Mirador 17/04/20
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John Dee era dueño de la mejor y más grande colección de libros de su tiempo.
El obispo Bluestone quiso conocer la biblioteca y le pidió al filósofo que se la mostrara.
Uno por uno recorrió el prelado los estantes que contenían los volúmenes. Se volvió luego hacia Dee y le reprochó con acre acento:
-Veo que no tenéis los libros sagrados.
-Los tengo en abundancia –replicó él–. Éste, por ejemplo, es un libro sagrado.
Y así diciendo le presentó “La Ilíada” de Homero.
-Éstos también son libros sagrados.
Y sacó de sus anaqueles las obras de Platón y Aristóteles, las tragedias de Esquilo, las comedias de Aristófanes, “La Eneida” de Virigilio, el “Arte de Amar” de Ovidio y la Comedia de Alighieri.
Fue luego a la ventana, descorrió la cortina y le mostró al prelado las cosas de la naturaleza: la montaña, el río, el bosque… Le dijo:
-Éste es el libro más sagrado.
¡Hasta mañana!...