NUDO GORDIANO. ¿Qué hay detrás del voto?
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Entonces, ¿qué hay detrás del voto? Necesidades que nadie ha atendido, esperanzas, miedos, creencias, intereses económicos y una batalla por controlar lo que sabemos y lo que creemos
América Latina vuelve a moverse como péndulo. Tras años de gobiernos de izquierda o progresistas, millones de ciudadanos voltean ahora hacia candidatos de derecha, aun cuando algunas de sus propuestas podrían recortar los mismos apoyos sociales que hoy reciben. Parece una contradicción, y quizá lo sea. Pero vale la pena preguntarse qué lleva a tanta gente a cambiar de rumbo.
Las próximas semanas traen dos pruebas de enorme peso. Este domingo, Brasil decide en segunda vuelta entre Lula da Silva y Flávio Bolsonaro, en una contienda pareja en la que también han hecho campaña los líderes religiosos. Sobre el país pende una espada de Damocles: el rumbo de una de las democracias más grandes del continente. Y el 3 de noviembre, las elecciones de medio término en Estados Unidos dirán si el Congreso le pone o no más límites a Donald Trump. Lo que pase en ambos países no se va a quedar dentro de sus fronteras.
El péndulo no se mueve solo. Lo empujan la inseguridad, lo caro que está todo, la corrupción y las promesas que se quedaron en el discurso. La gente se cansa y busca otra cosa. No siempre vota por convicción ideológica; muchas veces vota por desencanto, por miedo o, simplemente, para castigar a quien le falló.
Sin embargo, el enojo no lo explica todo. Detrás del voto también pesan el poder económico, las grandes corporaciones, los medios y, cada vez más, las redes sociales. Un mensaje repetido mil veces, una mentira bien empaquetada o un influencer con millones de seguidores pueden convertir temores y prejuicios en votos. Y esa maquinaria no tiene una sola camiseta.
Luego está la religión usada como herramienta política. En Brasil, algunos dirigentes evangélicos se han convertido en operadores electorales. Cuando un candidato se presenta como defensor de la voluntad de Dios, la discusión deja de ser política y se vuelve un asunto de fe, y contra la fe es muy difícil discutir con argumentos. Por eso, en México, la separación entre las iglesias y el Estado no es un detalle: es un principio constitucional que hay que cuidar.
Tampoco podemos hacer como que Estados Unidos no existe. Su larga historia de intervenciones en América Latina muestra cuánto pesan sus intereses económicos y estratégicos. El petróleo, los minerales, las tierras raras, el agua y los mercados despiertan apetitos enormes. Eso no quiere decir que toda inversión extranjera sea sospechosa; quiere decir que hay que saber distinguir entre la inversión legítima y la presión política que pasa por encima de la soberanía.
En el Nudo Gordiano anterior hablamos de las guerras y de los negocios que las rodean, desde Medio Oriente hasta Venezuela, donde la energía suele estar en el centro de la disputa. Pero el poder no solo se pelea con armas. También se pelea en las urnas, con dinero, propaganda, creencias y miedo. Y, como en la guerra, quienes más pierden casi nunca son quienes la deciden.
Hay un tema que casi nunca aparece en los debates de campaña: el medio ambiente. En nombre del crecimiento se acelera la explotación de petróleo, minerales, bosques y mares. La ganadería y los cultivos para forraje siguen tumbando selva. Las ganancias se quedan en unas cuantas empresas; los costos, en cambio, los cargamos todos, incluidos quienes todavía no han nacido. Y un bosque arrasado o un acuífero contaminado no se recuperan porque el péndulo regrese.
México no está a salvo de nada de esto. Nuestra propia historia debería servirnos de advertencia. Durante décadas, el régimen del PRI dejó que la corrupción, el autoritarismo y la impunidad echaran raíces en buena parte de las instituciones. La alternancia con el PAN despertó esperanzas, pero muchos de esos vicios sobrevivieron. Sería un error olvidarlo y dejar que todo se repita, ahora con otros colores.
A Morena y a los gobiernos que surgieron de ese movimiento les toca demostrar que la lucha contra la corrupción no tiene preferencias partidistas. La ley tiene que aplicarse con la misma firmeza a un militante de Morena que a uno del PRI, del PAN o de cualquier otro partido. La impunidad y los privilegios siguen siendo lo que son aunque cambien de dueño. Y ninguna transformación conserva su credibilidad si tolera lo mismo que prometió combatir.
Entonces, ¿qué hay detrás del voto? Necesidades que nadie ha atendido, esperanzas, miedos, creencias, intereses económicos y una batalla por controlar lo que sabemos y lo que creemos. Hay también dos responsabilidades: la de los gobiernos, que deben cumplir lo que prometen, y la de los ciudadanos, que debemos revisar con lupa lo que nos ofrecen.
La democracia no se reduce a cambiar de la izquierda a la derecha, o al revés. Necesita instituciones que garanticen la justicia, las libertades, el bienestar y el respeto a la naturaleza, quien gobierne, gobierne.
Porque si el péndulo se mueve pero las prácticas que provocaron el enojo siguen intactas, cambian los gobernantes, pero los problemas se quedan. Y la cuenta, otra vez, la pagan los ciudadanos.