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Pan francés

Opinión
/ 14 mayo 2022
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Mucha presencia de Francia ha habido aquí en Saltillo. Comerciantes hubo franceses, doctores, y un arquitecto reputado. La cultura francesa iba a la par de la española en el afecto de los mejores saltillenses. Don José García Rodríguez, uno de los más selectos espíritus que en nuestra ciudad han alentado, hizo preciosas traducciones de los grandes poetas galos de su tiempo, y entregó versiones muy acabadas de las exquisiteces de Francis James y de Leconte de L’Isle.

El positivismo de Comte tuvo entre nosotros recios cultivadores. El famosísimo Chato Severiano fue uno de ellos. El doctor Antonio María Zertuche estudió en la Universidad de la Sorbona. Don José García de Letona leía en el original a Victor Hugo, y sacaba de “La Leyenda de los Siglos” rotundas frases y amplias tiradas líricas para sus discursos. Antes de pronunciar una oración fúnebre -esa era su especialidad- se encerraba en su estudio y leía dos horas seguidas a Bossuet. “Para coger el tono”, decía.

Don Francisco García Cárdenas, maestro inolvidable, nos hacía estudiar en francés a Planiol, Rippert, Bonnecasse y los hermanos Mazeaud. Podíamos hacer esas lecturas porque en el Ateneo eran obligatorios los cursos de la lengua de Moliére. En el glorioso Colegio tuve la fortuna de estudiar francés con dos maestras excelentes. La primera fue Dorita Herrera, hija de don Rubén, pintor eminentísimo. Todos sus estudiantes estábamos enamorados secretamente de ella, porque era muy hermosa, y cuando alargaba los labios para enseñarnos la pronunciación de la u francesa, alargábamos también los nuestros, anhelosos, pues nos parecía que aquella “u” era un cautivo beso enamorado.

Otra gran maestra tuve de francés, la señora Lila Mazatán de Gallegos. Gracias a ella, y al libro de Perrier, pude hacer mis primeras lecturas de Daudet, y gozar la poesía de Rimbaud. Leía de corrido las fábulas de La Fontaine. El francés de estas fábulas, me dicen, y el del Código Civil de Napoleón, es el francés más claro que se puede leer.

En la Prepa Nocturna nos impartió la clase de francés un hombre bueno, Enrique Olivier Rincón, que además de maestro era pintor. Junto con Augusto Audirac -¿apellido francés?- tenía su taller –ellos decían “atelier”- en los altos del mercado de La Rinconada. Ahí los visitábamos para mirar sus cuadros.

Casi todos los hoteles que en Saltillo hubo en el pasado siglo eran propiedad de extranjeros. El señor Garce, español, tuvo uno; el señor Brown, inglés, tuvo otro. La gente de Saltillo, siguiendo la costumbre de decir “anca” para indicar la casa a donde se iba, decía traviesamente: “Anca Garce y anca Brown”.

El señor F. Jaubert, ciudadano francés, tuvo también hotel. Fue padre de don Alberto Jaubert, fundador de estaciones radiodifusoras. En la lista de los dueños de apartados de Correo en 1886 hallé muchos nombres de extranjeros. Escribiré los que supongo son franceses: Barousse, Blanc, Groues, Guindon, Jaubert...

Este Guindon, arquitecto, fue quien construyó la hermosa casa que fue de don Guillermo Purcell, por la calle de Hidalgo. Como se ve, hay muchas cosas de Francia entre nosotros, a más del pan francés.

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