México: Sin disrupción no hay transformación
La 4T llegó al poder prometiendo un cambio profundo... Sin embargo, hasta ahora, la transformación ha sido, si acaso, ideológica, discursiva y no productiva
Joseph Schumpeter lo explicó hace más de un siglo: “el crecimiento económico no es un proceso armónico ni gradual, sino uno profundamente disruptivo”. Lo llamó destrucción creativa: una dinámica mediante la cual nuevas ideas, tecnologías y empresas desplazan a las viejas, obligando a la economía a reorganizarse, a elevar su productividad y a generar más bienestar. Schumpeter advertía sobre el error de un capitalismo que se ocupa de administrar estructuras existentes cuando debería enfocarse en cómo se destruyen y crean nuevas.
México lleva cuatro décadas confirmando la tesis: crece poco, produce poco valor agregado y apenas le alcanza para salarios bajos. No por falta de trabajo, talento o esfuerzo –el trabajador mexicano es competitivo contra cualquiera–, sino porque la economía opera con reglas que bloquean sistemáticamente la disrupción. Se protege al que ya está, se castiga al que quiere entrar, se tolera la ineficiencia y se desincentiva la inversión productiva. La destrucción creativa no existe o, al menos, está descaradamente reprimida por políticas y un sistema diseñado por los de antes y sostenido por los de hoy.
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La falta de destrucción creativa se nota en mercados altamente concentrados, en regulación y burocracia que favorece al incumbente, en crédito caro y escaso, en infraestructura deficiente y en un Estado que, lejos de facilitar la entrada de nuevos jugadores, muchas veces actúa como administrador del statu quo. El resultado: una economía que no se renueva, que recicla los mismos modelos y que no logra romper la inercia de cuarenta mediocres años.
La 4T llegó al poder prometiendo un cambio profundo, un rompimiento con el pasado, una transformación estructural. Sin embargo, hasta ahora, la transformación ha sido, si acaso, ideológica, discursiva y no productiva. Hablan de soberanía, de combate a excesos, de ser la décima economía, pero la disrupción económica real, urgente y necesaria, no sólo no ha ocurrido, sino que parece haberse vuelto más difícil y elusiva por la forma en que la 4T interpreta el poder. Claramente, no ha habido una transformación en la forma en que se asigna el capital, en cómo se incentiva la inversión privada, en cómo se eleva la productividad del trabajador o en cómo se fomenta la competencia. La estructura económica básica del país sigue igual o peor, con muchas áreas de oportunidad. Sin cambiar la estructura, no hay transformación posible.
A lo anterior se suma la erosión del Estado de derecho. La disrupción económica requiere reglas claras, autoridad legítima y certidumbre jurídica. Cuando empresarios, inversionistas y trabajadores perciben que las instituciones están capturadas –por intereses políticos, facciones internas o, peor aún, por pandillas con poder local o regional, en los tres poderes de la Unión– la inversión se paraliza. Nadie invierte donde la ley es discrecional o está a la venta.
Enfrentamos un entorno en el que autoridades de los tres niveles y poderes muestran signos preocupantes de una ley de la selva. Casos recientes, como el de Armando Castilla hace una semana –detenido con una acusación fantasma en un estado que se supone es de los más avanzados–, envían una señal devastadora: el aparato del Estado es usado para intimidar, extorsionar o ajustar cuentas, no para impartir justicia ni para promover una disrupción saludable. Sin Estado de derecho no hay destrucción creativa posible.
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La experiencia internacional es clara. Corea del Sur, que hoy nos supera ampliamente en productividad y PIB per cápita, no llegó ahí por consenso social, ideología hueca ni gradualismo. Llegó a donde está porque durante décadas apostó por políticas disruptivas: apertura selectiva, industrialización agresiva, crédito dirigido, disciplina exportadora y una obsesión por el valor agregado. Protegió sectores, pero con condiciones claras: exportar, innovar, competir. El que no cumplía, desaparecía. Eso también es destrucción creativa.
México optó por lo contrario: estabilidad inútil sin renovación y autoridad sin credibilidad. Como advertía Schumpeter, cuando la destrucción creativa se frena, el sistema no genera progreso y se vuelve políticamente frágil; la economía se estanca y la frustración social se acumula. La 4T tiene razón en una cosa: el modelo previo no entregó los resultados prometidos. Donde se equivoca es en su diagnóstico. El problema no fue la apertura ni la globalización en sí, sino una apertura sin competencia real, sin política industrial, sin crédito suficiente y sin instituciones que protejan e incentiven al que invierte y compite.
Paul Romer lo resume bien: “las ideas no se agotan; lo que limita el crecimiento son las malas reglas”. México tiene demasiadas reglas (escritas o no) que protegen y añoran el pasado en lugar de facilitar el futuro. La 4T aún está a tiempo de convertir su rollo de transformación en una transformación real, basada en disrupción económica, competencia, inversión y legalidad. México necesita una disrupción que parta de reconocer que sin más capital por trabajador, sin más competencia, sin más inversión productiva y sin Estado de derecho no habrá política social que alcance. Debe entender que el crecimiento no se decreta, se construye. Y para construirlo hay que estar dispuesto a incomodar y a disrumpir.