El buen fin, consumismo desmedido

Politicón
/ 17 noviembre 2017
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En la década de los años 80, en la sociedad mundial se dio un cambio significativo en la economía. Con el crecimiento económico a grande escala, se pone en marcha de manera formal el modelo de libre mercado, que es la base económica de naciones capitalistas como Inglaterra y Estados Unidos, que en ese momento buscaban salidas para seguir consolidándose como naciones hegemónicas.

Dicho modelo afirma que las intervenciones del Estado no deben ir en contra de las inclinaciones humanas. Propugna por el crecimiento económico como razón de ser de la economía, promueve la restricción al máximo de la intervención estatal, la privatización de las empresas, la apertura de flujos financieros y la eliminación de programas generales en orden a crear oportunidades para todos, que por cierto nunca llegaron. Se dieron oportunidades solo para unos cuantos, porque el elemento fundamental del libre mercado es la competencia y muchos, no estaban capacitados para competir.

A nuestro país, la propuesta llego en tiempos de Miguel de la Madrid que en su momento, ni las manos metió. Era parte de la inercia de la mano invisible smithiana, era un fenómeno imparable. De pervivir en un modelo con una economía doméstica o bien “hacia dentro”, ahora la dinámica será “hacia fuera”. No hay fronteras entre los estados y aparece el fenómeno de la globalización, que se basa en las llamadas tecnologías de información y en la economía. El mundo se convierte en palabras de Marshall MacLuhan en una aldea global. Por supuesto, cambia el modelo y cambian los valores.

Los valores tradicionales, aquellos por los que el ser humano luchó en un primer momento y luego se propusieron como ideales para vivir en comunidad pasaron a mejor vida. Hoy poco quieren ser como Luther King, Gandhi, Teresa de Calcuta o algún luchador social. Los monos de imitación cambiaron por que los medios, la mercadotecnia y la publicidad engañosa, nos ha propuesto nuevos estereotipos de éxito. Se acceso a la filosofía de “cuanto vales, cuanto tienes”.

El consumo al tiempo, se ha convertido en un programa de vida de las personas. Hoy se quiere ser como el más rico, como él o la más sexy o tener el mejor producto del mercado en cualquier rubro, es decir, el mejor coche, la mejor casa, el mejor celular, la mejor ropa, los mejores destinos y la cartera con más billetes. En los tiempos de la oferta y la demanda el consumismo se ha convertido en el más socorrido de los valores del mercado.

Al grito de “es un pequeño lujo, pero creo que lo valgo”, el consumismo se recarga en la publicidad, aunque los productos sean de baja calidad, aunque traigan daños a los destinatarios, aunque no respondan a lo que de ellos se espera, o lo peor, aunque no se necesiten porque es parte de la cultura que se ha creado y en la que se vive. Se ha creado por la falta de identidad. Porque se vive para tener y no para ser, porque las personas no se conocen y lo más importante, no conocen las necesidades que tienen los demás. Se crearon necesidades artificiales y se entró en el círculo vicioso del consumo.

En una sociedad donde el homo economicus y el homo faber ésta por encima del sapiens, la gente tiene a su alcance todo tipo de productos y la compra se vuelve patológica. La Real Academia de la Lengua Española define el consumismo como la tendencia inmoderada a adquirir, gastar o consumir bienes, no siempre necesarios y eso es lo que ha ocurrido en los últimos años. Inmoderado es excesivo porque ¿Cuánto se necesita lo que se compra?

Por supuesto, no todo lo que se compra es necesario, pero la manera como hoy se piensa hace que nos convenzamos que necesitamos lo que compramos. Muchas compras que realizamos en estos tiempos son excesos que creemos son necesarios porque ese producto nos ayudará a hacer de nuestra vida una vida mejor, pero sobre todo más feliz.  ¿Y el que no puede comprar? Recordemos que en nuestro país casi la mitad de la población no puede tener acceso a bienes de consumo. En síntesis, el consumismo depende más del deseo que de la necesidad, dado que quien más compra es porque tiene más éxito. Porque el éxito se mide a través de cuanto y que consumes.

El ser humano se mueve por la razón y no por el instinto y como afirma Adela Cortina en Para una Ética del Consumo, la acción de consumir surge de la libertad y se justifica desde la jerarquía de valores de quien consume. Sin embargo, pareciera que los actuales consumidores, en el actual siglo del consumo si se mueven por instintos.

Las campañas mediáticas, exageradas y constantes se han convertido en un flautista de Hamelin al que la sociedad responde por éstos días del Buen Fin desbocándose en los supermercados y en todos los lugares de consumo. Se palea con recomendaciones que son las menos publicitadas como es que hay que comprar, sin embargo, la excesiva promoción de ofertas se encuentra a la ene potencia en las pantallas televisivas y los comerciales de la radio. Desgraciadamente, el instinto supera a la razón. La manipulación de los medios que se llevan buena tajada por la promoción del consumo encontró en estas iniciativas un buen nicho de enriquecimiento.

¿Qué podríamos razonar? En un principio, las señales que estamos enviando a nuestros hijos. El consumo indiscriminado que en estos tiempos se promueve en el fondo tiene muchas motivaciones, mencionaremos algunas. Primero, se trata de un tema que tiene que ver con el imitar a los demás y por supuesto la promoción del clasismo y querer convencerme que de acuerdo a mi poder adquisitivo y al nivel compulsivo de compras adquiero un estatus; en que grupo me quiero ver, en el fondo es la búsqueda de identidad, ahí no se encuentra.

Otro elemento es el sentido de estar seguro, por supuesto, será por un rato. En el fondo esta idea tiene que ver con el tema de la autoestima. Comprar las marcas más caras tiene que ver con sentirnos seguros socialmente e individualmente. Otro elemento es que nos hemos dejado llevar por la novedad porque es sinónimo de deseo. Aunque sea la moda, no siempre lo más nuevo, es lo mejor.  La pregunta es ¿realmente se necesita?

Un consumo ético, a los únicos que no les viene bien es a quienes buscan convencernos de que compremos compulsivamente, de ahí en fuera a todos nos viene bien. Se trata de recurrir no solo a los valores del mercado, sino también a los valores económicos, que aunque el mercado es parte de lo económico, hay valores que no se fomentan como el ahorro, la inversión, la disciplina en el manejo del dinero, la remuneración justa y por supuesto la cooperación.

¿Qué representa el buen fin? Representa la voracidad y la codicia de quienes buscan por todos los medios, allegarse de recursos a través de una publicidad exacerbada y engañosa, ante una sociedad que ha caído en la trampa del consumismo y se ha lanzado a adquirir bienes que no necesita. Me pregunto ¿Por qué no se oferta frijol, aceite, tomate, aguacate, productos básicos o medicamentos a buen precio? No se equivoquen, consumamos lo que realmente necesitamos. Diga no al consumismo y si al consumerismo.

 

 

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