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Lilís, el dictador

Politicón
/ 26 junio 2019

    A los 63 años de edad, despedido de su trabajo de burócrata por cosas de politiquería, don Ramón Alberto Ferreras, apodado “El Chino”, se declaró “paciente diabético, artrítico, gastroenterítico, cardíaco y político”.

    Se retiró al sosiego de su casa, y ahí se puso a redactar un libro que nombró “Tiranos dominicanos”. El libro es grande y gordo, pues la República Dominicana ha sido pródiga en dictadores. De eso algo queda: no hace mucho tiempo estuve en Santo Domingo. Fui a perorar en un congreso de universidades. Diariamente leía los periódicos -eso es vicio-, y me asombraba ver los términos melosos y de obsecuente acatamiento con que todavía los ciudadanos se dirigen al Presidente en las cartas que publican. En México no vi eso ni aun en los tiempos del PRI.

    Entre los más grandes tiranos de la República Dominicana está Hilarión Ulises Heureux Level, llamado Lilís, por el Ulises. Nacido en 1845 era negro, descendiente posiblemente de haitianos a juzgar por su apellido de franchute. Desde muy joven mostró dos cualidades, peligrosísimas cuando van juntas: era muy malo y era muy inteligente. Cierto día, joven él, apareció en su casa el cuerpo de un individuo que había muerto de un balazo en la sien izquierda. El sujeto, sin embargo, no era zurdo. Cuando el juez de instrucción hizo notar la circunstancia le dijo Lilís:

    -Señor letrado: cada uno se da muerte con la mano que le da la gana.

    Insistió el juez en sus dudas, tendientes a detener a Lilís y a procesarlo. Sacó él un fajo de billetes y lo ofreció al juez a modo de soborno. Tomó el dinero el hombre con la mano derecha y lo guardó en su bolsa sin chistar.

    -¿Lo ve usted, señor letrado? -le dijo Lilís-. Cada uno se da muerte con la mano que le da la gana.

    Por cosas de la guerra Ulises llegó a ser general, y por cosas del generalato llegó a ser Presidente. Se convirtió en dictador. Estableció una paz ulisiana muy semejante a la paz porfiriana que acá tuvimos. Cualquier inquietud política la sofocaba con rigor.
    -No me meneen el altar -decía-, porque se nos caen los santos.

    A un extranjero que pretendió hacerle reclamaciones, hombre alto y corpulento, Lilís le puso las manos sobre los hombros como en gesto amistoso, pero luego las fue bajando lentamente por los costados del sujeto al tiempo que le decía:

    -Me pregunto, mister, cuánto costará la caja para un cadáver de su tamaño.

    El hombre no volvió a presentar reclamaciones.

    En guerra civil con sus contrarios hubo de enfrentar a un ejército mayor que el suyo. Viendo la fuerza de los adversarios uno de sus generales le dijo con tono temeroso:

    -Ese ejército es de calzón quitao y pinga pará.

    Quería significar que el enemigo venía dispuesto a todo y con gran fuerza.

    -Si es así -le contestó Lilís- con una pajita tiene.

    Y ordenó disparar al mismo tiempo todos sus cañones, lo que bastó para poner en fuga a los rebeldes.

    (En esta anécdota hay un juego de palabras: “pinga” es miembro viril; “pajita” significa masturbación, y es también el nombre de la mecha con la cual se encendía la pólvora de los cañones).

    Mañana continuaré la historia de Lilís. Se pondrá más interesante. Todas las historias mañana se ponen más interesantes.

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