La carrera por dominar la última frontera en el Ártico
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Quien controle Svalbard ganará una posición de dominio sobre el Ártico, un escenario cada vez más importante para la seguridad de Europa, Norteamérica y Asia
NORUEGA- En lo alto del Ártico, cerca del Polo Norte, Svalbard se erige en solitario como un unicornio geopolítico. El grupo de islas forma parte de Noruega, pero también se rige por un tratado único que data de la Primera Guerra Mundial y que permite que casi todo el mundo pueda establecerse allí, sin necesidad de visado.
Durante décadas, científicos de todo el mundo utilizaron la estación internacional de investigación de Svalbard, situada en un fiordo de ensueño bordeado por montañas escarpadas. Estudiantes chinos salían en motos de nieve con compañeros europeos. Investigadores noruegos y rusos celebraban torneos de ajedrez y tomaban sopa borscht al terminar las partidas.
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Pero hoy, Noruega está presionando para afirmar su soberanía sobre Svalbard y repeler la influencia extranjera. Está retirando el derecho al voto a las personas extranjeras en Svalbard. Ha bloqueado la venta de tierras a compradores de otros países. Está reforzando su control sobre los investigadores internacionales y ha reclamado el lecho marino a lo largo de cientos de kilómetros.
La campaña de Noruega está trastocando años de cortesía internacional y afecta de manera profunda las vidas de científicos chinos, mineros rusos, acaudalados propietarios noruegos y migrantes de larga data. Entre ellos se encuentran dos hermanos tailandeses que han pasado casi toda su vida en Svalbard y ahora se preocupan por su futuro.
“Pienso en eso constantemente”, dijo el hermano mayor, Nathapol Nanthawisit, de 30 años.
Estas medidas más duras forman parte de una nueva era de geopolítica agresiva, a medida que se intensifican el calentamiento del planeta y la lucha por los recursos, y que la pugna entre las grandes potencias llega hasta el Círculo Polar Ártico.
La amenaza del presidente Donald Trump de tomar el control de Groenlandia es lo que más atención está atrayendo. En la vecina Svalbard, las maniobras noruegas también están generando alarmas.
Han suscitado fuertes objeciones de aliados de Europa y de la OTAN, entre otros, quienes argumentan que el tratado limita la soberanía de Noruega sobre las islas. Noruega insiste en que no tiene más remedio que salvaguardar su rincón del Ártico o arriesgarse a que Svalbard se convierta en una plataforma de lanzamiento para potencias hostiles.
El archipiélago es uno de los mejores lugares del planeta para descargar datos de satélites y hacer seguimiento de trayectorias de misiles. Bajo sus mares circundantes yacen codiciados suministros de minerales de tierras raras. Es uno de los lugares más septentrionales habitados por seres humanos.
Quien controle Svalbard ganará una posición de dominio sobre el Ártico, un escenario cada vez más importante para la seguridad de Europa, Norteamérica y Asia.
Las autoridades estadounidenses acusan a los investigadores chinos de realizar allí investigaciones militares ilegales. Los rusos están presionando para reclamar Svalbard con un lenguaje similar al que utilizaron para reclamar Ucrania.
“Noruega se encuentra ahora en la situación de seguridad más grave desde 1945”, dijo el secretario de Estado noruego del Ministerio de Asuntos Exteriores, Eivind Vad Petersson, en una larga entrevista.
“Cuando la atención política se enfoca en Groenlandia, es inevitable que parte de ella se desplace hacia Svalbard”, afirmó.
El canciller noruego dijo que, durante mucho tiempo, Svalbard ha sido visto por las naciones como “una especie de campo libre, y todo el que quiera puede venir y hacer casi cualquier cosa que desee”.
“Ese no es el hecho”, añadió, tajante. “Se trata de territorio soberano noruego. Así que lo estamos dejando un poco más claro”.
YA NO ES TAN REMOTO
La mayoría de la gente no piensa en Noruega como un país duro. Es una rica nación escandinava que es sinónimo de diplomacia internacional y que entrega el Premio Nobel de la Paz.
Pero los tiempos están cambiando. Que se lo pregunten a Leif Terje Aunevik, alcalde de Longyearbyen, la ciudad más grande de Svalbard, una ordenada cuadrícula que parece una mezcla entre una estación de esquí y una base militar.
Aunevik, un noruego que llegó a Svalbard hace más de 25 años como musher (conductor de trineos tirados por perros), trabaja en una acogedora oficina equipada con una conexión a internet ultrarrápida y un fémur de oso polar colgado en la pared.
Ahora que tiene 58 años, recuerda que de joven se sintió atraído por Svalbard porque tenía fama de ser un “lugar exótico y extraño”.
“Tenía la teoría”, dijo, “de que cuanto más al norte, más salvaje era la gente”.
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Aunevik reconoce que Svalbard ya no es tan salvaje. Longyearbyen tiene restaurantes a la luz de las velas, hoteles de lujo, vuelos diarios al continente y 2,500 habitantes, más del doble que cuando él llegó, y de 50 países distintos.
Hace siglos, Svalbard era tan remota y amenazante que los noruegos la consideraban terra nullius, tierra de nadie. Se referían a ella en los términos más crudos: sval (frío) y bard (costa).
Los únicos que se enfrentaban a los inviernos, cuando las temperaturas caían hasta los 30 grados bajo cero, eran los mineros noruegos y los cazadores de pieles rusos.
Después de la Primera Guerra Mundial, los vencedores reconocieron la reivindicación noruega del archipiélago, pero con asteriscos. El Tratado de Svalbard de 1920 prohibió cualquier actividad bélica y concedió a todos los signatarios igualdad de acceso a la caza, la pesca, la minería y la propiedad de la tierra, un acuerdo poco frecuente en cualquier lugar del planeta.
Un grupo de países, entre ellos Dinamarca, Francia, Italia, Estados Unidos y Japón, firmaron de inmediato. Los soviéticos se sumaron poco después. China también.
Desde entonces, casi 50 países, incluidos Afganistán y Corea del Norte, han añadido sus nombres, lo que les concede el mismo acceso que cualquiera.
“Fíjate en el lugar”, dijo Aunevik. “Es una infraestructura única, una sociedad abierta, una democracia local”. Habló de un aumento de las inversiones, las visitas oficiales y la atención estratégica.
Afirma que, ahora, todo el mundo dice: “Deberíamos estar allí”.
LA BATALLA DE LOS FONDOS MARINOS
Una mañana del año pasado, Martinique du Toit, una mujer sudafricana que trabaja como promotora turística, paseaba por la costa de Svalbard. Se encontró con dos colores dominantes en tonos diferentes: el blanco y el azul. Cubrían la nieve y el hielo, el mar y el cielo.
Un gran fiordo se extendía ante ella y el agua era profunda y cristalina. “Aquí hay una magia que no puedo explicar”, dijo.
Para muchas naciones, lo que se encuentra bajo las aguas de Svalbard es igual de atractivo que el archipiélago mismo.
Estudios recientes han demostrado que en el fondo del océano hay enterradas grandes cantidades de cobre, zinc, cobalto, litio y elementos de tierras raras, a veces a más de 3000 metros bajo la superficie del mar. Estos minerales alimentan nuevas tecnologías como las baterías de los coches eléctricos y las turbinas eólicas.
Y Noruega guarda ese tesoro con mucho celo.
Desde hace un siglo, casi todo el mundo entiende que el Tratado de Svalbard concede a los signatarios derechos no solo sobre el archipiélago, sino también sobre los mares y fondos marinos circundantes.
En enero de 2024, el partido gobernante noruego anunció que el país se dedicaría a la exploración minera en aguas profundas en una enorme sección de su lecho marino —una zona del tamaño de Alemania—, incluidas las aguas que rodean Svalbard.
El anuncio, uno de los primeros de cualquier nación, hizo saltar las alarmas. En Noruega, los grupos ecologistas y los partidos de izquierda se opusieron a la idea, y alegaron que amenazaría la frágil vida marina.
Fuera de Noruega, la medida se consideró una apropiación de tierras más allá de los límites del Tratado de Svalbard.
“Nos gustaría recordar una vez más a la parte noruega que no ejerce una soberanía incondicional” sobre Svalbard, dijo el Ministerio de Asuntos Exteriores ruso en una reunión informativa. Denunció la medida como “ilegal”.
Islandia, normalmente un aliado en el que Noruega puede confiar, se mostró de acuerdo con los rusos. En una carta a los noruegos vista por The New York Times, el gobierno islandés argumentó que la soberanía de Noruega sobre Svalbard tenía “importantes limitaciones” que se aplicaban mar adentro.
La Unión Europea también intervino. En una carta de tres páginas dirigida al Ministerio de Asuntos Exteriores noruego, calificó de “incoherente” la postura de Noruega sobre las aguas de Svalbard.
A principios de diciembre, alegando su preocupación por el medioambiente, los partidos de izquierda de Oslo se negaron a respaldar el presupuesto nacional a menos que se suspendiera el plan. Acorralado, el gobierno acordó esperar cuatro años antes de conceder licencias de explotación minera de los fondos marinos.
Pero el Ministerio de Energía noruego, en una declaración de diciembre, dejó claro que su objetivo seguía siendo la búsqueda “rentable y sostenible” de minerales del fondo marino. Eso incluía las aguas que rodean Svalbard.
MENOS BIENVENIDOS QUE ANTES
Nathapol y Nattanagorn Nanthawisit llegaron a Svalbard un día de diciembre de hace más de 20 años, eran dos chiquillos procedentes de una húmeda y soleada ciudad cercana a Bangkok.
De inmediato se confundieron por lo que pasaba con el sol. Svalbard está tan al norte que en invierno está oscuro todo el tiempo. No vieron el sol durante dos meses seguidos.
Sin embargo, los hermanos Nanthawisit dijeron que se adaptaron rápidamente.
Su madre había venido a trabajar como mucama: la familia tenía pasaportes tailandeses y las normas de Svalbard permiten que cualquiera persona con un pasaporte válido se quede. La paga es buena, y viene gente de todo el mundo a trabajar en turismo y servicios. Su madre los metió directamente en una escuela noruega, donde aprendieron el idioma, hicieron amigos y crecieron hasta convertirse en parte de la sociedad.
“Nos sentimos noruegos”, dijo Nathapol.
Hace unos años, según dijeron ambos hermanos, las cosas empezaron a cambiar.
Primero, la policía impidió que un hombre tailandés condujera, y declaró inválidos en Svalbard los permisos de conducir de Tailandia y de algunos otros países. Con el tiempo, las autoridades suavizaron la prohibición, pero los hermanos Nanthawisit y otras personas entrevistadas en Svalbard dijeron que el incidente hizo que muchos extranjeros tuvieran una sensación persistente de vulnerabilidad.
Casi al mismo tiempo, el gobierno cambió las normas sobre quién podía votar en las elecciones locales de Longyearbyen. La democracia local se introdujo en 2001, y durante muchos años los extranjeros participaron sin problemas.
Pero hace tres años, las autoridades declararon que los extranjeros que residen en Svalbard no pueden votar a no ser que hayan vivido en la Noruega continental al menos tres años.
Petersson, secretario de Estado noruego, no se disculpó.
“Debería haberse hecho hace mucho tiempo”, dijo en la entrevista, y añadió que otros países no dejan votar a los extranjeros. El Tratado de Svalbard, dijo, garantizaba “la igualdad de acceso, no la igualdad de derechos”.
¿EN VENTA? NO TAN RÁPIDO
El gobierno noruego ya controla el 99 por ciento del territorio de Svalbard. Pero incluso en ese último 1 por ciento, el gobierno no cede ni un ápice, según muestran documentos y entrevistas.
Durante la última década, un grupo de terratenientes privados noruegos ha intentado vender una parcela de más de 51 kilómetros cuadrados a lo largo de un fiordo montañoso, una de las últimas grandes parcelas en venta tan al norte del Ártico.
Según Per Kyllingstad, abogado principal de la propiedad, los dueños contrataron a un equipo mundial de grupos de presión y agentes para comercializar el terreno, que tiene aproximadamente el tamaño de Manhattan. Dijo que varios compradores, entre ellos de Estados Unidos y de países europeos firmantes del Tratado de Svalbard, manifestaron su interés.
King & Spalding, un poderoso bufete de abogados de Washington, elaboró un elegante folleto en el que se anunciaba que el terreno tenía “importancia medioambiental, científica y económica” y “condiciones excepcionalmente ventajosas para la comunicación por satélite”.
Svalbard está tan cerca del Polo Norte (a solo unos 800 km), que es uno de los pocos lugares del planeta que se conecta constantemente con satélites de órbita polar, lo que significa una transmisión ininterrumpida y más clara, y velocidades de descarga más rápidas que en casi cualquier otro lugar de la Tierra.
La estación de descarga satelital más grande del mundo, SvalSat, ya tiene su base allí. Sus brillantes cúpulas parecen el Epcot Center de Disney, multiplicado por 20. Tom Cruise rodó allí escenas de una reciente Misión: imposible, y dijo que Svalbard era “absolutamente extraordinario”.
El gobierno noruego ha intentado atraer más producciones cinematográficas a Svalbard, pero no está entusiasmado con la posible venta de la propiedad situada junto al fiordo.
Petersson le dijo al Times que el terreno formaba parte de una zona más amplia que se había delimitado como parque nacional, lo que significa que en realidad no se puede hacer mucho con eso.
Solo para asegurarse de que no lo adquiera el comprador equivocado, el gobierno noruego aprobó un decreto real en 2024 que restringe severamente la venta alegando que podría “perjudicar los intereses de seguridad nacional”.
Los terratenientes siguen buscando un comprador a quien le sobren, digamos, 300 millones de euros (unos 350 millones de dólares). Hace unos años, el gobierno hizo una oferta de 2 millones.
Kyllingstad, el abogado, cree que la postura del gobierno es ilegal y que los funcionarios noruegos intentan eliminar a cualquier otro comprador y obligar a los propietarios a ceder el terreno a un precio bajo.
“Lo que está en juego es la credibilidad de Noruega como Estado de derecho en Svalbard”, dijo.
INVASIÓN RUSA
En un día de frío intenso del pasado mes de mayo, un hombre con sotana oscura y una gigantesca cruz de plata caminaba a través de la nieve hacia una pequeña iglesia de madera.
Cuando tiró de las cuerdas de las campanas de la iglesia, estas sonaron claramente en el aire fresco del Ártico.
“Fue muy difícil encontrar a alguien para este trabajo”, explicó el hombre, Pyotr Gramatik, un sacerdote ortodoxo ruso, cuando terminó. “El entorno aquí es duro”.
Gramatik es el cura local de Barentsburg, una colonia rusa en Svalbard, y vive aquí desde el pasado marzo con su familia. Es uno de los primeros sacerdotes rusos a tiempo completo en Svalbard desde que se tiene memoria.
La Iglesia Ortodoxa Rusa está estrechamente alineada con el gobierno ruso, y el líder de la iglesia, el patriarca Cirilo, ha calificado la invasión rusa de Ucrania como una “guerra santa”.
Funcionarios noruegos, entre ellos un oficial de inteligencia, dijeron que veían al nuevo emisario del patriarca como una de las personificaciones de los esfuerzos de Moscú por estrechar sus lazos con Svalbard.
Pero también reconocieron que la presencia rusa se remonta a siglos atrás.
Los comerciantes de pieles de la región de Pomor, en el noroeste de Rusia, llegaron aquí hace al menos 300 años; los funcionarios rusos afirman que estuvieron aquí incluso antes, antes que nadie.
Hace aproximadamente un siglo, los soviéticos establecieron varias ciudades mineras de carbón en Svalbard y firmaron el Tratado de Svalbard. Barentsburg es la última que sigue funcionando, a duras penas.
En esta ciudad minera vivían más de 1000 personas. Ahora tiene unos 300. El hospital de Barentsburg, que en su día fue una instalación soviética de vanguardia, está desierto. Uno de sus quirófanos se ha convertido en un salón de masajes.
En todo caso, los rusos están reafirmando sus pretensiones. Un funcionario ruso dijo recientemente que el archipiélago debería rebautizarse como “Islas Pomor”. Otro subrayó que Rusia tenía la misma obligación de proteger a los rusoparlantes en Svalbard que en Ucrania.
Ivan Lavrentiev, científico de la Academia Rusa de Ciencias que estudia los glaciares de Barentsburg, dijo que creía que Rusia nunca abandonaría Svalbard, a pesar de que ya controla más territorio en el círculo polar ártico que cualquier otra nación.
Aunque la colonia minera de carbón de Barentsburg esté en crisis, es el punto más occidental de Rusia en el Ártico y un activo estratégico, explicó Lavrentiev, aunque dejó claro que solo compartía su opinión, no hablaba en nombre de su gobierno.
“Así que vamos a minar para siempre”, dijo.
¿UNA AMENAZA DE CHINA?
Un par de leones de granito, de unos 900 kilos cada uno, montan guardia frente a la Estación del Río Amarillo, el edificio del centro internacional de investigación donde viven los científicos chinos. Llevan allí desde que el gobierno chino se instaló en Svalbard hace 20 años.
Cada verano, el centro de investigación, llamado Ny-Alesund, atrae a unos pocos visitantes que se aventuran tan al norte. Pero en julio pasado, unos 200 turistas de Hong Kong y China continental bajaron de un crucero y se dirigieron directamente a la Estación del Río Amarillo.
Ondearon banderas chinas y desplegaron una pancarta. Una mujer vestida con uniforme militar posó para tomarse fotos delante de los leones.
Los funcionarios noruegos convocaron a diplomáticos chinos por el episodio. Los funcionarios chinos dijeron que los pasajeros del barco no formaban parte de ninguna delegación militar.
Las autoridades noruegas ordenaron a las chinas que retiraran los leones, según documentos vistos por el Times, como parte de su nuevo plan para excluir símbolos considerados incompatibles con la soberanía de Noruega sobre Svalbard.
“Esto es propiedad noruega”, dijo Lars Ole Saugnes, quien hasta hace poco ocupaba el cargo de director de la empresa pública que gestiona el centro de investigación.
Los leones simplemente “no encajan”, dijo en una entrevista en la cabaña donde tiene su oficina en Svalbard, donde las paredes están pintadas con escenas de expediciones polares.
En el Congreso de Estados Unidos, los miembros del Comité Selecto de la Cámara de Representantes sobre el Partido Comunista Chino tienen temores más profundos. Creen que los chinos están realizando investigaciones militares en Svalbard, lo que no está permitido por el tratado.
Los científicos chinos tienen acceso a un potente sistema de radar que vigila el clima espacial y la atmósfera. Al menos tres proyectos de investigación en curso que utilizan datos recopilados por este equipo han sido compartidos con el Instituto Chino de Investigación de la Propagación de Ondas Radioeléctricas, una organización de defensa china, según un portal de internet. Este organismo no respondió a la solicitud de comentarios del Times.
En julio, el Centro Universitario de Svalbard, la única universidad del archipiélago, que es gestionada por el gobierno noruego, prohibió por primera vez la entrada a estudiantes chinos. Las agencias de inteligencia noruegas dijeron que los estudiantes podían constituir un riesgo para la seguridad.
En un correo electrónico, los funcionarios de la embajada de China en Noruega no respondieron directamente a las acusaciones de actividades clandestinas en Svalbard. Calificaron las críticas a las actividades de China de “nada más que distorsión de los hechos y especulaciones infundadas”.
En enero, los leones seguían en pie. c. 2026 The New York Times Company.
Por Jeffrey Gettleman, Sarah Hurtes, Louise Krüger y Emile Ducke, The New York Times.