Desconfianza en la clase política

Politicón
/ 27 octubre 2017
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Era el final de la breve democracia de Pericles, Solón y Clístenes, el principio de la supremacía de Macedonia que puso fin al sistema  democrático ateniense, cuando Diógenes el Cínico recorría las calles de Atenas. Ante la mirada de todos a plena luz del día con lámpara en mano recorría las calles y particularmente los mercados gritando ¡Busco un hombre! Por supuesto, el grito de “busco un hombre”, era una alegoría para decir; en medio de tanta gente, de tantos hombres, no hay uno sólo que sea honesto.

Para Diógenes, como para Aristóteles la búsqueda de la virtud era lo más importante. Un hombre debía ser virtuoso. En el caso particular del Cínico, el honor y la riqueza eran objeto de desprecio.

En una sociedad marcada por la pobreza y la ignorancia, los gobernantes griegos abandonaron la democracia, usaron el discurso a su favor y manipularon los sentimientos del pueblo. Desde entonces, la pobreza y la ignorancia eran el capital político de los poderosos. Por eso Aristóteles definía la democracia como el mal gobierno de muchos. Por cierto, él estaba a favor de un modelo de gobierno aristocrático, en el entendido de que el aristos, era el más capaz. La idea era que estuvieran los más capaces en cada puesto. Se trataba de combinar la virtud y la capacidad. Al tiempo la noción cambió. Se hablaba, como bien lo ésta intuyendo, de una especie de meritocracia necesaria.

Diógenes buscaba un hombre honesto, virtuoso y capaz de implantar la justicia. Hoy la sociedad en general, lo sigue buscando. En un modelo que en la práctica sigue siendo lejano al ideal, la democracia cada vez ésta más ausente, y la decepción aumenta. Pareciera ser normal en la clase política, la trampa, el engaño, la riqueza inexplicable, la soberbia, la mentira, el cinismo, el discurso manipulador para poder conservar el staus quo que como ellos se dieron cuenta genera un modo de vida que en sus más profundos sueños pudieron imaginar.

Por eso en México solo el 19% de la población se encuentra conforme con la democracia que tenemos y el 56% de la gente no cree en los políticos, menos en los partidos políticos, según el índice Latinobárometro 2016. Dicho de otra forma, el desencanto y la desconfianza de los ciudadanos es mayúscula. Codicia, ambición desmedida, impunidad, mimetismo, doble discurso, descaro y falta de sensibilidad se han convertido en la práctica habitual e insisto “normal” de quienes se ha enquistado en el servicio público y por ningún motivo quiere renunciar a él.

No se confía en los políticos y como consecuencia en la política por los altos niveles de corrupción y de impunidad, por los altos sueldos que perciben y por el encono social que éstos han generado en la población. Entre lo que gana un miembro de la Suprema Corte de Justicia (388,231.00 pesos mensuales), el Presidente de la República (288, 372.00 pesos mensuales), un miembro del Instituto Nacional Electoral (236, 370.00 pesos mensuales), un Diputado (161,909.00 pesos mensuales), un Senador (236,017.00 pesos mensuales), en comparación con un profesionista, un empleado o un obrero en nuestro país hay una diferencia abismal, ni en sus mejores sueños.

Ah y todo neto, por tanto es una actividad bastante rentable. Los mejor pagados desde hace rato en América Latina. Aquí no se cuentan las prebendas, los privilegios, los gastos de representación, las gestorías, los vales de gasolina, los vuelos gratuitos a los que tienen derecho, los contactos, entre otras cosas. Priva el interés personal por encima del interés público, eso ésta bastante claro. Que importa ya el descredito público, la mala fama, el queme mediático si el ingreso es seguro y abundante. Si hay algún profesional que genera sospecha y es poco confiable en la sociedad mexicana, ese el político. Por supuesto, la famita se la han ganado a pulso, con el menoscabo del desprecio de la población por la política.

¿Conviene a los políticos que las cosas sean así? ¿Habrá conciencia de que este tipo de comportamientos le vienen bien a su permanencia y al desinterés del pueblo en relación con la política? ¿Le apuestan conscientemente los partidos a la mala fama pública para sacar ventaja de cualquier índole de manera especial la económica? ¿Les viene bien que se hable mal de ellos? ¿Se crea un manto que los protege cuando la gente se desencanta y desilusiona? ¿Realmente construyen sobre lo que no debiera de ser? Porque hablar del político, es hablar del que ésta interesado en la polis, en la cosa pública, no en la cosa personal.

Por supuesto, todo esto genera entretenimiento, confusión, cortinas de humo, pero sobre desinterés por la política. Campañas electorales marcadas por la sospecha, delitos constantes de cuello blanco, fraudes, peculados, conflicto de intereses, desvío y fuga de información confidencial entre otras cosas parece que le viene bien a la clase política y en vez de menguar aumenta. Irán y vendrán buenas iniciativas como las leyes de transparencia, los 3 de 3, los consejos anticorrupción y las fepades. El problema no es la forma, es el fondo. En muchos de los casos siguen siendo los mismos. ¿Cómo puede cambiar la democracia, si los políticos son los mismos?

Hoy se siguen de forma temporal, inmolando políticos como los “fiscales carnales”,  para que otros tengan vida. Finalmente el pago de facturas vendrá más tarde que pronto. La manipulación de las leyes y por tanto la transgresión del estado de derecho, que evidencia la falta de una cultura de legalidad no solo en los ciudadanos, sino particularmente en la clase política, es el origen de la impunidad y como consecuencia de la corrupción.

Muy probablemente, el aumento de la desconfianza en la clase política a través del desprestigio consciente del gremio sea el método que se utilice en el 2018, para aumentar la apatía y el desinterés por lo público. Salgamos por las calles con nuestras lámparas encendidas a buscar como Diógenes, personas honestas. Si las hay, el asunto es dar con ellas.

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