gustaría que los políticos ofrecieran, junto a sus promesas de precios accesibles, al menos un atisbo de serenidad.
Una encuesta de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades publicada a principios de septiembre encontró que, en 2024, el 71,5 por ciento de los adultos reportó haberse sentido fatigado al menos parte del tiempo durante los últimos tres meses, entendida la fatiga como “cansancio o agotamiento físico o mental que no mejora con más sueño o descanso”. Como le dijo a NBC la autora principal de la encuesta, Natalie AE Young, la fatiga se ha convertido en “una de las preocupaciones de salud reportadas con más frecuencia en las consultas de atención primaria en Estados Unidos”, y quienes la padecen —lo que, de nuevo, nos incluye a la gran mayoría de nosotros— tienen “un mayor riesgo de sufrir limitaciones de actividad y discapacidad, incluida la discapacidad laboral permanente”. El informe Estrés en Estados Unidos más reciente de la Asociación Estadounidense de Psicología encontró que la mayoría de los adultos reportó sentirse aislada y más ansiosa sobre el futuro que antes, y que buena parte del problema podría atribuirse a nuestra política imposible: casi dos tercios de los encuestados citaron las “divisiones sociales” como una fuente importante de estrés.
Una especie de agotamiento abrumador, e incluso tristeza, se está convirtiendo cada vez más en el estado por defecto de lo que, dentro de la memoria viva, eran conciudadanos estadounidenses optimistas y emprendedores. Creo que si tuviéramos alguna forma de encuestar a los estadounidenses a las 3 a. m., encontraríamos a un gran número de personas despiertas, preguntándose qué nueva tensión les depararía la mañana. No creo que se trate de fragilidad: ¿cómo se supone que debemos responder a las noticias, ahora casi diarias, de que bandas errantes de agentes de inteligencia artificial están sembrando el caos, o de que el avasallante fenómeno de El Niño elevará las temperaturas a niveles que ningún ser humano ha experimentado jamás?
Llego a este punto con una ventaja injusta, después de haber pasado las últimas cuatro décadas enfrentando el ascenso constante y, hasta ahora, implacable de la temperatura del planeta. A lo largo de los años he desarrollado remedios que me mantienen lo bastante sano mentalmente como para seguir luchando. He ayudado a construir grandes movimientos, en gran parte, para tener a otras personas en quienes apoyarme, y he aprendido que la mayoría de los días necesito una o dos horas de ejercicio en la naturaleza para reiniciar mi alma. Sin embargo, incluso esas estrategias se quedan cada vez más cortas; el nivel de presión que siente en este momento un estadounidense medianamente involucrado es casi debilitante.
En crisis generalizadas del pasado, los estadounidenses al menos tenían algunas instituciones en las que apoyarse. Tradicionalmente, hemos considerado al presidente como una especie de figura paterna nacional. Ayudó a una nación asolada por la Depresión que Franklin D. Roosevelt nos dijera que lo único que había que temer era al miedo mismo (y luego lo respaldó con oleada tras oleada de programas diseñados para que así fuera).
La respuesta principal del presidente Donald Trump a nuestro temor a la IA es renombrarla “superinteligencia”, mientras que la máxima autoridad en materia de salud del país, Robert F. Kennedy Jr., ha decidido que es hora de ponerse a trabajar en el asunto de las estelas químicas de los aviones. Los magnates de la tecnología se retuercen un poco las manos por los problemas que han causado (recordemos que sus creaciones han irrumpido en empresas y agencias de gobierno) y luego vuelven a lo suyo: hacer sus fortunas. Muy pocas personas sienten ganas de depositar su confianza en estas figuras poderosas, sobre todo los jóvenes estadounidenses: encuestas recientes muestran que aproximadamente siete de cada 10 personas de entre 18 a 34 años desconfían de Elon Musk, Sam Altman, Dario Amodei y los demás aspirantes a magos que lideran las grandes empresas de inteligencia artificial.
Una respuesta no del todo irracional ante todo esto sería tratar de ignorarlo. Muchas personas lo están haciendo. Sin embargo, este tipo de evasión solo nos meterá en más problemas al cederles el control a quienes se benefician de ello, así que espero que no optemos por el quietismo ni por la huida. Yo estoy trabajando duro como voluntario en las elecciones intermedias de este otoño, por ejemplo; simplemente no podemos desconectarnos.
Si elegimos a líderes serios que puedan tomar el control del Congreso y de la presidencia, tendrán que trabajar duro: necesitamos todo tipo de reformas para evitar una recaída en el mal del que hemos sido presa. Nada de eso será de bajo estrés.
Pero estaría bien que esos líderes pudieran tener, al menos, como una de sus metas, un país y un mundo donde pudiéramos ignorarlos de vez en cuando, donde no tuviéramos que vivir bajo una tensión constante. Una virtud muy poco valorada de otros presidentes era que uno podía olvidarse de ellos durante semanas enteras. El alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, no lanza diatribas cada hora. En cambio, ofrece videos ocasionales de él y su equipo tapando baches alegremente; según la mayoría de los indicadores, su popularidad ha aumentado y el estado de ánimo de la ciudad parece haber mejorado.
Con gusto escucharía a Jon Ossoff o a Alexandria Ocasio-Cortez media hora cada jueves si alguno de los dos se postulara y resultara elegido presidente. Y luego, con gusto pensaría en otra cosa ese fin de semana; la participación cívica debería ser una parte de la vida, no algo que te quite el sueño por la noche.
Restaurar algún tipo de calma es más fácil decirlo que hacerlo, y requerirá decisiones difíciles. Si la IA representa una amenaza mortal, entonces hay que derribarla y encerrarla en una jaula. Sean cuales sean sus supuestos beneficios, no valen que ninguno de nosotros tenga que contemplar la extinción humana. La crisis climática resulta casi sencilla en comparación; tenemos tecnología solar, eólica y de baterías económica que puede reemplazar a los combustibles fósiles que siguen elevando las temperaturas, aunque, claro, llegar a ese punto exigiría plantarle cara a las grandes petroleras. Estas esperanzas y estos temores animarán las próximas elecciones presidenciales. Quien logre descifrar cómo hablarles a los estadounidenses con franqueza sobre las contrapartidas se ganará los votos de una nación agradecida.
Porque, si la supervivencia humana y la resiliencia económica son metas importantes, también lo es un mundo lo bastante tranquilo como para satisfacer las necesidades del sistema nervioso humano. No podemos seguir así: es sencillamente inhumano. Estamos creando un mundo apto solo para algo artificial. c. 2026 The New York Times Company.
Bill McKibben es profesor en Middlebury College, fundador de Third Act y autor, más recientemente, de Here Comes the Sun: La última oportunidad para el clima y un cambio para la civilización.