NUDO GORDIANO: ¿Quién decide lo que pensamos?
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Hay personas que hablan de política con la seguridad de quien cree poseer toda la verdad. Hace unos días escuché durante varios minutos una explicación completa sobre el presente y el futuro de México. No discutí. Tampoco intenté convencer a nadie. Mientras escuchaba, me hice una sola pregunta: ¿de dónde nacen nuestras certezas?
Vivimos una época en la que nunca habíamos tenido tanto acceso a la información y, al mismo tiempo, tantas posibilidades de ser manipulados. Las guerras del siglo XX se libraban por el control del territorio, de los recursos naturales o del poder militar. Las del siglo XXI tienen un nuevo escenario: la mente humana. Cada vez más especialistas llaman a este fenómeno guerra cognitiva: la disputa por influir en la manera en que las personas perciben la realidad, interpretan los hechos y toman sus decisiones.
Hoy, millones de ciudadanos conocen el mundo a través de TikTok, YouTube, pódcast, cadenas de WhatsApp y redes sociales. Para muchos jóvenes, ese universo digital se ha convertido en su principal fuente de información. No es la tecnología el problema. Tampoco la inteligencia artificial. El verdadero riesgo aparece cuando los algoritmos, diseñados para mantener nuestra atención, terminan decidiendo qué vemos, qué escuchamos y qué emociones alimentan cada día nuestra percepción del mundo. El miedo, la indignación y la confrontación suelen propagarse más rápido que la reflexión y el análisis.
Hace veinticinco siglos, los filósofos griegos comprendieron que una sociedad libre solo podía existir si sus ciudadanos aprendían a pensar. Sócrates enseñaba preguntando; Platón formulaba el juicio; Aristóteles distinguía entre la evidencia y la opinión. La filosofía nació para despertar el pensamiento crítico, no para imponer respuestas.
Con el tiempo, las universidades privilegiaron, con razón, la formación profesional. Gracias a ellas, contamos con médicos, ingenieros, abogados, científicos y especialistas extraordinarios. Sin embargo, poco a poco se fue debilitando otra misión igualmente importante: la de enseñar a pensar críticamente. Se puede dominar una profesión y, al mismo tiempo, ser incapaz de distinguir entre un hecho comprobable y una mentira repetida miles de veces.
En México hubo un hombre que comprendió esa necesidad mucho antes de la era digital. Eduardo del Río “Rius”, caricaturista, escritor y divulgador político, acercó la historia, la economía y la filosofía a millones de lectores mediante el humor. Con Los Supermachos y Los Agachados, no buscó decirle a la gente qué debía pensar; les enseñó algo mucho más valioso: a pensar por sí mismos.
Décadas después, Noam Chomsky, lingüista, filósofo y analista político estadounidense, explicó cómo los grandes medios podían moldear la opinión pública mediante la selección de temas, la repetición constante de ciertos mensajes y el silenciamiento de otros. Hoy esa capacidad se ha multiplicado. Los algoritmos conocen nuestros gustos, nuestras emociones e incluso nuestros prejuicios. Cada usuario recibe una realidad distinta, diseñada para confirmar sus propias creencias más que para ponerlas a prueba.
Un ejemplo reciente puede observarse en Colombia. Durante la contienda presidencial, buena parte de la discusión pública dejó de girar en torno a propuestas concretas y se desplazó hacia el miedo. En redes sociales circularon mensajes que presentaban el triunfo de la izquierda como una amenaza para la propiedad, la libertad y el futuro del país. Mucha gente no votó necesariamente a favor de un proyecto, sino contra el peligro que había aprendido a temer. Cuando una elección se decide más por emociones inducidas que por el análisis de las propuestas, la guerra cognitiva ya está en marcha.
La eficacia de esta estrategia radica en que no intenta convencer mediante razones, sino en provocar una reacción. El miedo, la ira y el resentimiento empujan a compartir información sin verificarla y a rechazar, casi de inmediato, cualquier idea contraria. Después, el algoritmo aprende ese comportamiento, lo reproduce y termina encerrándonos en una realidad hecha a nuestra medida.
Las consecuencias están a la vista: sociedades polarizadas, familias divididas y ciudadanos convencidos de que quien piensa diferente representa una amenaza. La guerra cognitiva no distingue fronteras ni ideologías. Gobiernos, partidos políticos, empresas tecnológicas, medios de comunicación y grandes intereses económicos compiten, de una u otra forma, por influir en la conciencia de los ciudadanos.
La democracia no comienza ni termina en las urnas. Su verdadera fortaleza depende de la capacidad de cada persona para pensar con libertad, contrastar información, cuestionar sus propias certezas y resistirse a la manipulación, venga de donde venga.
Quizá nunca vuelva a existir un personaje como Rius. Tal vez el nuevo Rius tenga hoy un canal de YouTube, un pódcast o una plataforma que todavía no imaginamos. El medio es lo de menos. Lo verdaderamente importante es formar ciudadanos capaces de pensar por sí mismos.
Porque la primera víctima de toda guerra cognitiva no es un gobierno, un partido político ni una ideología. La primera víctima es la libertad de la conciencia. Y cuando una sociedad permite que otros decidan lo que debe creer, tarde o temprano también termina permitiendo que otros decidan su destino.