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¿Los derechos humanos son una moda?

Politicón
/ 2 julio 2017

    Por: JESÚS MANUEL MARTÍNEZ TORRES

    Sí. Así termina esta columna. Una vez satisfechos con una supuesta respuesta rápida, me gustaría hablar sobre lo que me parece más importante: reflexionar un poco, antes de considerar contestar la pregunta planteada.

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    Yo no conocí a Sócrates. Seguramente tampoco lo hizo cualquier habitante vivo, hoy día, en este planeta. No me consta, pero se dice que de las teorías de la relatividad de Einstein se desprende que pasado, presente y futuro coexisten al mismo tiempo. 

    Por lo tanto, a menos que hubiera personas que pudieran viajar en el tiempo hacia el pasado (específicamente a los tiempos de Sócrates), me atrevo a afirmar que nadie, fuera de sus contemporáneos, tuvo la oportunidad de hacerlo. Incluso tampoco me consta que haya existido realmente.

    Por supuesto, me disculpo de antemano con todas aquellas personas que sí lo hayan conocido y también con aquellos que defiendan su existencia. Yo sólo quiero señalar un punto: 
    ¿Cómo nos consta a los presentes que realmente vino Cristo y se hizo hombre; o que Gengis Kan conquistó casi toda Asia; o que los chinos fueron los primeros en utilizar la pólvora? La respuesta a esta pregunta es: por sus efectos.

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    Del mismo modo que podemos saber que el sol existe porque podemos sentir sus efectos percibiendo su luz y su calor (aunque lo que hagamos en realidad, según dicen, sea percibir la luz y el calor emitidos por el sol ocho minutos en el pasado). El presente se construye haciendo referencia al pasado: la realidad construye cuando se vinculan efectos presentes a causas del pasado.

    Igualmente los derechos humanos se contruyen en el pasado (hay quienes su antigüedad la rastrean aproximadamente para el año 1215) y sus efectos los sentimos hasta hoy en día. Es decir, en la baja Edad Media no existían nuestros derechos humanos ni tampoco en el derecho romano (por más que se los pueda equiparar al derecho natural).

    Volviendo a Sócrates, no lo admiro. Pero afirmo, de igual modo, que yo tampoco sé nada.
    Y es que en un mundo en donde se dice que los servidores públicos son corruptos (pero no todos), en donde los grandes empresarios, con sus empresas transnacionales, saquean y destruyen los recursos naturales de países subdesarrollados (pero no de todos) y en un mundo en el cual todos nos vamos a morir (pero no todos al mismo tiempo); en un mundo en donde el precio de la moneda es diferente en la mañana que en la noche, donde se matan personas en nombre de la paz y la democracia, y en donde la tecnología abierta al público se renueva por lo menos dos veces al año, es díficil saber algo (de cierto).

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    Aun cuando de las lecturas dominicales del Evangelio o de la revisión de los escritos filosóficos clásicos se desprenda la actualidad de los textos, lo que ocurre simplemente es una interpretación siempre nueva de lo escrito. El conocimiento caduca; por eso debe renovarse constantemente.

    Aunque el pasado y el futuro fueran tan ciertos como el presente, nuestra conciencia perceptual está atrapada (siempre inmersa) en el aquí y el ahora. Al igual que el propio cuerpo renueva nuestra piel, nuestras uñas o (no en todos) nuestro cabello. La sociedad necesita renovarse, construirse día a día.

    Los seres humanos somos seres temporales. Seres actuales. Sócrates, Platón, Aristóteles, Déscartes, Goethe, Kant, Hegel, Heidegger, Marx, Nietzsche, Villa, Zapata y millones de millones de otros seres humanos ya están muertos. Nosotros estamos vivos (ahora) y cada día nos afirmamos. De igual modo, con nuestra rutina diaria, reconstruímos y afirmamos nuestra sociedad.
    Del mismo modo los derechos humanos son temporales y necesitan siempre autoafirmarse. Son una “construcción social”. No vienen impresos en nuestro ADN. No son naturales ni inherentes a las personas (al menos desde el punto de vista científico).

    En este sentido, más que como una moda, los podemos entender como un paradigma político que, como si fueran anteojos, nos permite observar la realidad en un segundo plano desde el cual podemos, por fin, vernos mientras estamos inmersos en la construcción de nuestro día a día. Pudiendo observar cómo todos los días se dan estas situaciones de discriminación y exclusión.

    Así, los derechos humanos emergen y se constituyen como una expectativa de inclusión social para aquellas personas que se encuentran en situaciones contrarias a las de la mayoría (aunque no para todos).

    ¿Así termina esta columna? Sí.

    @RemyCouteaux 
    RemyCouteaux@gmail.com

    El autor es Auxiliar de Investigación de la Academia IDH

    Este texto es parte del proyecto de Derechos Humanos de VANGUARDIA y la Academia IDH.​

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