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Impávida luz

Politicón
/ 16 noviembre 2018

    IMPÁVIDA LUZ

    En la zozobra y la embriaguez

    de vivir, lo que no es laberinto es remolino,

    la vertical a duras penas

    conservas, sufriente cuadrúpedo

    que al hilo del olfato se volvió metafísico.

     

    La culpa torna perdurable

    lo que nunca redime y lo encierra en un túmulo

    de ceniza. Sobra ocasión

    para mesarse los cabellos,

    mientras el barco hace agua por todas sus junturas.

     

    Cualquier horizonte es ficticio,

    pues donde empieza la mujer terminan los sueños,

    ganan una solidez triste;

    cambia de sitio cada vez

    el umbral que a las veces se convierte en un límite.

     

    Los fanales del miedo acechan

    en la penumbra intermitente de la conciencia,

    la helada médula del miedo

    nos convierte en invertebrados,

    nos enmudece en un gelatinoso silencio.

     

    Tornan los actos cotidianos

    y su repetición es una pesadilla

    que intimida como la amnesia;

    cuando siento que lo sé todo

    triza mi lucidez la garra de algún pájaro.

     

    Abominable caminar

    dormido por las calles que solivianta el polvo,

    cuando la paz de la derrota,

    de suyo tan larga e innoble,

    prolonga la inocencia hasta invertir su sentido.

     

    Entonces mi cabeza pende

    del juicio que cualquier desconocido pronuncie,

    la balanza de la mujer

    es más despiadada ordalía,

    la transeúnte anónima me empuja hacia el abismo.

     

    A las tres de la madrugada,

    mis dedos en el quicio de la culpa atrapados,

    el espejo traga mi sombra,

    le estampa huecos luminosos,

    las palabras in música apedrean mi conciencia.

     

    Penetra capas y sargazos

    de la ciénaga de la realidad: es la sed

    una luz turbia que decanta

    los bordes, membranas y núcleos

    antes de que tomen su consistencia de fieltro.

     

    El demonio de la escritura

    graba en los témpanos y obeliscos del silencio

    las palabras que no retornan

    y en el murmullo del olvido

    se sumergen cual piedras que duermen y respiran.

     

    Cincela la alucinación

    ruidos secos y turbias imágenes, que pueblan

    la noche del desamparado:

    taxis y cláxones, sirenas

    de patrullas que fingen un neón de burdeles.

     

    Un portazo y el compungido

    rostro de la mesera que sirvió mi postrera

    copa; abarrotados propileos

    de la razón, donde las súcubas

    plantan su adorable, desorbitado comercio:

     

    todo esto voy a celebrar

    en versos que respiren como sordas raíces,

    con el pulso del que despierta

    de una polvorienta existencia

    y se sumerge de golpe en la impávida luz.

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