NUDO GORDIANO: Lula rompe el mito

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Opinión
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Durante meses se repitió que la izquierda latinoamericana vivía su ocaso y que el avance de las derechas era cosa juzgada. El domingo, Brasil desmintió ese guion. Luiz Inácio Lula da Silva, que el martes cumplió 81 años, ganó su cuarto mandato con el 51.79 por ciento de los votos válidos frente al 48.21 por ciento de Flávio Bolsonaro. Tres semanas antes había quedado en segundo lugar. Nunca, desde el fin de la dictadura, un candidato había remontado así en una segunda vuelta. “Fue la primera vez que remontamos”, dijo el propio Lula esa noche.

¿Qué pasó en esas tres semanas?

NUDO GORDIANO. ¿Qué hay detrás del voto?

Una parte de la respuesta cabe en un teléfono. El bolsonarismo llevaba años dominando las redes; a la campaña de Lula le costó entenderlo, pero terminó por hacerlo. En la primera vuelta, más de 33 millones de brasileños se quedaron en casa. La consigna fue ir por ellos, y algo se logró: en la segunda, la abstención bajó casi dos puntos.

El caso más llamativo fue el “Ejército de Lula”, un canal de WhatsApp que el diputado André Janones abrió menos de dos días después del revés del primer turno. En 24 horas tenía medio millón de inscritos; horas antes del último debate superaba los diez millones, aunque la autoridad electoral llegó a suspenderlo. Nadie puede decir cuántos votos movió. Lo que sí queda claro es que hoy ninguna campaña sobrevive lejos de las pantallas, y que los jóvenes y los movimientos sociales estuvieron en ellas tanto como en la calle.

Hubo otro actor decisivo: las iglesias evangélicas, sobre todo las pentecostales y neopentecostales. Para millones de familias son comunidad, red de apoyo y, a veces, el único lugar donde alguien les pregunta cómo están. Varios pastores pusieron esa autoridad al servicio de la campaña bolsonarista. Pero los evangélicos no votan en bloque, y la pregunta incómoda sigue abierta: ¿dónde termina la guía espiritual y empieza la presión sobre la conciencia de cada fiel?

La jornada dejó su propia polémica. Un ministro del Supremo, Cristiano Zanin, ordenó mantener abiertas hasta las siete de la noche las casillas que seguían funcionando a las cinco. Lo habían pedido las dos campañas: la de Lula, por fallas en el transporte público; la de Flávio, por lluvias e inundaciones. Después de la hora habitual votaron unas 35 mil personas. Lula ganó por 4.4 millones. Con esa diferencia, las cifras no sostienen la tesis de un fraude, y el propio presidente del tribunal electoral, nombrado en su momento por Jair Bolsonaro, afirmó que la ampliación del horario no afectó el resultado.

Aun así, Flávio Bolsonaro no reconoció la derrota. Anunció que pediría anular la elección y, mientras el Supremo le exigía entregar sus pasaportes en una investigación por presunto lavado de dinero —acusación que él rechaza—, desapareció. Reapareció el miércoles en Miami, con su esposa y sus hijas, tras cruzar a Argentina y pasar por Ecuador. Washington le había concedido visas un día antes, y Donald Trump ya había calificado la elección de “amañada”. Desde Florida, Flávio agradeció a Trump y a Javier Milei, cuyo gobierno había negado primero que hubiera entrado al país. El hijo repite, a su modo, el guion del padre en 2022. La disputa ya no es electoral: es judicial y diplomática.

Conviene, sin embargo, no leerlo todo en clave de izquierda contra derecha. Millones decidieron su voto pensando en la inseguridad, en lo que cuesta llenar el refrigerador, en su fe, en el hartazgo con los partidos de siempre. Y no hubo un frente ideológico cerrado: varios gobiernos de derecha de la región felicitaron a Lula al día siguiente.

Tampoco hay que confundir la etiqueta ideológica con el buen gobierno. Brasil y México arrastran corrupción, desigualdad e instituciones frágiles, gobierne quien gobierne. Lula tendrá enfrente un Congreso donde la derecha salió fortalecida, gobernadores opositores y casi sesenta millones de ciudadanos que votaron por otro proyecto. Para ganar bastan los votos. Para gobernar un país partido en dos hacen falta acuerdos.

Para México, el resultado tiene una lectura propia. Brasil y México suman más de la mitad de la población latinoamericana y buena parte de su economía. Dos gobiernos progresistas al frente de ambos abren espacio para cooperar en comercio, desarrollo y política exterior. Pero esa alianza sólo convencerá si los dos demuestran que reducen la desigualdad, combaten la corrupción y respetan los contrapesos. Ganar la elección es el principio; lo difícil es merecer la confianza al día siguiente.

El tablero internacional también se mueve. Brasil comercia con China y con Estados Unidos y forma parte de los BRICS, en un continente donde Washington y Pekín se disputan mercados y recursos. La continuidad de Lula es un contrapeso frente a cualquier potencia que exija alineamientos automáticos, y su victoria fue un revés para quienes, desde fuera, apostaron por el bolsonarismo. En Israel, los resultados preliminares dejan a Benjamín Netanyahu sin mayoría para formar gobierno; en Estados Unidos, las elecciones legislativas del 3 de noviembre podrían acotar a Trump si los demócratas ganan alguna de las cámaras. Son historias distintas, y ninguna autoriza a decretar la derrota definitiva de la derecha. Lo que sí muestran es que nada está escrito.

Esa es, quizá, la lección más duradera de Brasil: las encuestas se equivocan, quienes se quedaron en casa pueden volver a las urnas y el poder no es propiedad de nadie. Detrás de cada voto hay miedos, esperanzas, creencias, cuentas por pagar y horas frente al celular. Entender esa mezcla, y defender la libertad con que cada ciudadano decide, es el verdadero nudo gordiano.

Soy doctorado por la Universidad Hebrea de Jerusalén.

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