Saltillo y la paradoja del agua
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En los últimos cien años, Saltillo pasó de ser una ciudad de 40 mil habitantes a una zona metropolitana que, junto con Ramos Arizpe y Arteaga, supera el millón de habitantes. Ese crecimiento no fue lineal ni espontáneo. Entre 1950 y 1980 llegó la industrialización y la ciudad duplicó su población en apenas tres décadas. Entre 1980 y 2000, la gran industria automotriz y de autopartes —atraída por la cercanía con Monterrey y el Tratado de Libre Comercio— añadió más de 250 mil habitantes. En las dos décadas siguientes, Saltillo se integró funcionalmente con Ramos Arizpe y Arteaga: la expansión urbana ocupó antiguos terrenos agrícolas, surgieron nuevos parques industriales y la mancha urbana se extendió a decenas de kilómetros cuadrados. De un centro histórico compacto, la ciudad se desarrolló hacia el norte, el poniente y el oriente, atrayendo población de prácticamente todo el país. La transformación fue extraordinaria. Y trajo consigo consecuencias que hoy ya no pueden ignorarse.
Vale la pena recordar que el Valle de Saltillo fue, a principios del siglo XVII, una región abundante en agua. Esa abundancia desapareció como resultado de decisiones acumuladas sobre el uso del territorio y la gestión del recurso hídrico. Hoy los acuíferos están sobreexplotados y las pérdidas por fugas superan el 20 por ciento del agua extraída. Mientras el número de habitantes prácticamente se duplicó en las últimas décadas, el volumen de extracción no siguió el mismo ritmo. La disponibilidad de agua por habitante ha disminuido de forma sostenida. El consumo promedio sigue siendo elevado en comparación con otras ciudades que enfrentan condiciones similares, lo que indica que existe un margen real para mejorar la eficiencia antes de buscar nuevas fuentes. Esto plantea una interrogante que no puede postergarse: ¿hasta qué punto puede seguir creciendo Saltillo con los recursos hídricos que tiene?
El problema tiene, además, una dimensión que no siempre se comprende del todo: la paradoja. Mientras la ciudad enfrenta escasez durante gran parte del año y aplica restricciones al suministro, durante las lluvias torrenciales, enormes volúmenes de agua descienden desde la Sierra de Zapalinamé hacia las zonas bajas. Convierten las calles en ríos, arrastran vehículos, derriban bardas e inundan viviendas. Colonias enteras, muchas de ellas entre las más vulnerables, sufren periódicamente un problema que, desde hace décadas, debió resolverse mediante un sistema integral de drenaje pluvial. Esa agua abandona la ciudad sin ser aprovechada: en lugar de conducirse a vasos de captación o a zonas de infiltración que recarguen los acuíferos, se convierte en destrucción y en un recurso desperdiciado. Saltillo vive la paradoja del agua: le falta para vivir y le sobra cuando llueve.
Esa contradicción no es inevitable. Ciudades en regiones áridas de Israel, Australia y el sur de España han demostrado que es posible captar, almacenar y reutilizar el agua de lluvia a escala urbana, convirtiendo un riesgo estacional en una fuente de abastecimiento. En algunos de esos casos, el agua captada durante las lluvias cubre hoy una parte significativa del consumo anual. Saltillo tiene la sierra, las lluvias y la topografía que permite conducirlas. Lo que ha faltado hasta ahora es la voluntad de actuar con visión de largo plazo.
La solución exige una visión distinta del desarrollo urbano, con un horizonte de cincuenta años y metas medibles a corto plazo. Ya no basta con perforar más pozos ni con ampliar las redes de distribución. Es indispensable reducir las fugas, disminuir el consumo por habitante, promover una auténtica cultura del ahorro, reutilizar aguas tratadas y construir infraestructura para captar el agua de lluvia: gaviones, presas de retención y sistemas de infiltración que recarguen los acuíferos y reduzcan las inundaciones al mismo tiempo. Esta tarea exige la participación articulada de los tres órdenes de gobierno, del sector industrial y empresarial, y de la sociedad. Sin esa convergencia de voluntades y de compromisos concretos, los avances serán insuficientes.
Quizá, con el propósito de no generar alarma, las autoridades no han comunicado con suficiente claridad la magnitud del problema. Pero esa sensación de seguridad resulta engañosa: los acuíferos no esperan, y el crecimiento urbano tampoco. Cada año que transcurre sin decisiones de fondo transfiere a las siguientes generaciones una deuda que se vuelve más costosa cuanto más se pospone. El futuro de Saltillo no lo definirá su capacidad para atraer inversiones ni para construir más fraccionamientos. Lo definirá el agua. Ninguna ciudad puede crecer indefinidamente cuando los recursos de su cuenca son finitos. De reconocer ese límite y actuar en consecuencia dependerá si las próximas generaciones encuentran una ciudad sostenible o heredan una crisis que pudo haberse evitado.
Las grandes ciudades no fracasan únicamente cuando les falta agua. También fracasan cuando, con la posibilidad de anticiparse, deciden ignorar las señales de advertencia. Saltillo todavía puede evitar ese destino. Pero deberá comprender que su desarrollo futuro no dependerá de cuánto quiera crecer, sino de qué tan inteligentemente sea capaz de cuidar, administrar y aprovechar el recurso más valioso del que dispone: el agua.