Para que un sistema funcione, es necesario que sus eslabones más débiles no fallen
Muchos de los que nacimos en los años setenta recordamos dónde estábamos o cómo nos enteramos del accidente del transbordador espacial Challenger. Esta semana se cumplen cuarenta años de la explosión del Challenger, ocurrida poco después de su despegue. Las investigaciones posteriores sobre la causa raíz del terrible accidente señalaron que un pequeño sello de goma o hule (“O-ring”), que debía prevenir fugas de gases en los cohetes, falló debido a las bajas temperaturas que se presentaron ese día. El O-ring debía expandirse para poder cumplir su función, pero el frío al que estuvo expuesto lo hizo rígido o quebradizo y le quitó la habilidad de expandirse; en lugar de expandirse y sellar en medio segundo, el frío de esa mañana provocó que tardara unos dos segundos, una diferencia aparentemente menor, pero suficientemente fatal. Al no sellar, los gases escaparon y provocaron la explosión. Un sello de hule, con valor de unos 10 dólares, acabó con un programa espacial al que se le invirtieron unos 200 mil millones de dólares. La lección generó la teoría del O-ring: en sistemas complejos el desempeño total del sistema depende de que no falle el eslabón más débil. Cuando una tarea requiere que todo funcione razonablemente bien, una sola falla puede reducir significativamente el resultado final y provocar un fracaso.
Tal vez la teoría del O-ring nos ayude a responder estas preguntas: ¿Por qué una economía con talento, integrada al comercio global, con estabilidad macro, con recursos naturales y una población trabajadora, crece tan poco? ¿Por qué lleva décadas atrapada con crecimiento mediocre? Tal vez sea momento de buscar los O-rings que explican la falta de despegue, el accidente económico de México que se refleja en crecimiento del PIB per cápita anual de menos del 1 por ciento durante cuarenta años.
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Si mantenemos esa tasa de crecimiento, nos llevaría más de 100 años duplicar nuestro PIB per cápita. China duplicó su PIB per cápita en los últimos 12 años; Polonia en los últimos 18 y Corea del Sur en los últimos 20 años. Por su parte, México logró aumentar su PIB per cápita apenas en un 30 por ciento en los últimos 35 años. Esto no es una exageración, es aritmética simple... que debiera ser vergonzosa y dolorosa.
Fuera de considerar al gobierno actual o a los de antes como errores catastróficos por sí mismos, podríamos enlistar los “O-rings mexicanos” que interactúan entre sí y sabotean “la misión”. Me animo a plantear algunos y les pido que piensen en otros. Va el primero: falta de certeza institucional. Es cada vez más complicado evaluar proyectos de inversión cuando el gobierno emprende regulación, leyes, políticas y discurso que siembran dudas para quien quiere invertir.
Un segundo O-ring: no existe competencia económica real. Mercados concentrados en sectores clave como el financiero, energético, telecomunicaciones o transporte provocan precios altos para el consumidor e insumos caros y limitados, para quien produce. Sin competencia, la innovación no es rentable y la productividad se estanca. No es tema ideológico, es pragmático. Se debe promover y premiar la innovación y castigar la ineficiencia para que el capital se asigne mejor y la economía eleve su potencial. Esa falta de competencia es un sello estilo O-ring que pierde elasticidad y genera fugas. Por su parte, el sistema financiero existente no tiene incentivos para aumentar financiamiento y reducir costos. Funciona como un cartel con reglas flexibles con un regulador a modo.
Este tercer O-ring es un ancla. La banca es adicta al financiamiento al Estado (en sus tres niveles) y a grandes empresas; la banca de desarrollo no tiene mandato ni escala suficientes. Muchos proyectos de PYMES que en otros países encuentran financiamiento en México no corren la misma suerte. Así, las ideas no escalan, las empresas no crecen, la productividad no despega. La informalidad no es una elección cultural, es una consecuencia financiera y de incentivos mal alineados. El crédito es la vitamina para que el sistema despegue.
Estos tres “detalles” —certeza institucional, competencia y financiamiento productivo— no actúan de manera aislada. Se refuerzan entre sí. La falta de competencia reduce la rentabilidad esperada; la incertidumbre eleva el riesgo; la ausencia de crédito impide compensar ambos con escala. El equilibrio resultante es uno de bajo crecimiento, difícil de romper sin una acción decidida y coordinada. Por eso fracasan las soluciones parciales. Mejorar la política social no genera crecimiento si la economía no produce más.
La lección de la teoría del O-ring es incómoda pero clara: hay “detalles”, O-rings críticos, que no permiten el despegue. Urge identificar y reparar eslabones críticos. Eso exige decisiones políticas que rompan inercias, enfrenten intereses y cambien el statu quo. No es popular, pero es necesario. México no necesita un milagro económico, necesita dejar de fallar sistemáticamente en lo básico. Cuando reparemos los O-rings clave —aunque sea de manera imperfecta— el crecimiento dejará de ser una promesa y pasará a ser una consecuencia.