Maestro
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Hoy se conmemoran 45 años del fallecimiento de don Ildefonso Villarello Vélez. Maestro del Ateneo Fuente y la Normal Superior, lo fue en todo lo que la palabra “maestro” puede significar, pero con mayúscula: Maestro.
Maestro claro, de decidida intención humanística, persiguió siempre una educación general y formativa, previa a toda especialización. Sabía que primero es el género “hombre” y después las especies o especialidades. Tuvo grandes pasiones en su vida, a las que dedicó todos sus afanes: su familia, siempre la primera y en lugar preponderante; la educación, la filología y la historia.
El Maestro Villarello tenía fama de ser un maestro inflexible, incluso, algunos podrían juzgarlo de profesor rígido y categórico, de pocas concesiones. Usaba el sarcasmo para dirigirse a los alumnos desinteresados, pero sin ofenderlos nunca, sin humillar. Era un hombre educado y respetuoso. Su valiente sabiduría le permitía ser condescendiente y hasta generoso con el alumno que mostraba interés en aprender, actitud casi contradictoria a su modo de ser y su temperamento, que apuntaban a la rigidez y la ironía. Todos sabíamos que atrás de su rudeza exterior latía un buen corazón.
Poblano de nacimiento, vivió desde joven en Saltillo. Vino a estudiar la secundaria, y en la Escuela para Varones de Campo Redondo hizo la preparatoria y la normal. Continuó estudios en Estados Unidos y en varias universidades, y volvió después a Saltillo para arraigarse y diseminar al viento las semillas de sus frutos futuros, sus alumnos, y para indagar las raíces de la historia de Coahuila y descubrir los misterios de los nombres, la fundación y el desarrollo de sus pueblos. El Congreso del Estado le nombró “Ciudadano Coahuilense” en 1943, aunque no siempre le fueron reconocidos sus méritos en toda su amplitud, quizás porque profesaba la fe bautista y era gran maestro de las logias masónicas de Coahuila. Fue muchos años secretario de la Universidad de Coahuila, y le tocó presidir en 1967 las festividades del centenario del Ateneo Fuente, pues por azares del destino, se ocupó de la Rectoría por casi dos años.
Historiador fecundo, su contribución a la historia de Coahuila es invaluable, publicó varias obras y muchos artículos sobre el tema. Según Roberto Orozco Melo, su libro más conmovedor es “Raíz y presencia de Saltillo”, en el que dejó plasmado su inmenso amor por su ciudad adoptiva. Maestro erudito y lingüista, era un enamorado de la palabra, pasión que lo llevó a investigar el lenguaje regional, y a publicar un largo ensayo: “El habla de Coahuila”. Era traductor de griego, latín y hebreo.
Fue gran impulsor de la cultura. En los años cincuenta promovió desde la Asociación de Escritores y Periodistas de Saltillo AEPS, una labor editorial sin precedentes, reflejada principalmente en la revista Provincia, y como secretario general de la Universidad de Coahuila promovió la publicación de su órgano oficial, U.C. Revista de la Universidad de Coahuila, cuyo primer número salió a la luz en junio de1962.
Tenía una presencia imponente. Bajito de estatura, de tez morena y pelo hirsuto, siempre vestido formalmente, su personalidad llenaba el aula y cualquier lugar en donde se encontrase. A su muerte, el 29 de julio de 1973, alguien propuso inhumar sus restos en la Rotonda de los hombres ilustres, pero el gobierno de entonces se opuso, situación que se enmendó 31 años después. En 2004, sus restos se depositaron, ahora sí, en el mencionado sitio del panteón de Santiago.
A modo de epitafio, sus hijos hicieron grabar en su lápida un pensamiento de Shakespeare, expresión favorita del Maestro Villarello: “Hora tras hora, sin cesar crecemos, y en cada hora del vivir, morimos. He ahí toda nuestra historia”.
Yo celebro la vida de mi Maestro, y con este recuerdo honro su memoria.