Nuestro propio castillo de la pureza
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Es el de Rafael Pérez Hernández el nombre común de un hombre ordinario que; sin embargo, cobró repentina, breve y triste celebridad luego de que se diera a conocer su extraña historia familiar hace poco más de medio siglo.
En algún momento de su vida, la personalidad de Pérez Hernández se fracturó. Decidió que el mundo era un lugar horrendo, corrompido y peligroso, y que lo mejor era criar a sus hijos en un estricto cautiverio.
Empachado por la ingesta desordenada de diversas obras filosóficas, creó su propio sistema de extraviados valores bajo el cual “educó” (por decirlo de alguna manera) a Indómita, Libre, Soberano, Triunfador, Bienvivir y Librepensamiento Pérez, sí, los hijos que procreó junto a su devota esposa Sonia María.
Vivían en la esquina de Insurgentes norte y Godard del Distrito Federal, en lo que hoy se conoce como la Casa de los Macetones y en lo que hoy se conoce como CDMX.
Allí la familia observaba un estricto régimen impuesto por el patriarca: trabajo, estudio y una dieta frugal para fortificar el espíritu. Pero el trabajo era insalubre, el estudio carecía de método y la dieta los tenía al borde de la desnutrición. Todo sin el menor contacto con el exterior, porque en esa pequeña burbuja de amoroso rigor disciplinario estaban a salvo de los peligros y degradación del mundo.
Las visitas no estaban permitidas pero las salidas estaban doblemente prohibidas, Indómita llegó a los 15 años sin poner un pie fuera de la casa, lo mismo que sus hermanos menores.
El único que tenía libre acceso para entrar y salir era por supuesto el pater familias. So pretexto de salir a ofertar las mercancías de la empresa familiar (pesticidas), don Rafael se daba gusto con la insalubre comida mundana y con las insalubres prostitutas que, en su hipócrita discurso moralizante, eran el rostro mismo de la decadencia de la que buscaba salvaguardar a su familia.
Pasaron cinco lustros antes de que las cosas se salieran de control: los fétidos olores del laboratorio casero y de la falta de higiene pusieron en alerta a los vecinos, por no mencionar aquel extraño comportamiento. El despertar sexual de aquellos hijos de inspirados nombres culminó en incesto. Finalmente, pudieron más el diablo y las tentaciones del mundo. Indómita lanzó a la calle inocentes notas de auxilio hasta que una recibió la atención debida. El 25 de julio de 1972, un comando policiaco irrumpió en la Casa de los Macetones y detuvo a Rafael Pérez Hernández.
Sentenciado por secuestro, aunque exculpado por la familia que en realidad no sabía cómo vivir sin la errada pero firme dirección de su líder, éste se quitó la vida ahorcándose en su celda de Lecumberri en noviembre de aquel mismo año.
La historia recibió una gran cobertura mediática e inspiró un par de novelas, “La Carcajada del Gato”, de Luis Spota y “Los Motivos del Lobo”, de Sergio Magaña, pero la truculenta historia de los Pérez la recordamos mejor gracias a “El Castillo de la Pureza” (1973), del cineasta Arturo Ripstein, con Claudio Brook, como el padre que buscó la salvación de su familia confinándola en una fortaleza de mentiras.
Imagino que aquella historia caló hondo porque reflejaba la actitud de los Gobiernos como los que reiteradamente refrendamos en el poder.
Hasta hace no mucho, era práctica común que el Gobierno estatal hiciera desaparecer o comprara todos los ejemplares de alguna publicación que le resultase incómoda.
Como si nos previniera de contraer alguna enfermedad del cuerpo, del espíritu o, peor aún, del intelecto, el Gobierno monopolizaba prácticamente toda la información. Los medios locales eran controlados, por la buena o por la mala (siempre hay dos modos) y el flujo externo era celosamente controlado, al grado absurdo de acaparar todos los ejemplares de Proceso o El Norte, para que ningún saltillense se contaminara del vicioso mundo exterior.
Y así, flanqueados por la insalvable muralla serrana, y con un Padre Gobierno a lo Pérez Hernández, vivíamos nuestras ingenuas existencias atrapados en este castillo de la pureza.
Por eso no dejo de celebrar la revolución informática que, si bien se acompaña de un caudal de basura, banalidades, mentira y estupidez, nos permite efectivamente y por primera vez salir al mundo y conocer cómo ese mundo nos percibe.
Y aunque no ha dejado de intentarlo, el Gobierno ya no puede detener o negar hechos tan contundentes como que el exgobernador Humberto Moreira está saliendo a relucir en investigaciones muy delicadas; que al sucesor interino lo busca la DEA y que la presente administración ya se ve involucrada oficialmente en esa misma cadena de crimen y corrupción.
Antes habría bastado con desaparecer algunos periódicos nacionales, “maicear” (sobornar) a los periodistas de siempre, voceros oficialistas de prensa, radio y televisión y echar cerrojo a nuestro castillo de la pureza.
Y aunque hoy día les queda aun la negación o el cinismo para refugiarse, lo cierto es que ya no pueden mantenernos en el cautiverio informativo.
Qué bello es conocer el mundo, por terrible que resulte. Nada como el resplandeciente fulgor de la verdad. Y qué bueno es ver caer las paredes de aquel decrépito castillo levantado por un padre tirano y autoritario.
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