Te quedan artículos gratis este mes, para seguir leyendo...
Regístrate | Login

Nuestros

Opinión
/ 13 agosto 2021
true

Con buenas artes y astucias muy benignas quiso Francisco de Urdiñola ganarse a los bravos indios que habitaban las tierras del Saltillo. Pensó que proponiéndoles ejemplo de mansedumbre y paz los reduciría a buenos términos, y para ello trajo de Tlaxcala unas centenas de laboriosos indios que llegaron aquí con sus familias el 13 de septiembre de 1591.

Era su capitán un indio principal llamado don Buenaventura de Paz. Del señorío de Tizatlán -por eso la garza blanca de su escudo atraviesa volando el de Saltillo-, don Buenaventura era nieto de Xicoténcatl. También lo eran casi todos los que venían con él, pues se dice que Xicoténcatl, igual que Salomón, tuvo quinientas esposas y quinientas concubinas. Una calle de Saltillo, de las principales y más céntricas, se llama como él. Y qué bueno, porque merece homenaje su potencia de varón.

Urdiñola entregó tierras y aguas a los tlaxcaltecas, quienes junto a la villa de los españoles fundaron su pueblo, al que pusieron por nombre San Esteban de la Nueva Tlaxcala, por ser ese santo su patrono celestial. Fincaron sus casas separadas de las de sus vecinos españoles sólo por una acequia que corría por la que es hoy calle de Allende. Levantaron un templo. Los fuertes contrafuertes en que se apoya el muro de San Esteban por la calle de Ocampo son posiblemente los restos arquitectónicos más antiguos que en Saltillo quedan.

Y se aplicaron al trabajo nuestros antepasados tlaxcaltecas. En poco tiempo convirtieron sus tierras en un vergel. ¡Qué de árboles plantaron! ¡Qué huertas famosísimas formaron! ¡Qué magueyales extensísimos pusieron, como los suyos de Tlaxcala, para sacar el pulque y hacer el dulce pan que aún comemos! ¡Qué invenciones trajeron para teñir la lana y entretejer sus hilos en esos fantásticos lienzos que son nuestros sarapes de Saltillo!

Todo eso lo debemos a los tlaxcaltecas, que no eran indios cualesquiera, sino muy principales y señores.

Por eso los españoles reconocían y respetaban su calidad de varones de nobleza, y por eso les dieron prerrogativas muy notables: elegir su propio gobierno; administrar su justicia; usar caballo; llevar espada; ponerse “Don” antes del nombre, y un derecho que ya quisiéramos nosotros en estos empecatados días de hoy: el de no pagar impuestos.

Afortunado mestizaje formaron al paso de los años tlaxcaltecas y españoles, pero de aquéllos indios quedan huellas que vemos aún hoy, como es la profusión de árboles en la parte poniente de Saltillo, donde ellos habitaron. Quedan también señales de ellos en la nomenclatura que todavía usamos, como es el caso del Cerro del Pueblo, cuyos crestones se elevan por el occidente.

No sirvió, por desgracia, el buen ejemplo de ellos para rendir y poner en sumisión a los belicosos naturales. En nada quedó el empeño de don Francisco de Urdiñola; su idea no prosperó. Eran indómitos aquellos aborígenes. Y, como lo habían hecho en 1586, cuando hubo levantamiento general de cuauhchichiles encabezados por su caudillo Zapalinamé -cuyo numbre quedó muy bellamente conservado en la montaña que se levanta majestuosa al oriente de nuestra ciudad-, siguieron dando guerra a los hispanos.

Con guerra respondieron también éstos, y su continua persecución, las hambres y las enfermedades fueron diezmando a aquellos “bravos bárbaros gallardos” hasta acabarlos, no sin dejar recuerdo de su valor.

Paso a paso, entre sudores de trabajo y sangre de combates, se fue haciendo Saltillo. Se llenó de verdor con los huertos que plantaron los tlaxcaltecas, y que hasta bien entrado el pasado siglo nos seguían entregando cada año sus perones y sus membrillos, esos tan entrañables frutos saltilleros.

COMPARTE ESTA NOTICIA
TEMAS

Newsletter

Suscríbete y recibe las noticias del día antes que nadie